El desconocido

Me veo tendido de espaldas sobre la cama. Y a un lado de mí, con mi bata, mi gorro de dormir, mi perfume, y haciéndole el amor a mi mujer, está otro hombre. ¡Dios todopoderoso…!, y las palabras se estrellan con los dientes, se astillan, en mil ecos que retumban con los dientes, se astillan en mil ecos que retumban en las paredes húmedas del paladar y de la lengua. ¡Virgen santa…!, y la mano se derrite en sustancias temblorosas mientras se acerca para voltearlo y ver su cara. Pero el desconocido no advierte mi presencia. Nada existe para él fuera de ese cuerpo abandonado a la lujuria; ah, ese cuerpo vagabundo que ha conocido hasta los más remotos confines de mi piel. No, pero ¿qué haces? Muerdes el cuello de Rosalía exactamente como yo lo hago; ¿cómo descubriste que palabras obscenas dichas al oído, entre suspiros y mordiscos, son el ingrediente supremo de nuestro goce? El tipo es un perfecto desconocido para mí, pero coincidimos extraordinariamente: la misma talla, el mismo fuego en las manos, la misma habilidad en las artes amatorias, y, hasta el gusto por la misma mujer. Con la aguja del latido clavada en el costado izquierdo, despierto. Sigilosamente me acomodo la lado de mi mujer, y comienzo a acariciarla sin hacer caso de las protestas del desconocido que en ese momento abre los ojos.

Benito Ramírez Meza
No. 123-124, Julio-Diciembre 1992
Tomo XXI – Año XXIX
Pág. 225

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