Liebres

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Hay que inventar liebres para poder hacer de nuestra vida un extenso y luminoso día de caza, y para poder decretar que somos cazadores. Pero hay que inventarlas vivas, ágiles, inasibles. Siempre queda, además, la posibilidad de que nuestras liebres inventadas resulten idénticas a otras invisibles pero reales, y aún tengan sus mismos movimientos.

José Pedro Díaz
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 294
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José Pedro Díaz

José Pedro Dí­az D´Onofrio

Nació en Montevideo en 1921 y a lo largo de su trayectoria profesional ha desarrollado una obra que incluye ensayos, narrativa y poesí­a. Profesor de enseñanza secundaria, Díaz también se ha desempeñado como catedrático de literatura francesa enla Facultad de Humanidades y fue director del Departamento de Filología Moderna de esa facultad, entre otras materias.

Publicó una gran cantidad de estudios literarios sobre otros escritores como, por ejemplo, Julio Herrera y Reissig, Honorato de Balzac y Gustavo Adolfo Bécquer.

También fue un especialista en la obra de Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti. Su obra poética fue reunida en la edición Canto pleno y entre su obra narrativa figuran los tí­tulos El habitante, Partes de naufragio, Los fuegos de San Telmo y su más reciente novela, Las claraboyas y los relojes (2001). Asimismo, incursionó en el periodismo.

La Academia Nacional de Letras de Uruguay lo había postulado para el premio Menéndez Pelayo. También se destacan sus libros Tratado de la llama, Ejercicios antropológicos, El abanico rosa. Suite antigua. Una conferencia sobre Julio Herrera y Reissig, Poesí­a y el espectáculo imaginario.

Falleció a los 85 años en Julio de 2006.  Compartió su último medio siglo de vida con la poeta Amanda Berenguer.[1]

 

Cazadores


En la región son bien conocidos los fusiles. En realidad podría decirse que hay por lo menos uno en cada casa. Y eso se explica, porque el lugar es peligroso. Tanto que se suelen emplear armas muy perfeccionadas, automáticas. Sin embargo, hay un grupo de personas que sostienen que los leones se les debe cazar con lanzas, y dedican buena parte de sus vidas a pulir duras maderas preciosas que trabajan con cuchillos y decoran con tierras blancas y rojas. Son muy respetadas. Cuando andan por las calles, solos o en grupo de dos o tres, con sus lanzas en las manos, los demás se inclinan y les abren el paso. Es a ellos a los que se les consulta para los asuntos graves y, especialmente, para saber de las costumbres de los leones. Ellos informan de todo afable y generosamente. Dos veces al año algunos de entre ellos —dos o tres— salen con sus lanzas al campo para cazar leones. Nunca vuelven. Nadie se extraña de ello: siempre sucedió así.

José Pedro Díaz
No. 90, 1984
Tomo XV – Año XIX
Pág. 268