Regreso

Era una sensación tan extraña, tan excitante, nunca en su vida había experimentado algo así. Él lo atribuía a los enormes deseos de ver a su familia, sus padres, sus hermanos. ¡Un año sin verlos! Siempre que viajaba de la capital a su tierra natal le embargaba una ansiedad nostálgica por volver a su lugar de origen.

Ahora era igual, a pesar de los desagradables incidentes que había tenido: la pérdida de su valija en la estación y después el coche que se le había echado encima al bajar del autobús. Se recordó cerrando los ojos instintivamente, y luego, ver al camión dar un viraje violento, pararse a un lado de la carretera, y al chofer bajarse apresuradamente con un gesto de contrariedad angustiada. Pero él no se detuvo, deseaba llegar a casa de sus padres lo más pronto posible y eran cinco kilómetros de la carretera al pueblo. Llevaba un buen trecho caminando y la sensación, una sensación voluble, creciente, invadía a cada paso que daba hasta la última célula de su organismo; sentía la brisa en todo su cuerpo, como si su cuerpo y la atmósfera formaran una sola unidad inseparable, veía lo que le rodeaba, los árboles, sus hojas, las flores, las aves, los pequeños insectos, toda la materia que le circundaba era percibida por él en un aforma imposible de describir a su razón. Sentía que podría entrar hasta la esencia de todo ello. Se detuvo, miró hacia arriba, la luz del sol no lo lastimaba y sentía su esencia bullir libremente dentro de sí mismo. Su cuerpo estaba muy ligero, tuvo una instantánea sensación de flotar. Echó a andar y miró hacia adelante,… el camino le pareció muy largo. Siguió avanzando en un mar de sensaciones indescriptibles producidas por la percepción de las formas que salían a su paso; formas, colores, y estructuras se entrelazaban en un flujo envolvente que inundaba sus sentidos. Sentía que tenía que avanzar, no podía quedarse parado. Se halló de pronto ante un riachuelo, después de un gran esfuerzo se recordó a sí mismo cuando niño bañándose allí, atraído por el agua transparente, el agua —que después ya mayor ejercía sobre él una particular atracción—, no era aprehensible, se amoldaba a todo continente y era clara, lúcida. Se sumergió en el agua y sintió cómo éste invadía todo su cuerpo, como disolviéndolo. Trató de moverse, pero no sintió sus brazos, no tenía brazos, no tenía cuerpo, sólo agua, ¡él era ahora agua!

Sin embargo, si yo había quedado reducido a algo, “algo” indefinible, no había sensaciones, ni dolor, ni placer, ni frío… ni angustia. Trató de pensar, su pensamiento se estaba transformando en una extraña percepción comprensiva total y saliente de la esencia de todo lo que le rodeaba. Después… movimiento como si estuviera a punto de iniciar un camino muy largo… infinito.

Santos Díaz Beltrán
No. 61, Octubre-Noviembre 1973
Tomo X – Año X
Pág. 209

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