Recuerdos

Discutimos por última vez y todo se acabó. Me fui. El eco de tu última frase me golpeaba las sienes y cuando cerraba los ojos, aparecías, y junto contigo un sabor amargo, humedad en mis ojos y opresión en mi corazón. Los recuerdos me abrumaban y me culpaba por haberte querido sin reservas. Entonces te odié.

Después recordé cierta tarde lluviosa en que, tomados de la mano, corrimos a refugiarnos debajo de un árbol. Me embriagó de nuevo al aroma del bosque húmedo. Sentí otra vez tu abrazo, tu cuerpo temblar, —hacía frío— entre mis brazos. Vi otra vez tu cara húmeda y tu pelo escurriendo. De nuevo sentí tus labios cálidos sobre mi boca. Desde el fondo de mi alma dije otra vez “te quiero”.
Entonces, pensé, valió la pena soportar todo aquel beso.

Fernando Ortiz Lachica
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 109

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Fernando Ortiz Lachica

Fernando Ortíz Lachica

Estudió Licenciatura y Maestría en Psicología en la Universidad Iberoamericana. Es profesor de la Licenciatura en Psicología Social de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa en donde actualmente coordina el Programa de apoyo Psicológico. A partir de 1977 se empezó a formar en diferentes métodos de Psicoterapia Corporal como el Psicodrama, con Diana Villaseñor, la Bioenergética, con Héctor Kuri y Core Energética con John Pierrakos. En los últimos años se ha formado en Psicoterapia Funcional, creada en Italia por Luciano Rispoli y en el Método Hakomi, de Ron Kurtz. Desde 1986 ha formado Psicoterapeutas impartiendo cursos en diferentes ciudades de México y el extranjero y dirigiendo programas de especialización. A partir de 1989, ha aplicado los principios de la psicoterapia corporal a la consultoría en manejo de estrés. Es autor de dos libros La relación cuerpo-mente. Pasado presente y futuro de la terapia psicocorporal. (Ed. Pax, México, 1999/2005) y Vivir con/sin estrés y de más de 80 artículos especializados y de divulgación Es miembro del Comité Científico Internacional de Psicoterapia Corporal[1].

El escape

Le aburrieron las conversaciones frívolas y se cansó de presenciar el eterno actuar de la gente. Lo abrumó el ruido de la civilización y lo sofocó el smog. Huyó de la hipocresía, de la falsedad y del materialismo.

Llegó al bosque y se desnudó. Caminó envuelto en aroma de pino y, por primera vez, escuchó el canto de las aves. Nadó en el río y sintió que era libre como la carpa que se deslizaba cerca de él. Salió y dejó que el sol secara su cuerpo. Desde una roca contempló la puesta del sol y, cuando todo fue cubierto por la cortina negra, y, cuando sólo el grillo se escuchó en el silencio, se acostó sobre la hierba a contar las estrellas. Comprendió entonces la inmensidad del cielo y la pequeñez del hombre. En ese momento empezó a vivir.

Fernando Ortiz Lachica
No. 38, Septiembre-Octubre 1969
Tomo VI – Año V
Pág. 628