Venta de vientos

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El arte de amarrar al viento con tres nudos, de tal modo que según se vayan aflojando, el viento sople cada vez más fuerte, ha sido atribuido a los brujos de Laponia y a las brujas de Shetland… Los marinos de Shetland todavía compran vientos en forma de pañuelos anudados o de cuerdas, de las viejas que pretenden regir las tormentas; se dice que hay viejas comadres de Lerwick que viven de vender los vientos.

Sir James George Frazer en LA RAMA DORADA
No. 09, Enero-Febrero 1965
Tomo II – Año I
Pág. 45

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Dueños del viento

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En la antigüedad hubo una familia de Corinto que gozaba de la reputación de poder acallar el viento huracanado, pero no sabemos qué método empleaban sus miembros para función tan útil, que probablemente les granjeaba una recompensa más sólida que la simple reputación entre la población marinera del Istmo. Aún en la época cristiana, bajo el reinado de Constantino, un tal Sotaper fue condenado a muerte en Constantinopla por el delito de atar los vientos con su magia, pues aconteció que los barcos que llevaban grano a Egipto y Siria fueron detenidos lejos de la costa por calmas o vientos contrarios, lo que causó despecho y rabia en el populacho bizantino hambriento.

Sir James George Frazer
No. 23, Mayo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 459

Buscando piedad

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En ocasiones se apela a la piedad de los dioses para que llueva. Cuando sus mieses están agostándose por la solana, los zulúes buscan un “pájaro celestial”, lo matan y lo arrojan a una charca. Después el cielo se apiada con terneza por la muerte del pájaro y “llora por él, lloviendo y llorando una plegaria funeral”.

Sir James George Frazer
No. 23, Mayo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 382

Poema Malayo

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Un poema malayo relata cómo una vez había en la ciudad de Indrapoore un comerciante rico y próspero, pero que no tenía hijos. Un día que paseaba con su mujer encontraron una niñita de tierna edad y bella como un ángel. La adoptaron y la llamaron Bidasari. El mercader mandó hacer un pez dorado y dentro de este pez transfirió el alma de su hija adoptiva. Después puso el pez dorado en una caja de oro llena de agua, y la ocultó dentro de un estanque, en medio de su jardín.

Con el tiempo la niña llegó a ser una preciosa mujer. En este tiempo el rey de Indrapoore tenía una reina joven y hermosa que vivía con el temor de que el rey pudiera tomar una segunda mujer. Así, sabiendo los encantos de Bidasari, resolvió la reina quedar tranquila respecto a ella. La llevaron, engatusándola, al palacio y la torturaron cruelmente pero Bidasari no podía morir a causa de no tener consigo su alma. Por fin, para que no la atormentaran más dijo a la reina: “Si deseáis que muera, mandad traed la caja que está en el estanque del jardín de mi padre”. De modo que trajeron la caja, la abrieron y allí estaba el pez dorado en el agua. La muchacha dijo: “Mi alma está en este pez; por la mañana sacad este pez del agua y al atardecer ponedlo otra vez en ella. No dejéis por cualquier lado al pez, sino atadlo a vuestro cuello. Si no lo hacéis, así, yo pronto moriré”. De esta manera la reina agarró al pez de la caja y se lo ató al cuello; aún no había terminado de hacerlo cuando Bidasari cayó desmayada. Pero al anochecer, cuando el pez fue devuelto al agua, Bidasari volvió otra vez a la vida. Viendo la reina que así tenía en su poder a la joven, la devolvió a la casa de sus padres adoptivos, que para salvarla de más persecuciones resolvieron sacar de la ciudad a su hija. Por esto, construyeron na casa en un sitio desolado y solitario y llevaron allí a Bidasari. Vivía sola sufriendo las vicisitudes correspondientes a la que soportaba el pez dorado donde ella tenía su alma. Todo el día, mientras el pez estaba fuera del agua, ella permanecía inconsciente; pero al anochecer, cuando ponían el pez en el agua, ella revivía. Un día el rey fue de caza y al llegar donde Bidasari permanecía inconsciente, quedó prendado de su belleza. Trató de volverla en sí, pero fue en vano. Al día siguiente, hacia el anochecer repitió su visita, pero todavía ella estaba inconsciente; sin embargo, cuando la obscuridad cayó, ella volvió en sí y contó al rey el secreto de su vida. El rey volvió a su palacio, cogió el pez que tenía la reina y lo puso en el agua. Inmediatamente Bidasari revivió y el rey la tomó por esposa.

Sir James George Frazer
No. 23, Mayo 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 393

La dama eterna

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Otro relato, recogido cerca de Oldenburgo, en el Ducado de Holstein, trata de una dama que comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, y que deseó vivir para siempre. En los primeros cien años todo fue bien, pero después empezó a encogerse y arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer, ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en la iglesia. Todavía está ahí, en la Iglesia de Santa María, en Lubeck. Es del tamaño de una rata, y una vez al año se mueve.

Frazer
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 160

La cámara mágica

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Una vez, en una aldea de la parte baja del Río Yukón, se dispuso un explorador a tomar su cámara fotográfica una vista de la gente que transitaba por entre las casas. Mientras enfocaba la máquina, el jefe de la aldea llegó e insistió en fisgar bajo el paño negro. Habiéndosele permitido que lo hiciera, estuvo contemplando atentamente por un minuto las figuras que se movían en el vidrio esmerilado, y después, de súbito, sacó la cabeza y gritó a la gente con toda su fuerza: “Tiene todas vuestras sombras metidas en la caja”

Frazer
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 23

El sol

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Los ojebways imaginaron que el eclipse significaba que el sol estaba extinguiéndose y, en consecuencia, disparaban al aire flechas incendiarias, esperando que pudieran reavivar su luz agonizante.

Frazer
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 100

La dama eterna

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Otro relato, recogido cerca de Oldenburgo, en el Ducado de Holstein, trata de una dama que comía y bebía alegremente y tenía cuanto puede anhelar el corazón, y que deseó vivir para siempre. En los primeros cien años todo fue bien, pero después empezó a encogerse y arrugarse, hasta que no pudo andar, ni estar de pie, ni comer ni beber. Pero tampoco podía morir. Al principio la alimentaban como si fuera una niñita, pero llegó a ser tan diminuta que la metieron en una botella de vidrio y la colgaron en la iglesia. Todo estaba ahí, en la iglesia. Todavía estaba ahí, en la Iglesia de Santa María, en Lubeck. Es del tamaño de una rata, y una vez al año de mueve.

James George Frazer,en BALDER THE BEAUTIFUL
No. 8, Diciembre 1964
Tomo I – Año I
Pág. 46

Piedad de Indra

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En Kumaon, India, un procedimiento para que termine de llover es derramar aceite hirviendo en oído izquierdo de un perro; el animal aúlla de dolor y sus aullidos son oídos por Indra, que, lleno de piedad por los sufrimientos del animal, para la lluvia.

Frazer, en LA RAMA DORADA (categoría sir james George frazer)
No. 12, Mayo – 1965
Tomo II – Año I
Pág. 383

La cámara mágica

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Una vez, en una aldea de la parte baja del Río Yukón, se dispuso un explorador a tomar con su cámara fotográfica una vista de la gente que transitaba por entre las casas. Mientras enfocaba la máquina, el jefe de la aldea llegó e insistió en fisgar bajo el paño negro. Habiéndosele permitido que lo hiciera, estuvo contemplando atentamente por un minuto las figuras que se movían en el vidrio esmerilado, y después, de súbito, sacó la cabeza y gritó a la gente con toda su fuerza: “Tiene todas vuestras sombras metidas en la caja.”

 

Frazer, en LA RAMA DORADA
No. 11, Abril 1965
Tomo II – Año I
Pág. 227

Muerte a distancia

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El emperador Romano Lecapeno fue informado por un astrólogo que la vida de Simeón, príncipe de Bulgaria, estaba ligara a cierta columna de Constantinopla, de tal modo que, si se quitase el capitel a la columna, Simeón moriría inmediatamente. El emperador aprovechó la insinuación y mandó que quitaran el capitel; más tarde, y habiendo ordenado que se hiciera una investigación, Romano Lecapeno llegó a saber que Simeón había muerto en Bulgaria de una enfermedad cardiaca, a la misma hora.

Frazer
No. 11, Abril 1965
Tomo II – Año I
Pág. 220