Historia de un diálogo inútil

Un caballero entró en el café atestado. Con gran desasosiego se resignó a cmpartir la mesa que un solitario caballero ocupaba al borde de la plazoleta. El solitario caballero no presentó ningún inconveniente y el caballero se sentó. Y he aquí que ambos caballeros bebían y leían el periódico sin mirarse ni dirigirse una palabra. Pero el caballero tuvo escrúpulos de estar allí sentado sin darle conversación al solitario caballero. En realidad le agradaba estar así, en paz, leyendo su diario y saboreando su café, pero la presencia de otra persona en la misma mesa imponía un silencio molesto, un silencio indeciso, un silencio balanceado, un silencio en vilo que manchaba la serenidad con que leería la prensa y gustaría su café si estuviera solo; pensaba que el solitario caballero pensaba que sería cortés proponer un tema. Entonces vio en el periódico la reseña de un novedoso espectáculo: un hombre, Mercer a sus poderes hipnóticos, hacía que las personas ladrasen como perros, mallasen como gatos, silbasen como peces o se estuvieran tan tiesos como varas de ausubo. El artículo añadía que este hombre mostraba tener también una probada dote telepática, es decir, que leía los pensamientos. El caballero lo consideró todo una farsa y decidió comunicar su escepticismo al solitario caballero, que ocultaba su rostro tras el periódico.

—No sé cómo piense usted, pero yo… —comenzó a decir el caballero.

—Yo tampoco creo en la telepatía —lo interrumpió el solitario caballero, sin asomarse.

Diego Deni
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 99

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