Tanatos

6:45

Los bombardeos eran exactos. Desde mi pantalla los podía apreciar. En línea recta, con su ruido característico de anfibios galácticos Desde mi puesto de mando, por instinto, podía ejercer algún control antes que las víctimas cayeran o se diluyeran simplemente en curiosas explosiones. Mi angustia les daba alguna forma de defensa, pero realmente sólo retardaba su fin. El tiempo corría; mi mano izquierda manipulaba automáticamente los controles y con la derecha me tocaba la sien. Desde mi punto de visión me sentía un privilegiado; pero no lo era: también a mí se me acabaría el tiempo. La embriaguez de las explosiones era total; uno desea no acabar nunca. Por eso perdí la cuenta sobre los últimos bombazos.

Entonces el juego de video se apagó.

6:50

Diez pesos más al tragamonedas.

Etc. etc.

Jorge Antonio García Pérez
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 167

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Jorge Antonio García Pérez

Jorge Antonio García Pérez

Nació en México en Progreso, Hidalgo. Es maestro, escritor, narrador oral y creador artístico. En el marco de la literatura para niños, celebra a su personaje “Ayelén” con una serie de cuentos publicados en México y en Ecuador. Ha llevado su trabajo a EE.UU., Cuba, Costa Rica, Puerto Rico, Guatemala, Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Argentina. Actualmente, investiga y musicaliza poemas para niños con el proyecto de crear “El cancionero poético infantil de Latinoamérica”. Y está en alguna parte de México o de Latinoamérica caminando en cantos y en cuentos[1].

Entrevista  al cuentero Jorge Antonio García

Con una guitarra puesta en el escenario y otra en sus brazos comenzó a tocar el primer corrido que cantó. Seguro lo hizo con su corazón, porque los corridos y las dos historias que Jorge Antonio García Pérez regaló ese sábado en la noche de inauguración del octavo Festival Internacional Entre Cuentos y Flores, me llegaron al corazón. Aunque sus cuentos no eran infantiles, me sentía como una niña escuchándolo. Mi imaginación lograba ver cada escena, cada objeto, cada personaje, cada tono, cada movimiento que avanzaba en su narración.

“Ustedes se preguntarán por qué tengo dos guitarras”, dijo Jorge Antonio cuando terminó su presentación. Su guitarra se había averiado, y en cosa de cinco minutos, Mauricio Patiño trajo la suya para prestársela. Cuando solucionó el lío de su guitarra, Jorge Antonio quería que la otra guitarra, aunque silenciosa, lo acompañara. Intentó tocarla en el último corrido, pero fue inútil. “Las buenas intenciones siempre valen”, dijo. Este hombre de voz apacible —que nació en Progreso, Hidalgo— además de narrador oral es poeta, escritor, músico, y desde muy joven ha sido docente.

Volví a ver a Jorge Antonio el jueves, en la Gran Noche Paisa, pero esta vez como espectador. Lo acompañaba su esposa. Quedamos de encontrarnos en su hotel el sábado en la mañana para conversar. Pero él no recordó que ese sábado los cuenteros invitados tendrían en Vivapalabra, un Taller Charla de Cuentería. Y en el pequeño escenario de la sede había un círculo donde los cuenteros de aquí y de allá hablaban de sus experiencias, de cómo se habían metido en el cuento, de lo que pensaban de la cuentería, de las técnicas, y de otras cosas. Eran tan llanos, que Maisa Marbán, la cuentera española, dijo que lo que más le había gustado de este grupo, era que no había visto de esos cuenteros presumidos que uno se encuentra en otros lugares. Los más experimentados y los principiantes compartían sus opiniones y hallazgos personales. No era una conversación cualquiera, pues todos escuchaban al que estaba hablando, y para opinar, por lo general contaban una historia personal. Más que un taller, parecía una reunión de chamanes que creen en el poder de las historias.

Jorge Antonio salió del círculo. Me llamó aparte. Se disculpó por no haber atendido la entrevista, como habíamos quedado. Eso no importó, más bien le agradezco por no haberse acordado ya que así escuché las voces de todos los cuenteros. Sin embargo, sacamos un ratito para conversar, pues el taller charla había comenzado hacía poco y no quería sustraerlo de sus compañeros, así que, aunque fugaz, me permitió la entrevista.

¿Cuándo comenzaste a darte cuenta de que eras un narrador oral?

Yo creo fue una semilla sembrada desde niño, seguramente que mi mamá era conversadora y contadora. Tuve un maestro de tercer año de primaria que nos leía con mucha pasión cuentos y poemas, recuerdo el poema a Margarita Debayle, de Rubén Darío, quedó puesto desde mi infancia. Soy docente desde los 17 años, entonces muy pronto en mi trabajo ocurrió el hecho de contar cuentos, pero no sabía que esto podía ser un oficio, si no aproximadamente hasta 1989 ó 90, que supe que existían los espectáculos de narración oral. Yo ya había hecho teatro, títeres y contaba cuentos en el aula. Entonces asumí el asunto de ser narrador oral con ese título; te cuento que desde ahí para acá, el narrador oral fue sacando al académico del aula. Ya había iniciado una labor trashumante de hacer cultura aquí y allá. Este año cumplí 35 años de servicio docente, por la ley de México me he tenido que jubilar, por mí hubiera seguido en las aulas. En los últimos 30 años di clases en la formación de maestros, lo que se llama la escuela normal para educadores de primaria, y ahora trabajaba para maestros de secundaria y es un decir que me retiro porque realmente voy a seguir, digo, ya no con la nómina oficial, pero voy a seguir trabajando dando cursos y talleres, y contando, sobre todo.

Siento que tus cuentos excavan en lo profundo del alma mexicana, que uno aprende de historia, del pensamiento ancestral indígena. Qué te inspira para narrar tus cuentos.

Parto de una cosa muy simple. Te cuento: como en 1982, un conferencista dio una charla sobre instrumentos musicales prehispánicos, toponimias mexicanas y en un momento dado nos preguntó a los 400 espectadores, que si habíamos oído la palabra México. Claro, todos nos reímos. Levanten las manos. Las levantamos. Muy bien, bájenla. Quiero que me digan ahora qué significa México. Yo me sumí, con mucha gente, en el asiento, porque yo mismo a esa edad y con información no sabía qué significado tenía México. Entonces me dio una vergüenza muy grande, además pensar que era una persona formada. Ese día supe que México significa “en el ombligo de la luna”, o “en el centro de la luna”. Eso me empujó a que me pusiera a estudiar cosas de México; aunque no fuera un especialista, estudiar las culturas antiguas, las lenguas vivas, las lenguas maternas, y de allí llego a los cuentos que tienen mucho que ver con la historia. Nuestros autores imprescindibles, nuestro Rulfo, nuestro Octavio Paz, la cultura Maya, la cultura Tolteca y los misterios: Teotihuacan, Quetlzalcoatl. Entonces en principio me hizo un aficionado, un entusiasta, un estudioso de eso y muchas de estas lecturas o investigaciones, me obligaron a que contara eso. El repertorio que conté este sábado pasado tiene que ver mucho con esa búsqueda: cuentos que tienen que ver con la historia, con la revolución, con el corrido mexicano, en especial; ya a estas alturas haciendo una parodia de la revolución mexicana y los otros cuentos que acompañan.

Supongo que los que fueron tus alumnos, además de aprender, pasaban delicioso con vos ¿Qué pasa con un maestro que cuenta cuentos?

Yo no te puedo decir ahora si durante 35 años fui buen maestro o mal maestro, no lo sé, pero lo que te puedo asegurar es que me divertí mucho y te puedo asegurar y jurar que mis alumnos se divirtieron mucho, fueron muy felices. Tal vez aprendieron un poco o mucho, pero te juro que esperaban la clase, que la clase era muy dichosa, muy feliz, que había mucha charla, escritura, emoción. No voy a hacer un balance tan amplio, pero generé más de media docena de profesores escritores, y ocurrieron muchas cosas. Te cuento que el académico se trababa de organizar pero el cuentero lo arrastraba y siempre había un cuento para contar, para motivar, de allí a generar otras actividades de aprendizaje era muy fácil. Es una planeación semanal, mensual, pero lo que ocurría día con día era imprevisible. Yo sabía donde iba a empezar, pero no sabía dónde iba a acabar… Hoy en día me siento un ser privilegiado porque el propio trabajo de docente, y el no encerrarme en el aula y en la currícula tradicional, me ha permitido seguir trabajando con niños, con bebes, con adolescentes. Ir a lugares donde el asunto es muy difícil por la violencia en el medio urbano, o la marginación y también la disfuncionalidad familiar por tanta migración a los Estados Unidos. Llegué a trabajar, y voy a seguir haciéndolo, con chicos de familias desintegradas, y hay muchas cosas que oír, que duelen y sobre las que hay que seguir contando.

¿Cuándo comenzaste a escribir?

Te comento que el narrador fue ayudando al que soñaba con escribir historias también, y desde el 84, comencé a escribir. El primer libro fue un libro de cuentos que se llama Los pájaros duermen en el suelo, se editó en México ya va para la segunda edición, es un libro que habla de las infancias perdidas, infancias destruidas. Es un libro donde todos los personajes son libros.

¿Cuál sería la tarea de la cuentería en esta contemporaneidad?

Yo creo que en principio se tienen que tocar los temas candentes, los que duelen, los de actualidad, y correcto que también existe una ración de entretenimiento que cumple la función social de volver a la conversación, a la charla, al café, al cuento de bar. Creo que el cuento tiene que posicionarse, legitimarse más con la gente y tiene que convocar y reunir a la gente. Me iré a México con mucha añoranza de hacer cosas, con ganas de hacer un festival en mi estado, un festival que no sé si tenga el presupuesto, pero ya tengo el nombre: “Cuento a cuento, Mano a mano”. Yo he trabajado mucho yendo a los públicos cautivos, a las escuelas, orfanatorios, hospitales, cárceles y creo que ahora hay que cautivarlos para que puedan congregarse en el teatro, en la biblioteca, que también hay en México, pero no congrega tanta gente como acá[2].

 

 


Eolos

En mi casa siempre me decían: “Estás tan flaca que un día te va a llevar el viento”. Yo no sabía si creerlos o no. Un día que me mandaron por tortillas, soplaba un viento tan fuerte que tuve miedo, mucho miedo. Entonces comprendía la certeza de sus palabras; el viento me jalaba, me empujaba y arrastraba a su antojo. Fue inútil que me abrazara a un poste y me asiera a la reja de la casa más cercana. El viento era implacable y mi miedo, atroz. Yo lloraba; mis ojos se llenaron de azoro cuando me alzó el vestido y luego me levantó a mi misma por los aires; me elevó sobre las casas, sobre los árboles, encima del pueblo mismo. Me llevó lejos, muy lejos; en realidad nunca supe hasta donde.

Pasaron algunos meses. Regresé a casa. Ya no estaba tan flaca; el viento ya no me arrastraba, es decir: estaba embarazada. En mi casa no me creyeron la historia del viento, que, por otra parte, ellos mismos habían iniciado. De nada me valió jurar y suplicar entre lágrimas. Mi padre, impaciente, me echó. Así me hallé nuevamente en la calle.

Han pasado muchos años. Ya no volví a casa. He hecho mi vida a mi modo. He visto y aprendido muchas cosas. Claro, ha habido experiencias desagradables, pero ya no tengo miedo. En este trabajo, por las noches, de la mano del viento, voy preguntándome a dónde me ha de llevar,

Jorge Antonio García Pérez
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 735