Señales

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Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmersos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería sea palabra de la cual yo era una sílaba?

Octavio Paz
No. 143-145, Abril-Diciembre 1999
Tomo XXX – Año XXXV
Pág. 24

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La calle

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Es una calle larga y silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo
y me levanto y piso con pies ciegos
las piedras mudas y las hojas secas
y alguien detrás de mí también las pisa:
si me detengo, se detiene;
si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.
Todo está oscuro y sin salida,
y doy vueltas y vueltas en esquinas
que dan siempre a la calle
donde nadie me espera ni me sigue,
donde yo sigo a un hombre que tropieza
y se levanta y dice al verme: nadie.

Octavio Paz
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 258

Paz

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Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos. Mis actos, el serrucho del grillo, el parpadeo de la estrella, no eran sino pausas y sílabas, frases dispersas de aquel diálogo. ¿Cuál sería esa palabra de la cual yo era una sílaba?

Octavio Paz
No. 12, Mayo – 1965
Tomo II – Año I
Pág. 429

La palabra

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Caminé unos trescientos metros contra el viento helado y la niebla amarillenta, sólo para encontrar cerrado el estanco. Dirigí mis pasos hacia un café próximo, en donde estaba seguro de hallar un poco de calor, de música y, sobre todo, de cigarrillos, objeto de mi salida. Recorrí dos calles más, tiritando cuando de pronto sentí –no, no sentí, pasó-, rauda, la palabra. Lo inesperado del encuentro me paralizó por un segundo, bastante para darle tiempo a la noche. Repuesto, alcancé a cogerla por las puntas del pelo flotante. Tiré desesperadamente de esas hebras que se alargaban hacia el infinito, hilos de telégrafo que se alejan irremediablemente con un paisaje entrevisto, nota que sube, se adelgaza, se estira, se estira… Me quedo sólo en mitad de la calle, con un pluma roja entre las manos amoratadas.

Octavio Paz, en ¿ÁGUILA O SOL?
No. 10, Marzo-1965
Tomo II – Año I
Pág. 164

Octavio Paz

Octavio Paz

Octavio Paz

(Ciudad de México, 1914-id., 1998)

Escritor mexicano. Nieto de escritor (Ireneo Paz), los intereses literarios de Octavio Paz se manifestaron de manera muy precoz, y publicó sus primeros trabajos en diversas revistas literarias. Estudió en las facultades de Leyes y Filosofía y Letras de la Universidad Nacional.

En 1936 Octavio Paz se trasladó a España para combatir en el bando republicano en la guerra civil, y participó en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Al regresar a México fue uno de los fundadores de Taller (1938) y El Hijo Pródigo. Amplió sus estudios en Estados Unidos en 1944-1945, y concluida la Segunda Guerra Mundial, recibió una beca de la fundación Guggenheim, para, más tarde, ingresar en el Servicio Exterior mexicano.

En 1955 fundó el grupo poético Poesía en Voz Alta, y posteriormente inició una colaboración en la Revista Mexicana de Literatura y en El Corno Emplumado. En las publicaciones de esta época defendió las posiciones experimentales del arte contemporáneo.

Cerró su actividad diplomática en 1968, cuando renunció como protesta contra la política del gobierno mexicano ante el movimiento democrático estudiantil. Durante sus años de servicio Octavio Paz residió en París, donde trabó amistad con André Breton, pero también viajó por diversos países europeos y asiáticos (en 1962 fue nombrado embajador de México en la India).

Poeta, narrador, ensayista, traductor, editor y gran impulsor de las letras mexicanas, Paz se mantuvo siempre en el centro de la discusión artística, política y social del país. Su poesía se adentró en los terrenos del erotismo, la experimentación formal y la reflexión sobre el destino del hombre.

Conforman su obra poética quince títulos: Luna silvestre (1933); Bajo tu clara sombra y otros poemas sobre España (1937); Entre la piedra y la flor (1941); Libertad bajo palabra (1949); Águila o sol (1951); Semillas para un himno (1954); La estación violenta (1958); Salamandra (1962); Ladera este (1969); Topoemas (1971); Renga (1972); Pasado en claro (1975); Vuelta (1976); Poemas (1979) y Árbol de adentro (1987).

Su producción en prosa abarca once obras: El laberinto de la soledad (1950); El arco y la lira (1959); Cuadrivio (1965); Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo (1967); Conjunciones y disyunciones (1969); El mono gramático (1974); Los hijos del limo (1974); El ogro filantrópico (1979); Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982); Tiempo nublado (1983) y Hombres de su siglo (1984).

A grandes rasgos cabe distinguir tres grandes fases en su obra: en la primera, el autor pretendía penetrar, a través de la palabra, en un ámbito de energías esenciales que lo llevó a cierta impersonalidad; en la segunda entroncó con la tradición surrealista, antes de encontrar un nuevo impulso en el contacto con lo oriental; en la última etapa de su trayectoria lírica, el poeta dio prioridad a la alianza entre erotismo y conocimiento. En 1990 se le concedió el Premio Nobel de Literatura1.

 

Tráfico de sueños


Los sueños pueden comprarse, venderse, robarse. El regente Masatoki tenía dos hijas que eran medio-hermanas. La menor soñó que el sol y la luna caían en su regazo. Al despertar se dijo: “Debo preguntarle a Masako el significado de mi sueño”. Masako era la hermana mayor, versada en la historia, la mitología y la interpretación de los sueños. Mientras oía el relato de su hermana, Masako pensaba: “Qué sueño más extraño. Y más extraño aún que no sea un hombre sino una mujer la que lo haya soñado”. Masako sabía que la persona que soñase ese sueño estaba destinada a gobernar un día al Japón. Astuta y ambiciosa, decidió apoderarse del sueño y le dijo a su hermana: “¡Pobre de ti! Es un sueño infausto y terrible. Deberás deshacerte de él lo más pronto posible”. La otra contestó apenada: “¿Cómo se puede uno deshacer de un sueño?” “¡Véndelo!” respondió Masako. “Pero ¿quién va a querer comprar un sueño de mal agüero?” “yo te lo compraré”, dijo Masako. “¿Tú? ¿Y cómo podría yo resistir ver que sobre ti cae la desdicha que me está destinada?” “No te preocupes”, replicó Masako, “los sueños comprados pierden su maleficio”. El precio del sueño fue un antiguo espejo chino. La hermana menor regresó a su habitación diciéndose: “¡Al fin lo tengo! Ya es mío ese espejo que tanto he deseado…” Sólo muchos años después, cuando Masako gobernó de facto al Japón (1220-1225), la hermana menor se dio cuenta de lo que había perdido al vender su sueño.

Arthur Waley, en Madly Singing in the Mountains, 1970. Citado por Octavio Paz
No. 99, Julio-Agosto 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 482