El trasplante

El delirio del último instante que nos hace vivir en un segundo toda nuestra existencia pasada, hizo, desde que sufrió el encandilamiento de aquellos dos faros de la muerte que bajo la lluvia parecían reír, que recordara desde su infancia hasta el feliz día en que recibiera su título de médico y su especialización en cardiología. Recordó también su combate sostenido contra todo lo establecido, las mil voces que en su contra se alzaron cuando argumentó que una persona deja de vivir, cuando deja de presentar las funciones primordiales en órganos, como el cerebro, y que obrando a tiempo se podría salvar otra vida, con el corazón de quien ha dejado de existir.

Oyó, revolcado en lodo y en su propia sangre, el ulular de las sirenas; alcanzó a percibir en sus espaldas el frío metálico y pensó, con esperanza, en una mesa de operaciones.

Escuchó el tintineo de mil instrumentos quirúrgicos. Sabía a ciencia cierta que se le iba a operar en la cabeza, pues la sentía en mil pedazos. Por eso, el terror, como fuego líquido, recorrió sus venas ante la imposibilidad de mover alguna parte de su cuerpo, que manifestara vida, que detuviera aquella incisión que sufría en el pecho; y sintió con pavor, las manos que desgarraban sus tejidos, escarbando y buscando aquel órgano que ya no latía.

Gabriel Samperio Mellado
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 637

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