Sara Poot Herrera

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Sara Poot-Herrera

 El triunfo de UC-Mexicanistas Sara Poot-Herrera

Elena Poniatowska

 Hace años, en el primer día de clases en el Colegio de México, Jorge Aguilar Mora les preguntó a sus alumnos de dónde venían. Seguramente le llamó la atención la joven Sara Poot-Herrera cuando respondió con timidez que era maestra rural y provenía de Yucatán. Los demás eran políglotas, habían estudiado en Europa, traducían a Bajtin y a Barthes. Esa muchachita carirredonda, de ojos inteligentes y respuestas ingenuas, hija de campesinos, que se había formado en una Normal, resultó ser una pepita de oro, un garbanzo de a libra, el tesoro de Ali Babá en su larga cabellera negra, tan centelleante como sus respuestas.

Tuve el privilegio de conocerla hace más de 40 años en Dartmouth College, frente al mural de Orozco. Tenía la misma sonrisa, los mismos ojos interrogantes, el mismo deseo de aprender que ahora la hace el alma de UC-Mexicanistas, con sede en la Universidad de California, en Santa Bárbara.

Sara y Teté, hijas de padres divorciados, pero sobre todo hijas de una maestra excepcional (cuya tumba visité en Mérida), se hicieron a sí mismas, aunque Teté dice que crecieron como la verdolaga: hacia todas partes. Teté fue la primera en salir de Mérida a Los Ángeles y en convertirse en maestra sobresaliente, como es ahora Sara, maestra excepcional y alma de UC-Mexicanistas.

Pertenecer al Colegio de México es una garantía, un sello de excelencia, la crème de la crème de la academia, la estrella más alta en la punta del árbol de nuestra cultura. Desde esa altura, Sara Poot-Herrera (que tiene mucho de faro) abarca a toda la literatura mexicana.

Invitada a la Universidad de California, en su campus de Santa Bárbara (UCSB), a la gran profesora Sara Poot-Herrera se le ocurrió fundar la Asociación UC-Mexicanistas, que en 2012 cumplió 15 años de dar frutos.

–Pensé en la posibilidad de su existencia desde que hicimos a don Luis Leal un libro por los 40 años de su edición de la Breve historia del cuento mexicano, en 1996 –explica Sara Poot-Herrera.

Sara tenía verdadera devoción por don Luis Leal, un árbol de la vida que padeció la Revolución Mexicana y se dedicó a Mariano Azuela y a Juan Rulfo, cuya obra estudió antes que nadie. Desde su primer año en Santa Bárbara, los homenajes a don Luis fueron cotidianos. En ellos colaboraron Seymour Menton y Juan Bruce Novoa, lo mismo que algunos de los ahora integrantes de UC-Mexicanistas. Sara recopiló un gran libro de testimonios sobre él, y lo publicó la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y esa casa de estudios considera Cien años de lealtad. Homenaje a Luis Leal un libro clásico que se agotó pronto.

En 1991, también en Santa Bárbara, después de uno de los tradicionales coloquios de literatura mexicana surgió el comité fundador: Juan Bruce Novoa, Linda Egan, Norma Klahn, Blanca López de Mariscal, Tim McGovern, Beatriz Mariscal Hay, Claudia Parodi, Max Parra, Sara Poot Herrera y Jacobo Sefamí. Más tarde pasó a formar parte de este comité Vittoria Borsò y recientemente Oswaldo Estrada.

–Hoy –nos dice Sara– la asociación tiene más de 70 integrantes, además de los que hemos aceptado hace unos días: Nicholas Cifuentes, Pedro Ángel Palou, María Emilia Chávez Lara, Debra Eric, Nathaniel Gardner (de la Universidad de Glasgow, en Escocia), Patricia Saldarriaga, Amber Workman, Marteen Van Delden, Raquel Serur (de la UNAM), Myriam Moscona y Ana Bundgaard, de Dinamarca.

Los integrantes de UC-Mexicanistas son profesores-investigadores, estudiosos de la cultura mexicana en California (en Estados Unidos, en México y en Europa) y escritores mexicanos. También hay ex estudiantes, estudiosos también de la cultura mexicana (están dentro y fuera de California) y otros jóvenes investigadores que viven en otras ciudades de Estados Unidos. Al grupo lo distingue la seriedad, el rigor de su trabajo y el compañerismo de sus integrantes.

Acostumbrada al medio intelectual de México, en el que rige el individualismo, siempre me llamó la atención el cariño con el que se trataban los UC-Mexicanistas. Recuerdo que en el Distrito Federal, Monsiváis se burlaba de unos y de otros, y reía a mandíbula batiente de todas nuestras pifias: ¿Ya sabes lo último de Enrique Serna?

Al leer los e-mails que se enviaban unos y otros pensé que se felicitaban por todo y se floreaban desde el amanecer hasta la noche: Jacobiux, Saritiux, Eleniux. ¡Puros besos y abrazos! Besitos, besitos, besitos. Este grupo resultó un lecho de rosas, al menos para mí, sobre todo porque Sara ensalzaba a todos y como una madre festejaba hasta al más tímido, al más desvalido o al más diabólico. Hoy por hoy, Sara anima a escribir, te dice que eres genial, que haces falta, que brillas en la oscuridad, que vas a ver lo bien que te va a ir, que pareces de 15.

Ahora, en California, UC-Mexicanistas organiza coloquios anuales no sólo en Santa Bárbara, sino en UC-Irvine, al cuidado de Jacobo Sefamí y Seymour Menton, que son más bien terapeutas que desde el cielo envían Juan Bruce Novoa, Luis Leal y Tim McGovern, quienes sobrevuelan con la generosidad de sus grandes alas a los que viven para la cultura mexicana.

–Es muy bonito lo de la amistad –dice Sara–, nos hace sentir y pensar que no estamos solos y que cada quien tiene sus méritos, logros y responsabilidades éticas con la comunidad mexicana en Estados Unidos, sobre todo con los jóvenes y las familias migrantes.

“Los estudiantes de nuestras universidades (sobre todo los mexicanos, latinoamericanos, chicanos, con quienes estamos comprometidos), son en su mayoría jóvenes de una primera generación que va a la universidad. Son entusiastas, inteligentes, responsables y viven en busca de su identidad, de su reconocerse en los otros que comparten la misma historia y con quienes crean una memoria distinta anclada en dos países y siempre anhelando el primero, el de sus padres y abuelos. Son estudiantes de Barcelona Arts (BA), de maestría y de doctorado. Es tanto el interés por lo mexicano, que tan sólo en UCSB he firmado 22 tesis de doctorado en literatura mexicana (y están por salir algunas más). Las hay sobre Arreola (Borges y Cortázar), Becerra, Campobello, Gardea, Monsiváis, Novo, (Pitol y Rosa Montero), Revueltas, Rivera Garza y Sada; sobre crónicas de festejos del centenario de la Independencia, sobre el humor en la literatura de mujeres, sobre escritores ingleses en México y una infinidad de temas más.

“Quienes no hacen tesis (estudiantes de BA) hacen proyectos de investigación, salen con su diploma (Honor Thesis) y he dirigido un titipuchal de proyectos (muchos sobre Sor Juana). Me gusta también el Departamento de español y portugués de la UCSB, donde trabajo y tengo el apoyo de su chair (jefe) y de mis colegas.

“¿Que cómo son los estudiantes, ‘mis estudiantes’? Maravillosos, trabajadores, originales, curiosos, generosos conmigo y con los coloquios que organizo. (¡Cómo colaboran!) Justifican mi estancia en Estados Unidos. Son felices con la visita de escritores, cuántos de éstos han venido a Santa Bárbara y cómo son atendidos por los estudiantes, que estudian y trabajan y buscan a México por debajo, encima y enredado en las líneas de sus lecturas. Con ellos también estamos comprometidos como profesores y como UC-Mexicanistas.

“Organizamos también congresos internacionales (los de Mérida son ejemplo, y estamos a punto de tener allí nuestro quinto congreso internacional). En México los hemos hecho en la UNAM, la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Universidad del Claustro de Sor Juana; también en Alemania (Düsseldorf), en España y en Islandia (uno de los más entrañables). También hacemos paneles, mesas redondas, homenajes.

“Las intervenciones de quienes participan en los congresos de Mérida se han publicado en varios volúmenes (de comida y literatura, de bebida y literatura…) y como la UNAM, con Hernán Lara Zavala; con el apoyo de Álvaro Ruiz Abreu, en la UAM publicamos un libro dedicado a Tim McGovern. Qué decir de Cien años de lealtad. Homenaje a Luis Leal, un libro muy extenso de literatura mexicana y chicana, auspiciado por la UCSB, UC-Mexicanistas, la UNAM, el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey y la Universidad del Claustro de Sor Juana. Estos libros, hoy en librerías, están al alcance de todos.”

Sara Poot-Herrera es un ser humano excepcional. Todas las noches antes de dormir rezo agradecida: Gracias, Ángel de mi Guarda, por esta camita, y gracias, sobre todo, por haber enviado a mi vida a Sarita[1].

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Tiempo transcurrido

…son casi las diez de la noche. Suena de repente, como todos los repentes, el teléfono. Se saluda, se comenta, se cumple, sin querer y queriendo, se cumple. Es domingo. La semana comienza, o termina, como se quiera ver, y al empezar o terminar se cumple con la conciencia, se reporta, se hace sentir el contacto, descontacto. “Cuelgo —dice una voz, la otra—, no traigo otro veinte”. La llamada se interrumpe. Cae el veinte, tex-tual-men-te-ca-e-el-vein-te. Medio minuto más y sólo se dice “ahora, si, voy a colgar”. Se dejan de escuchar las voces. Se cuelgan los dos teléfonos. Levantas el tuyo, su bocina. No puedes llamar a ninguna parte. Quedó suspendido, unido al otro, al público. Imaginas una calle desierta, un poco obscura, tal vez cerca de la tuya. Pero, dónde. Oyes pasar coches. Imaginas el aparato, mal colgado, mal puesto. Quedas aislada de la comunicación, de quien pueda llamarte, a quien quieras llamarle. Desenchufas, vas al otro, nada. En el pasillo de tu casa, remotamente, escuchas coches que pasan por esa calle que imaginas, y entran por la bocina, se cuelan hasta el pasillo. Vas, vienes. Descuelgas una y otra vez. De pronto, “tiempo transcurrido, para continuar, deposite sin colgar otra moneda”. Una, otra, una y otra y otra vez. No sabes qué hacer. Ahora sí, ni voces, ni coches lejanos, únicamente —hasta desesperar— “tiempo transcurrido, para continuar, deposite sin colgar otra moneda”. Desconectas un teléfono, uno, y el otro también. Dejas pasar un rato, un tiempo mínimo —máximo— como lo quieras ver, como lo sientes. Otra vez lo conectas, y de nuevo la voz, “para continuar, deposite sin colgar…” Cuelgas: si al menos, piensas, pudieras depositar no esa otra moneda, sino una al menos. Te resignas, ya no descuelgas el aparato. Imaginas la voz. Pero después, oyes un sonido breve. Vas al teléfono, no quieres creer que está libre ya para no desanimarte. Sin embargo, está liberado. Puedes comunicarte al mundo, y éste a ti. Puedes hacer la llamada que, desde hace rato, querías hacer. Cuál, a quien, no importa, para continuar…

Sara Poot Herrera
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 167