Cuento

Aire, pegajoso; te fuiste sumiendo lentamente en el sopor caliente.

La noche estaba viva. Chicharras, mosquitos, aves nocturnas… ¡Uh u u u!

Atmósfera que era manta pesada… no se movía la hoja en la rama… Tu cansancio reposó en el sueño mecedor de la hamaca.

Porque Chiapas, aserradero de maderas finas. Tuviste presente que los hombres se iban a formar al otro día, en frente de tu casa-despacho, a recibir sus rayas.

Te quedaste dormido, tranquilo, cansado. Hasta entonces comprendiste lo que era dormir por cansancio… Tu sueño era tan profundo que no advertiste que afuera había alguien que preguntaba:

—¿De veras viste dónde guarda las rayas?

—Sí, ¿no te dije que en su escritorio tiene un cajón cerrado con llave, el único que tiene llave? Pues ahí las tiene.

—Bueno, si se despierta, ya sabes…

Y entraron, y tú dormías, y mientras uno se iba directamente al escritorio, otro se paraba detrás de tu cabeza con su cuchillo en la mano.

Te despertaron al tratar de forzar el cajón… Los sonidos antes arrulladores de la noche, estallaron en tu cabeza.

Te incorporaste a medias solamente, porque una mano áspera te tapó la boca y un filo de acero se te clavó en el cuello. Lloraste sangre y lágrimas y te recostaste lentamente, envuelto por el aire pegajoso, sobre el ensueño mecedor de la hamaca

 

Luis Fco. Salinas Olavarría
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 107

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