Quién podrá despertarme

Tinieblas… Tiempo… Sueño. Aquí estoy persiguiendo las sombras de la realidad que se evaden por entre los nublosos túneles de mis recuerdos. Y esa imagen de la mancha roja que fluye desde arriba baja, deslizándose viene hasta mí, y me absorbe. Sueño: espectro umbroso de mis ancestrales orígenes; pretéritos acopiados de mutismos, de defecaciones de sapos y reptiles; de ruidos de cadenas, de gritos, de gemidos; de vómitos de escorpiones que copulan en mi garganta: ¡que felicidad de dolor! Y yo aquí aguardando, asomándome en el sueño sólo por entre las hendiduras oscuras de mis sueños: sueños del sueño gigante, somnolencia incómoda nostálgica. Si alguno de ustedes pudiere venir a despertarme, trozar el hilo de mi letargo y dejar entrar el rayo negro de mi espiritualidad; volvería otra vez, como hace muchos siglos allá en aquella aldea africana, a ocupar este fardo inerte y frío; a volar libre por los vacíos de la noche en busca del néctar que sustente a mi existencia… Si alguno de ustedes pudiera navegar el inmenso y silencioso mar, escalar hasta el pináculo del promontorio; luego entrar al castillo y abrir la tapa del féretro en donde reposo… Si pudiere alguno de ustedes desenterrarme el estorbo que me aprisiona y mantiene dormido. Si quisieras tú: sí, tú: el que me oyes, al que le llega mi voz. Te juro que te daría lo que desearas: quizás la vida eterna, el poder de volar, el de la invisibilidad, el de la clarividencia, el del hipnotismo, el de la metamorfosis, el de la telepatía, o serías el dueño de los inmensos tesoros que se ocultan dentro de mis sótanos. Eso y mucho más si te decides a venir y despertarme. Te mostraré todos los rincones de estos mundos, seré tu guardián y tu guía…

Juan Carlos Chimal
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 131

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Juego de espejos

Pénétrez le secret doré
Tout n´est qu`une flamme rapide
Que fleurit la rosa adorable
Et d´où monte un parfum exquis
Apollinaire. Les collines

A Susana,
La de mis navíos extraviados.

Mientras afuera llueve y más allá hay un horizonte desteñido en el ajedrez multiforme de los techos, te digo: “Te amo, María Luz Carmen”, y al decírtelo, evoco a la ráfaga de aire fresco que llega a las jardineras agitando en mi memoria tu recuerdo. Debes saber que aún perdura el tic-tac del viejo reloj que resuena monótono en el silencioso ámbito del cuarto: es el mismo pulso acompasado del tiempo que te hizo decirme aquella vez: “Ha llovido ahora muy temprano”, mientras deslizabas los dedos por la explanada desnuda de mi pecho y yo me hundía en el esmeralda del sin fin de tus pupilas, descubriendo que en ellas habitaba el más secreto reflejo de tus sueños. Afuera soplaba el viento como ahora y la lluvia imprevisible había puesto un matiz decaído y melancólico en el cristal de la ventana.

Sé que han sucedido muchos años, que el distanciamiento ha terminado de mudar el deseo en abandono; pero quizá, en algún lugar cualquiera, el ruido incesante de la lluvia te haga decir: “Ha llovido ahora muy temprano”, y recuerdes, que mientras afuera la tarde declinaba entre lejanas griterías y fragmentos de cristales rotos, tu y yo ardíamos extenuados y asidos de las manos, metiéndonos uno en otro en caudales de tropeles obsesivos y bogando por las llanuras etéreas a donde sólo los dioses se prolongan.

Observo el crepúsculo y toco nuestros rostros en esta vieja fotografía que tengo entre mis dedos, y sé que los días con su tránsito imperturbable terminarán pronto en desdibujarnos, y así quedar solo el contorno gris ya sin ningún recuerdo. Pero mañana, quizá, al despertarme y aún entredormido, busque el tibio aliento de tu boca como queriendo conjurar tu ausencia y anclar para siempre mi navío a la playa sosegada de tu cuerpo. María Luz Carmen, te amo, mientras afuera llueve y la tarde alza su vuelo de gaviota lastimada hacia el ocaso del cielo profundo de los hombres, y en la habitación contigua alguien recita en francés versos de Neruda. Sí, aún te amo, hasta más allá que la noche haya instalado su telón de sombras en el dintel del mundo y los niños cesen de jugar y afuera quede el parque en los más tristes abandonos, iluminado por la única y fláccida luz de un arbotante que noctámbula tirite sobre el nítido espejo de la lluvia. O tal vez mañana, al requerir a mi vera tu figura de náyade y me dé a inventar la exacta réplica de tu dorso grabado en los albos relieves de las sábanas, bese el vacío en la almohada, donde entonces tuviste reposado el blondo contorno de tu nuca.

Sí, ha llovido ahora muy temprano, y es el fatigado remanso de mi sangre el que revierte el instante aquí con el instante aquel, el que yace suspendido desde nuestra furtiva cita y al amparo íntimo de esta alcoba, a la hora cinco que pasó desapercibida cuando terminaste de vestirte y cepillar tu pelo revuelto, y otra vez retomaste ante la luna del espejo tu grata presencia de señora, que a hurtadillas descendió los peldaños de la escalera de la morada de aquel extraño y oculto personaje, que aún guarda en su pecho el monótono tic-tac de un tiempo viejo.

Juan Carlos Chimal
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 83

Los amantes

Para Susana,
la memoria de mis cuentos.

Los amantes entraron en la alcoba. Con premura incipiente se despojaron de los estorbos que circundaban a sus cuerpos. Desnudos se contemplaron en silencio largamente, se tocaron, se olfatearon y se lamieron. Crecido su deleite, se adentraron uno en otro con el desbordado frenesí de unirse en uno solo. Y mientras afuera la tarde declinaba entre lejanas griterías y fragmentos de cristales rotos, los amantes hacían de ese momento el instante más excelso de su mortalidad. Algunos cuentan que después de aquella furtiva cita, los amantes van por el mundo cada cual por su vereda, en espera de que en un día no remoto, se vuelvan a encontrar, y así fundirse otra vez en uno solo.

Juan Carlos Chimal
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 281

El sueño

El niño despertó y al despertar se dio cuenta que todo había sido un hermoso sueño. Aún semidormido paseó la mirada por las baldosas del techo, buscando en ellas los vestigios del sueño perdido a través de los cristales fríos de la realidad. De afuera alguien le gritó que era demasiado tarde para seguir acostado; por lo tanto el niño, mecido todavía en el suave vaivén de la marea de su ensueño, posó sus pies en el tapete del suelo y restregándose los párpados con los nudillos de los dedos, pensaba en aquel sueño como en algo anhelado e imprescindible para continuar viviendo. Y así, durante toda su vida, se mantuvo en busca de ese sueño, hasta que un día, siendo él un hombre ya muy viejo y al tornar a su casa después de haber estado meditando sobre la verdadera razón de la existencia, pasó por el largo y estrecho corredor que terminaba de golpe frente a la puerta de su cuarto, al cual entró con el ansia de acostarse y descansar. Era la media noche cuando tocaron a su puerta. Él aún no había conciliado el sueño; y otra vez, como en aquel entonces, se sentó al borde de la cama, a tientas buscó con las plantas de los pies sus pantuflas que yacían en el piso, y aliñándose con los dedos el pelo blanco de sus sienes, difícilmente se incorporó a abrirle a quien llamaba: ¿Quién es?, interpeló antes, pero no escuchó ninguna voz. ¿Quién es?, volvió a inquirir, más también esta vez no oyó nada. Y así, hasta la tercera vez que preguntó, escuchó la respuesta: “Ábreme, soy tu sueño”.

Juan Carlos Chimal
No. 116, Octubre – Diciembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 323