El ciervo escondido

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Un leñador de Cheng se encontró en el campo con un ciervo asustado y lo mató. Para evitar que otros lo descubrieran, lo enterró en el bosque y lo tapó con hojas y ramas. Poco después olvidó el sitio donde lo había ocultado y creyó que todo había ocurrido en un sueño. Lo contó, como si fuera un sueño, a toda la gente. Entre los oyentes hubo uno que fue a buscar el ciervo escondido y lo encontró. Lo llevó a su casa y dijo a su mujer:

Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó donde lo había escondido, y ahora yo lo he encontrado. Ese hombre sí que es un soñador.

Tú habrás soñado que viste un leñador que había matado un ciervo ¿Realmente crees que hubo un leñador? Pero como aquí está el ciervo, tu sueño debe ser verdadero – dijo la mujer.

Aun suponiendo que encontré el ciervo por un sueño –contestó el marido-, ¿a qué preocuparse averiguando cuál de los dos soñó?

Aquella noche, el leñador volvió a su casa pensando todavía en el ciervo y realmente soñó, y en el sueño soñó el lugar donde había ocultado el ciervo y también soñó quien lo había encontrado. Al alba fue a casa del otro y encontró el ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez, para que resolviera el asunto. El juez le dijo al leñador:

Realmente mataste un ciervo y creíste que era un sueño. Después soñaste realmente y creíste que era verdad. El otro encontró el ciervo y ahora te lo disputa, pero la mujer piensa que soñó que había encontrado un ciervo que otro había matado. Luego nadie mató al ciervo. Pero como aquí está el ciervo, lo mejor es que se lo repartan.

El caso llegó a oídos del rey de Cheng, y el rey de Cheng dijo:

¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?

Liehtse (c. 300 a. C.)
No. 3, Julio -1964
Tomo I – Año I
Pág. 65

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Tómelo con calma

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Kan Ying, en la antigüedad, era un arquero hábil. Cuando tensaba el arco, los animales se desplomaban y los pájaros caían del aire. Su discípulo, llamado Fei Wei, sobrepasaba aún al maestro en habilidad. Por su parte, Ki Tch´ang aprendió este arte de Fei Wei, quien dijo: “Aprended primero a no parpadear, en seguida veremos cómo tirar el arco.”

Ki TCh´ang volvió a su casa, se deslizó bajo el telar de su mujer y siguió con la mirada el va y viene de la lanzadera. Después de dos años de ese ejercicio, ya no parpadeaba ni aunque la punta de una lezna le rozara el ojo. Se lo contó a Fei Wei. Éste dijo: “Todavía no estás preparado. Ahora es necesario que aprendas a ver, es decir, ver grande lo que es pequeño, ver claramente lo que es invisible. Cuando logres esto, regresa.”

Ki Tch´ang, entonces, puso en su ventana a un pájaro colgado de una crin. Desde el interior de su pieza observó fijamente al bicho. Al cabo de diez días, el piojo pareció crecer poco a poco. Tres años más tarde le parecía del tamaño de una rueda de carreta, de tal manera que terminó por ver los otros objetos tan grandes como montañas. Tomó un arco de cuerno de Yen y una flecha de junco de Cho y tiró. Atravesó el corazón del piojo sin romper la crin. Fue a contárselo a Fei Wei.
Éste saltó, se golpeó el pecho y dijo: “Has alcanzado tu meta.” Después que Ki Tch´ang hubo asimilado el arte de Fei Wei, pensó que no tenía más que un rival en el mundo y planeó matar a su maestro. Se encontraron en un sitio desértico y tiraron el uno sobre el otro. Las puntas de sus flechas chocaron a medio camino y cayeron al suelo sin levantar polvo. Fei Wei agotó primero su provisión de flechas. A Ki Tch´ang le quedaba una: tiró. El otro, sin cerrarla, la paró con la punta de una espina. Ante esto, los dos lloraron, y dejando caer sus arcos, se postraron en tierra, el uno ante el otro, uniéndose en una amistad como de padre a hijo. Se hicieron una incisión en el brazo y juraron nunca traicionar el secreto de su arte.

Lie Tseu, verdadero clásico del vacío perfecto. (Tomado de EL CORNO EMPLUMADO)
No. 5, Septiembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 57

El distraído

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Había una vez un hombre en el reino de Chil que tenía sed de oro. Una mañana se vistió con elegancia y fue a la plaza. Nada más llegó ante el puesto del comerciante, se apoderó de una pieza y escabullose.

El oficial que lo detuvo le preguntó: —¿Por qué robó el dinero en presencia de la gente?

—Cuando tomé el oro –contestó—, no vi a nadie, no vi más que el oro.

Lie Dsi
No. 16, 1965
Tomo III – Año II
Pág. 289

El esclavo y el amo

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El Señor Yin tenía un viejo esclavo, débil y enfermizo, que realizaba su trabajo con muchas penurias. Al llegar la noche el esclavo se sentía completamente agotado. Dormía profundamente. Su espíritu quedaba libre y soñaba que era un rey muy poderoso. Se paseaba entre muchos palacios y todos sus deseos eran satisfechos. Gozaba de innumerables placeres. Al amanecer despertaba y volvía a ser esclavo.

El señor Yin tenía muchas preocupaciones para conservar y aumentar sus riquezas. Al llegar la noche sufría una gran fatiga en el alma y en el cuerpo. Al dormir soñaba que era un esclavo abrumado por el trabajo físico, y hasta lo golpeaban e insultaban. Al despertar volvía a ser el amo.

Lieh Tsé
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 73

El arte de cazar cigarras

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Tchong-ni, durante su viaje a T ch´ou, vio en las cercanías de un bosque a un jorobado que atrapaba cigarras, como si estuviera recogiendo frutos o flores. Tchong-ni, dijo: “¡Qué habilidad! ¿Tiene usted un método?” “Sí —dijo el anciano—. Tengo un medio secreto. Durante cinco o seis meses me ejercité en equilibrar dos bolas sobre una pértiga; cuando dejaron de caer, muy pocas cigarras se me escapaban aún. En seguida, sostuve en equilibrio tres bolas; cuando no cayeron más, una cigarra de cada diez se me escapaba todavía. Por fin, coloque sobre la pértiga cinco bolas, y cuando ya no cayeron, no tuve más que recolectar a las cigarras. Para esto pongo a mi cuerpo inmóvil como un tronco de árbol y mi brazo tenso se parece a una rama seca. De tantas cosas que hay en el mundo no conozco más que las alas de cigarra: ya no me muevo más; no cambiaría por nada del mundo a las alas de cigarra. ¿Cómo podría no cazarlas?

Lie Tseu (traducción de Alejandro Jodorowsky, en EL CORNO EMPLUMADO
No. 11, Abril 1965
Tomo II – Año I
Pág. 278