Por aquello de las soledades

Los viejos cartabones de siempre. Una mujer, la vida, y el gran vacío de las inutilidades. Buscar la libertad, arañarla inclusive en los muros, lamerla en las hojas que caen por otoño de los árboles, engendrarse en aire imaginando espacios y concluir al final de muchos sueños con las manos llenas de arenas de otros ríos.

¿Y lo que va por dentro? Toda la rabia y las lágrimas de domingo, todos los azufres de demonios no resueltos, no mirados, ni siquiera tan sólo esbozados. Y las ganas de querer y el miedo revolviendo todo como en un enorme pastizal al viento; al atreverse, el osar; las yemas de los dedos siempre frías y el calor de los huesos formando caminatas en la mente. ¿Y todo eso por dónde? Por las calles con ruido, por los otros ojos ávidos, por los contactos inacabados, por el yo durmiendo ausencias y soles de otros tiempos.

Y así la soledad, y el miedo gustoso por la casa silenciosa, por la gota de agua que recuerda las mil monotonías; la rutina feroz como un escape que encierra ecos de guitarra en cajas de latón semi-oxidadas, soledad humeante, personal, inacabada, y el amor por lo verde, cobrizado tal vez por los lentos estares de las esperanzas.

Las sonrisas, cómo no, iluminando las labios en recuerdo de la siempre-alegría, aquella que ronda los espejos interiores. Y también la sonrisa que vive por las manos y se atreve en el punto exacto de los ojos, la que busca a destajo los signos de ternura para luego morirse entre los llantos.

El esbozo de mujer o de aquella niña que inventó silencios  subiendo por la luna creciente, mendigando las horas que realmente se viven y que duermen por ahora tras esos horizontes que suenan al descuido en el tic-tac de los relojes.

Y la mujer con miedo, la que transporta miedo a los cuatro costados de los miedos de otros, no entiende nunca nada; se pone un sombrerito agobiado de flores, mira hacia atrás el alma  en un revuelo de falta semi ajada, mientras julio le llueve las ventanas, se reconoce mujer, ausencia, tiempo malogrado, mujer sin oficio, pero mujer a su manera.

Beatriz Sanromán
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 327

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La muerte es sueño

Estoy segura que los sueños pueden ser en extremo peligrosos.

Supe de una joven que empezó a soñar desde la banca de un parque. Al iniciar el sueño se imaginó raíz y se metió en la tierra; después fue musgo y verdeó la humedad; luego se volvió tallo y se engrosó en un tronco; brotó hecha hojas y acarició el viento; se tejió en un nido y le nació una paloma. Ya convertida en árbol se dio en sus frutos. Se transformó en una manzana tan bella que no resistió la tentación de saborearse a sí misma y se engendró en gusano.

Cuando asomó la cabeza desde la fruta para tomar un poco de aire, un gorrión ajeno al sueño se la tragó, completando así uno de los ciclos más cotidianos de la vida.

Beatriz Sanromán
No. 88, Septiembre- Noviembre 1983
Tomo XIV – Año XIX
Pág. 59

Metamorfosis

Mis ojos son dos rendijas sin pestañas, la nariz está completamente achatada, la boca se encuentra unida con una goma verde acementada, mis orejas tienen dos tapones aislantes del ruido. Mi cuerpo es una enorme bola cubierta de una costra de púas. Manos y pies desaparecieron de mi exterior y me crecen por dentro. Todo este aislamiento me lo procuré a mí misma al comprobar con tristeza la realidad de la condición humana. Hoy habito una gran caja de cristal en el salón de fenómenos del Museo de Historia.

Miles de ojos curiosos se clavan en mi horror día tras día y se asombran incapaces de reconocer en mí el efecto de sus obras.

Los lunes, cuando limpian el museo y apagan todas las luces, me ruedo despacito hasta mi esquina favorita. Ahí lloro en silencio, mis uñas dejan de arañarme. Alargo los brazos hasta que se tocan con mis manos y entonces, sólo entonces, me abrazo en silencio dentro de mi entraña profunda y oscura.

Beatriz Sanromán
No. 87, 1981
Tomo XIII – Año XVII
Pág. 771

Por aquello de las soledades

Los viejos cartabones de siempre. Una mujer, la vida y el gran vacío de las inutilidades. Buscar la libertad, arañarla inclusive en los muros, lamerla en las hojas que caen por otoño de los árboles, engendrarse en aire imaginando espacios y concluir al final de muchos sueños con las manos llenas de arenas de otros ríos.
¿Y lo que va por dentro? Toda la rabia y las lágrimas de domingo, todos los azufres de demonios no resueltos, no mirados, ni siquiera tan esbozados. Y las ganas de querer y el miedo revolviendo todo como en un enorme pastizal al viento; al atreverse, al osar; las yemas de los dedos siempre frías y el calor de los huesos formando caminatas en la mente. ¿Y todo esto por dónde? Por las calles con ruido, por los otros ojos ávidos, por los contactos inacabados, por el yo durmiendo ausencias y soles de otros tiempos.

Y así la soledad, y el miedo gustoso por la casa silenciosa, por la gota de agua que recuerda las mil monotonías; la rutina feroz como un escape que encierra ecos de guitarra en cajas de latón semioxidadas, soledad humeante, personal, inacabada, y el amor por la verde, cobrizazo tal vez por los lentos estares de las esperanzas.
Las sonrisas, como no, iluminando los labios en recuerdo de la siempre-alegría, aquella que ronda los espejos interiores. Y también la sonrisa que vive por las manos y se atreve en el punto exacto de los ojos, la que busca a destajo los signos de ternura para luego morirse entre los llantos.

El esbozo de mujer o de aquella niña que inventó silencios subiendo por la luna creciente, mendigando las horas que realmente se viven y que duermen por ahora tras esos horizontes que suenan al descuido en el tic-tac de los relojes.

Y la mujer con miedo, la que transporta miedo a los cuatro costados de los miedos de otros, no entiende nunca nada; se pone un sombrerito agobiado de flores, mira hacia atrás el alma con demasiada cautela, pone una mordaza de oscuridad al grito y luego en un revuelo de falda semiajada, mientras julio le llueve las ventanas, se reconoce mujer, ausencia, tiempo malogrado, mujer sin oficio, pero mujer a su manera.

Beatriz Sanromán
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 48