Rumor del cosmos

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En el rumor del Cosmos, entre los silbidos de las estrellas que estallan y los crujidos de las galaxias que chocan percibiremos algún día las débiles pulsaciones rítmicas que son la voz de la inteligencia. Entonces descubriremos por primera vez solamente (¡solamente!) que hay en el Universo otras mentes además de las nuestras; más tarde aprenderemos a interpretar esas señales, algunas de las cuales quizás sean portadoras de las imágenes. Serán el equivalente de la imagen telegrafiada o de la televisión. Será muy fácil descifrar su código y reconstruir esas imágenes. Algún día, que quizás no esté lejos, una pantalla de rayos catódicos nos mostrará vistas de otro mundo.

Arthur C. Clarke
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 357

La alhaja

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Francina pasea y no piensa en nada. De repente su pie derecho rehúsa pasar delante de su pie izquierdo.

Vedla pues plantada, inconmovible, ante un escaparate.

No se ha parado para mirarse en los espejos ni arreglarse el cabello. Mira una alhaja. La mira obstinadamente y si la alhaja tuviera alas iría por sí misma a colocarse, sortija, en el dedo de Francine; broche, sobre su blusa o, pendiente, en el lóbulo de su ojera.

Para verla mejor, entorna los ojos, y llega, para poseerla al menos bajo sus párpados, a cerrarlos. Parece que duerme.

Pero detrás del escaparate, llegada del fondo de la tienda, aparece una mano. Surge blanca y fina del puño de la camisa. Se diría que entra hábilmente en una pajarera. Está acostumbrada.

Sin quemarse en el fuego de los diamantes, sin despertar a las piedras adormecidas, se insinúa entre ellas y con la punta de sus ágiles dedos como haciendo los cuernos a Francina que la observa con inquietud, roba la alhaja.

Jules Renard
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 355

La señora de la tierra

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El mundo estaba lleno de agua. Y en el agua vivía la Señora de la Tierra. Era un monstruo cubierto de ojos y de fauces. Tezcatlipoca y Quetzalcóatl decidieron darle forma a la Tierra. Convertidos en serpientes, enlazaron y estrecharon al monstruo hasta que se rompió en sus dos mitades. Con la parte inferior hicieron la tierra y con la parte superior el cielo. Los otros dioses bajaron a consolarla y, para compensar el daño que Tezcatlipoca y Quetzalcóatl acababan de hacerle, le otorgaron el don de que su carne proporcionara cuanto el hombre necesita para vivir en el mundo. Su piel y sus cabellos quedaron convertidos en hierbas, grama, árboles y flores. Sus ojos se mudaron en pequeñas cuevas, pozos, fuentes. Su boca se transformó en ríos y en grandes cavernas, su nariz en los montes y en los valles.

De la teogonía náhuatl traducida por Ángel Ma. Garibay
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 348

Más vidas

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No obstante, el descubrimiento de una forma de vida, por humilde que sea, en un planeta cualquiera, afectaría enormemente nuestra visión del universo, transformando lo que ahora es pura suposición en una certeza. La presencia de algunos líquenes en Marte o de algunas amibas en los (hipotéticos) mares de Venus, nos probaría que la vida no es una enfermedad rara que sólo ha atacado a la Tierra. Una vez establecido este hecho, sería ilógico negar la existencia de formas superiores en otra parte.

Arthur C. Clarke
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 346

Yo se…

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12. Ni sabe el hombre su fin, sino que como los peces se prenden con el anzuelo, y como las aves caen en el lazo, así los hombres son sorprendidos de la adversidad, que los sobrecoge de repente.

Eclesiastés
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 341

Liebres

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Hay que inventar liebres para poder hacer de nuestra vida un extenso y luminoso día de caza, y para poder decretar que somos cazadores. Pero hay que inventarlas vivas, ágiles, inasibles. Siempre queda, además, la posibilidad de que nuestras liebres inventadas resulten idénticas a otras invisibles pero reales, y aún tengan sus mismos movimientos.

José Pedro Díaz
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 294
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Un hotel

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La vida en un hotel es excitante. El mobiliario puede contarse con los dedos de la mano, nos libera de la incomodidad de la mudanza. Alquilar tranquiliza. Es la transición entre el despojamiento y la posesión. Un cuarto de hotel amueblado es la desembocadura de una sala de espera. Tabiques entre las piezas, resonancias malditas, resonancias afrodisiacas, comunidad de alveolos, contagio de la riña, del celo y de drama. Empecemos de nuevo a hacer el amor con nuestros vecinos los amantes. Nuestros semejantes se perfilan con los gritos, nos dan y les damos la embriaguez y la furia. Promiscuidad, penetración, espejismo de comunidad, eso es un hotel amueblado.

Violette Leduc
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 329

El robot

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El robot pareció adquirir conciencia de sí mismo. Lo comprendí en el brillo maléfico de sus foquillos, despidiendo miradas que me veían.
Las miradas intensas me traspasaron al ser devueltas por el espejo ante el que yo estaba, obedeciendo a la orden de observarme en esa superficie desde la cual me veía el otro robot.

Nicio de Lumbini
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 323

Kawelu y Hiku

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Abandonada por su amante, Kawelu muere de tristeza. Hiku desciende a los Infiernos a lo largo de la cepa de una viña, se apodera del alma de Kawelu, la encierra en un coco y vuelve a la Tierra. La devolución del alma al cuerpo sin vida se hace del siguiente modo: Hiku introduce el alma en el dedo gordo del pie izquierdo, después al friccionar la planta del pie y la pantorrilla, consigue que llegue hasta el corazón. Antes de descender a los infiernos, Hiku había tomado la precaución de untar su cuerpo con aceite rancio para tener el mismo olor que un cadáver; cosa que no hizo Kena, por lo que inmediatamente fue descubierto por la Dama de los Infiernos.

Micera Eliade
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 316

Floración

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Abrí los ojos cuando amaneció en un lugar desconocido para mí y vi una muchacha desnuda que corría por el campo y que intentaba ocultarse de mí. En una ocasión, cuando se detuvo y me miró, pude ver que sus pechos parecían que iban a reventar, como si fueran capullos de rosas al sol de mayo y eché a correr hacia el Sur intentando atraparla, porque quería enterrar mi rostro en aquellas abiertas rosas y capullos para conocer su fragancia. Cuando, después, llegué hasta ella, cayeron todos los pétalos de sus pechos, se echaron a volar con el viento y ya no pude volverla a ver ni pude saber dónde fue, pero las semillas que se desprendieron de ella aquel día son las flores que están floreciendo ahora.

Erskine Caldwell
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 315

Amor

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“…Las cosas, los objetos, nos gastan. Doy vuelta la cabeza. Me devorarían. El silencio de mi cuarto es el silencio de tu piano, el silencio de lo que ya no tocas. Modelabas la sonoridad, el musgo de los bosques alegraba el cielo. Una gran música estudiosa. Mi sueño, tu respiración sobre la mano que te escribe. De noche esto es más fácil. Las distancias, las nuestras, son discretas. ¿Cuándo me besarás hasta que te pida clemencia? Beso tus frases, beso tus palabras, recorro con mis labios tu papel de carta. ¿Cuándo estrás en mis brazos?”.

Violette Leduc
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 312

Confesiones

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Yo, por ejemplo, misántropo, hosco, jorobado, pudrible, inocuo exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, y por si fuera poco, mexicano, duermo poco y mal desde hace muchos meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas o listadas, una manta eléctrica o al aire libre, según el clima, pero eso sí, ferozmente abrazado a mi esposa, a flote sobre el río de los sueños.

Gustavo Sainz
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 309

La sombra de las jugadas

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En uno de los cuentos que integran la serie de los Mabinogion, dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro. Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate y poco después un jinete ensangrentado le anuncia: Tu ejército huye, has perdido el reino.

Edwin Morgan
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 306

Infiernito

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Tres siglos antes de la era cristiana, Asoca, emperador de la India, ordenó a sus arquitectos y albañiles, la erección de un infierno terrenal, rico en montañas de cuchillos y piletas de aceite hirviendo. Un monje budista, que recorría la comarca, fue el penúltimo de los huéspedes; los alguaciles lo arrojaron a una de las terribles piletas, cuyo aceite, al contacto del cuerpo venerable, se convirtió en agua tibia, florecida de lotos. Asoca no desoyó esta advertencia y ordenó la demolición del recinto, no sin antes agotar las torturas en la persona del administrador. El peregrino budista Sung Yun ha referido el caso.

P. Zaleski
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 305

El bosque de la verdad

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Un rey tenía un hijo llamado Phui. Este hijo, un día penetró a caballo en un bosque enorme. De pronto, todo lo que había en el bosque se transformó en flores. Solamente el príncipe y el caballo permanecieron príncipe y caballo… Al volver al palacio, Phul contó el prodigio a su padre, quien no quiso creerle y lo reprendió por haber mentido. Llamó al pandit real y le ordenó leer al príncipe anécdotas y máximas contra la mentira. El príncipe, sin embargo, se obstinaba en pretender que había dicho la verdad. Entonces, el rey congregó un ejército y partió para el bosque. Allí, en un instante, se convirtieron todos en flores. Pasó un día. Luego el hijo junto los libros de anécdotas y de preceptos y se fue al bosque, arrancó las páginas y las dispersó a los cuatro vientos. A medida que las hojas se diseminaban, los soldados del rey resucitaron, y el rey también.

Mircea Eliade, en Noche Bengali
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 303

Informe del más allá

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A ejemplo de las grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que habitualmente hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo de los objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas, valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas, sabores, perfumes, sonidos, pues todas suerte de sensaciones y de espectáculos nos depara la eternidad.

…Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de la vida. En una suerte de muestrario, al principio te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones, haciéndote creer que eres todavía un niño; te sentarán en una silla de monos, llamada también silla de la reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas, por aquellos corredores, al centro de tu vida, en donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del cielo que del Infierno corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu años a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.

Silvina Ocampo, en La Furia (1959)
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 297

El vuelo

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Un moscón se pasea por los bordes de la azucarera. De vez en cuando emprende un vuelo, un rápido zumbido, un colérico zigzagueo. Lleva un luto descolorido, sucio. Una criatura irritante, completamente fuera de lugar en el silencio dulzón del comedor. Pero ahora veo que debajo de las alas posee un lujoso cuerpo azul, como una ridícula vieja vestida de lentejuelas brillantes y tules gastados, extraídos de roperos con olor a humedad. Avanza hacia un terrón de azúcar blanquísimo (un ser puro, inmutable, hermético, que, por supuesto, debe despertar su envidia). Parado sobre el terrón de azúcar se frota las patitas delanteras. Yo lo miro, simplemente. No hago un solo movimiento. Lo miro desde el fondo de mi calma intacta como el silencio del comedor que él no puede perforar con su estúpido zumbido. Es un silencio de algodón inmaculado y el no atina a desgarrarlo, aunque dé vueltas como una maquinita redundante que ignora lo que le espera.

Pero algo sospecha y por eso se lanza ciegamente contra el vidrio de la ventana. Desde aquí pude oír con precisión el golpe opaco, seco. No encuentra la salida. Se revuelve en espirales de impaciencia en lugar de aceptar su situación. No sabe nada de nuestro orden secreto, nuestros juegos, nuestros menudos privilegios. Las moscas son más inteligentes. Se pasean por el techo. Comprenden que todo está dispuesto y debe ser así. No es posible cambiar nada de sitio. Las tazas son siempre las mismas. La tetera, así como la jarrita de la leche y la azucarera, son de plata inglesa. Eso significa mucho para nosotros. El tejido de la carpeta no es perfecto, si lo miramos con ojos críticos, pero se disimula bien debajo de la vajilla. Nosotras somos seres silenciosamente lúcidos y activos. Nos confabulamos contra las moscas (que son hábiles, como ya he dicho) y demanda toda nuestra paciencia (que es infinita). Tenemos nuestras pequeñas emociones cotidianas. Pero lo más importante para nosotras es nuestro trabajo. Tejemos. Y en nuestra habilidad, nuestra pericia o, si se me permite la expresión, nuestro talento encontramos la mejor recompensa. Nos admiramos mutuamente los tejidos. Pero la mayor parte del tiempo —ya que no siempre estamos tejiendo— nos quedamos inmóviles, expectantes.

Él no espera nada. Se lanza de cabeza contra el vidrio. Afuera el laurel rosado se está poniendo gris. Quiere salir antes que se desvanezca. Pero ahora parece que entendió y vuelve a la mesa. Me llena de inquietud, porque nunca me he enfrentado con una criatura tan ruidosa y hostil. Pero más inquieto estaría él, probablemente, si me hubiera visto. Es demasiado grosero y torpe para observar a su alrededor. Eso sí, se nota que es individuo vanidoso y complaciente consigo mismo por la manera de frotarse las patas. Su plan ha fracasado. El laurel se cubrió de ceniza. Y él no encontró la salida. Pero parece no advertirlo o haberlo olvidado. Se dirige estrepitosamente hacia el centro de mesa donde yacen cuatro flores de cera. Se posa sobre un pétalo rosado. Advierto que ya se está cansando. No era eso lo que él buscaba, por supuesto.

Lo veo venir. Lo espero. Ahora se acerca a la lámpara. Es una gran pantalla de seda amarillenta un poco desteñida y chamuscada en el centro, donde brillan tres bombitas eléctricas. Hacia esos gusanos de luz incandescente que habitan en el vidrio quiere llegar al moscardón. Pero yo atisbo agazapada en el borde interior de la pantalla. Lo miro casi con amor ahora que está tan cerca y me seduce y quiero volar al fin y caigo en el vacío, suspendida de un hilo frágil que brota de mi propio vientre, me balanceo en mi ciega embriaguez, quiero volar, pero sigo cayendo, con mi pesado vientre negro, todo se desgarra blandamente como un algodón y ruedo sobre las tablas del piso, roto el hilo visceral que me ligaba al tiempo, roto el precario equilibrio, el diferido vuelo, huyo a esconderme en un rincón de polvo y sombra. Sé que mañana o pasado mañana comenzaré a tejer una vez más nuestra vieja paciencia. Porque todo está dispuesto y debe ser así. No hay cosa que nos exaspere tanto como esa absurda vocación del vuelo.

Mercedes Rein
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 294

El padre y el hijo

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En un pueblo de la provincia de Izumo vivía un campesino tan pobre que cada vez que su mujer daba a luz a un hijo, lo arrojaba al río.

Seis veces renovó el sacrificio. Al séptimo alumbramiento, consideróse ya suficientemente rico como para conservar al niño y educarlo.

Poco a poco, con gran sorpresa suya, fue encariñándose con el pequeño.

Una noche de verano encaminóse a su jardín con el infante en brazos. Éste tenía cinco meses.

La noche, iluminada por una luna inmensa, era tan resplandeciente que el campesino exclamó:

—¡Ah, qué noche tan maravillosamente hermosa!

Entonces el niño, mirándolo fijamente y expresándose como persona mayor dijo:

—¡Oh, padre, la última vez que me arrojaste al agua, la noche era tan hermosa como ésta, y la luna nos miraba como ahora…!

Lafcadio Hearn
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 293

Copia

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El heresiarca persa Hassan ibn Sabbah erigió en la cumbre de una montaña un paraíso artificial, dotado de quioscos, de músicos ocultos, de divanes y de doncellas; lo surcaban riachos de miel, de leche y de vino. Oportunas dosis de haxis adormecían a los sectarios que, sin entender cómo, se encontraban de pronto en el paraíso o fuera de él. Estas falsas visiones de un mundo sobrenatural estimulaban y afianzaban la fe. Tal es el origen auténtico de la considerable secta de los asesinos, cuyo nombre deriva de haxis.

P. Zaleski
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 289

La histérica

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A pleno día.

El psiquiatra: —Desnúdese.

La histérica: —¡Imposible!

El psiquiatra: —me desnudaré yo, entonces.

La histérica: —Como usted guste.

(El psiquiatra se desnuda).

El psiquiatra: —¿Ve usted qué sencillo?

La histérica: —¡Asombroso! Probaré yo a hacerlo.

(Se desnuda. Suena el teléfono).

El psiquiatra: —Sí, señor, inmediatamente. (A la paciente) Le habla su marido.

(La histérica toma el audífono).

La histérica: —¿Eres tú queridito?

La voz lejana: —Soy yo, ¿no te da vergüenza?

(La histérica se mira).

—¿Ni siquiera pensaste en los niños?

(pausa)

—Y por si fuera poco, ¿no sientes frío?

La histérica: —Perdóname; no siento frío. ¿Me perdonas?

La voz lejana (tras un silencio): —Está bien, te perdono, ¡Que no vuelva a repetirse!

(La histérica deja el audífono y se vuelve. Da un grito, cubriéndose. Está en una zapatería).

 

Francisco Tario
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 288

El fin

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De pronto, como predestinado por una fuerza invisible, el carro respondió a otra intención, enfilado hacia imprevisible destino, sin que mis inútiles esfuerzos lograran desviar la dirección para volver al rumbo que me había propuesto.
Caminamos así, en la noche y el misterio, en el horror y la fatalidad, sin que yo pudiera hacer nada para oponerme.
El otro ser paró el motor, allí en un sitio desolado. Alguien que no estaba antes, me apuntó desde el asiento posterior con el frío implacable de un arma. Y su voz definitiva, me sentenció:
—¡Prepárate al fin de este cuento!

Edmundo Valadés
No. 22, Abril 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 286