Del oficio

Aquel colega recomendaba utilizar la palabra “policía” en lugares estratégicos del texto, como un ingrediente de preocupación en la lectura.

Roberto Ramos Trujillo
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 252

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Juicio erroneo

—Eres muy pequeña. No servirás.

—¿Cómo que no? Si para eso nací; para iluminar.

—Sí, pero vas a estar de sobra, porque nadie te notará.

—¡Eso es ridículo! Todas las estrellas servimos.

—Lo siento.

—¡No! ¡Por favor!

—No has sido la única.

Un hilo de luz se desplazó desde el cielo al horizonte en una aterradora caída sin rumbo. Y en su largo, triste trayecto, se pudo escuchar:

—¡Mira, papá! ¡Una estrella fugaz!

Alex Slucki
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 341

Confesión del hombre lobo

No es divertido ser un hombre lobo, no sé si haya más, pero yo no me divierto en lo absoluto. Es muy difícil acostumbrarse a la idea de que algunas noches salgo corriendo desnudo por las calles.

Es insólito pensar que violo mujeres descobijadas, acostadas en el pavimento, sucias por el lodo de las avenidas que es tan difícil de quitar, de la misma tierra de la que yo me embarro.

No es divertido el crujir de los huesos, el formidable golpetear de la sangre en las muñecas ni el espasmódico latir del corazón.

Es ingrato estar enamorado de la luna, y sentir que por su desprecio le salen a uno barbas y pelos hasta detrás de las rodillas. Es triste cantarle sin que responda, y el cantar se hace aullido de dolor, y se levanta la pata reprochándole su brillo, su redondez y su distancia, su tersura, su olor y su imagen.

Y dan ganas de sacar los colmillos y herir al que se atraviese y sentir su sangre en la lengua salpicando los ojos, hundiendo el hocico en su vientre, en el de la incauta inoportuna que viene a estorbar nuestro dolor de soledad.

Es triste estar enamorado de la luna, llorar de soledad, violar mujeres descobijadas y sentir la sangre viva correr por nuestras greñas, el frio del cemento en nuestras plantas, el arrastrar de nuestras garras, el olfatear de nuestra nariz.

Aún no me acostumbro a la oscuridad nocturna, los ojos se me irritan mientras la luna observa guardando las distancias, quisiera bajarla y arrastrarla en el lodo como lo hago con las descobijadas. Morderle su redondez blanca y sangrarla a ella como ya lo he hecho con mis propias entrañas, y sacarle las tripas y desmenuzarla con mis propias patas.

No es divertido ser un hombre lobo, sí, pero es inevitable.

Ricardo Muñoz Guevara
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 340

Sólo dibujos

A veces, los domingos son muy aburridos para un niño de siete años.

En el cuarto de Piero había una mesita toda cubierta de lápices de colores y hojas de papel. Piero cerró los ojos y tomó un lápiz. Entonces miró: era de color negro. Pero “¿qué es negro?”, se preguntó Piero.

Claro: una araña. Dibujó con mucho cuidado una arañita. Pero pasó algo muy raro: las patas de la araña se movieron muy lentamente, como si estuviera desperezándose, y ella empezó a corretear por la hoja de papel. Piero tomó un lápiz verde y en una esquina dibujó una lagartija. La lagartija cobró vida y devoró a la arañita. Piero sonrió.

—Piero… ¿qué estás haciendo? —preguntó mamá desde la cocina.

—Nada, mami —dijo Piero mientras dibujaba un elefante en la pared.

 

Virginia del Río
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 327

El espectador

Muchos ojos lo miraban, la gente hablaba de él; por fin, por primera vez en su vida dejaba de ser aquel hombrecillo insignificante, ya no era el simple espectador, se había convertido en el personaje central de ese día, en el tema de los comentarios, en el actor principal… La emoción lo inmovilizaba, trató de sonreír y no pudo… Tampoco notó el movimiento, cuando unos hombres lo levantaron y lo colocaron en el féretro.

Luis Quijano Rivera
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 323

La máquina desintegradora

Un anciano corre por la acera de la calle, su mirada, que de lejos no ve, lanza desde la distancia un agudo deseo de llegar. Los que estamos en la fila lo miramos sin participar en lo más mínimo de sus emociones. El anciano es sólo eso, un estorbo más que podría estar en la fila, adelante o tras de mí, esperando como todos. El sentiría lo mismo si se encontrara en esta situación y mirara correr a un niño hacia acá. Lo aseguro.

El vejestorio tarda en llegar, su desesperación va en aumento a cada débil zancada. Por el otro extremo de la calle una señora apurada le gana el lugar y se convierte en una vértebra más de la serpiente humana que formamos, en espera, para ser desintegrados bajo la promesa cósmica de ser reinstituidos en otro mundo mejor. Ya los primeros botones rojos han sido oprimidos, se deja sentir el calor sofocante y húmedo que desprenden las máquinas. Los robots que habrán de conducirnos a la sala desintegradora vienen en camino.
Escucho súbitamente una voz exasperada que me dice: ¡Joven, joven! ¿Cuánto de tortillas?

Rubén Alvarado
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 319

El retorno

A Homero Sánchez, veterano de Viet
Nam que, ahora ciego vende “Cocas”
a la puerta de un “bule” Neoyorkyno.

Y ella —tu mujer—, antes de que te sientes a la mesa te anticipaba que no habrá cena porque se acabó el gas y el pinche gasero no pasó en toda la mañana, así que tendrás que llevar a toda la familia a cenar a “El escondite de Ulises”, la mejor y más intelectual taquería del barrio para que los niños —y tú también, pues no es cosa de que luego de un día de super chinga te acuestes sin cenar— coman unos tacos de carnitas, acompañados de su respectivo y obligado refresco embotellado (agua fresca no, por aquello de la tifoidea)…

Y mientras la familia se prepara para salir, tú piensas: “Carajo: esta Penélope de seguro estuvo tejiendo toda la mañana su pinche tapetito ese y no se dio cuenta cuando pasó el mula gasero… Esto se lo voy a descontar del gasto…” Y después de hacer un cálculo más o menos que no afecte tu presupuesto, furiosamente le das una patada a Argos, tu pulguiento perro lanudo que, fiel a su espejo diario, chilla y mueve la cola, agradecido de tu vuelta al hogar…

Ricardo Fuentes Zapata
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 318

El manco de Lepanto

Era siete de octubre de mil quinientos setenta y uno. En pleno mar Mediterráneo luchaban dos armadas: la turca de Mehemet Sirico, contra la europea capitaneada por Juan de Austria. Musulmanes contra venecianos, pontificios y españoles.

Frente a frente, se encontraban un soldado turco con un español. De un arcabuzazo, el turco le destrozó la mano izquierda al español.
Sin el menor gesto de rencor, el español dijo: Gracias; y con la mano derecha se puso a escribir el Quijote.

José Barnoya
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 311

Cierta mañana

Mamá levantó la almohada. Un caballito de azúcar se ocultó bajo las sábanas. Suspiró fastidiada y de un manotazo arrancó la sábana. Sí. Ahí estaban: mariposas de papel, caballos alados, peces de colores, pequeños elefantes verdes, flores de cristal, insectos metálicos.
Mamá ladeó la cabeza, puso las manos en la cintura y un coraje viejo le fue iluminando la mirada.

—Gabriel —gritó de repente—, Gabriel, escuincle del demonio, ¡otra vez soñando con los ojos abiertos!

Virginia del Río
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 310

Cábala

Nunca he creído en la superstición, pero, cuando murió mi madre, vi siete mariposas negras en mi sueño, exactamente siete días antes que ella muriera. Lo mismo ocurrió con papá y con mi hermano Alberto.
Ahora, vivo solo en casa y hace siete días que no puedo dormir.

Tomás García Cerezo
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 307

Falla imposible

Obsesivamente se obligaba a ser puntual, muy puntual en todas sus tareas. Cumplía sus compromisos con el mismo rigor durante las veinticuatro horas. Tan exacto era, que al llegar a su última cita un minuto tarde, tuvo que atrasar su reloj sesenta y un segundos, para morir a tiempo.

Gonzalo J. González Calzada
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 301

Visita al psicoanalista

Me encuentro recostado, sin quererlo, en un sofá, analizando las grietas del techo y formando figuras con ellas. Admiro, a través del ventanal, las nubes que flotan. Me asombro de su intensa blancura que contrasta con el claro azul del cielo. ¿Por qué se mueven tan rápido si en el consultorio el tiempo transcurre tan lentamente?

Desganado, adormecido, el psicoanalista interrumpe mis pensamientos con un forzoso: “¿En qué piensas?”

¡Odio la intromisión! Considero que pierde su tiempo con mi caso y que está consciente de ello.

¿Cómo explicarle que he encontrado una gallina en el techo?

Silencio. Prefiero no responder, sino crear figuras con las grietas del techo gris. Es divertido: además de la gallina, su polluelo, un borrego, un papalote…

Sin darme cuenta, grito. Emito un alarido, largo, estridente, insoportable, agudo… interminable. Me incorporo estupefacto.

El psicoanalista se despabila rápidamente. No sale de su asombro cuando mira, perplejo, como del techo se desprenden la gallina, su polluelo, el borrego, un papalote…

María Luisa Pérez Tovar
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 297

Hechicería

El día que descubrí el primer trébol de cuatro hojas tuve la premonición de que mi destino iba a cambiar, pero cuando el jardín se llenó de ellos y los encontraba en todas partes, en la banqueta, en Chapultepec y hasta en las yerbas de guisar, tuve la certeza de mi buena fortuna, sobre todo, cuando después de la toma de posesión del nuevo gobierno, aquel secretario de Estado que fue compañero de parrandas de mi marido, se comenzó a portar con él como un verdadero mago, a tal grado, que casi sin darnos cuenta nos convertimos en nuevos ricos.

Se usaba en aquellos tiempos presumir de suntuoso abolengo, y para demostrarlo se arreglaban las casas con muebles antiguos, que los dueños aseguraban ser heredados, aunque quién sabe. Nosotros poseíamos algunos, no precisamente por su autenticidad, sino por habernos comprado en La Lagunilla antes de que se pusieran de moda. Naturalmente que eran insuficientes para amueblar la mansión que en escasos meses adquirimos. Buscando aquí y allá, encontramos una parienta deseosa de deshacerse de lo que ella llamaba vejestorios, y entre otras cosas adquirimos una recámara que mi marido insistió en colocar en nuestro cuarto. Yo, que soy sentimental hasta la cursilería, tuve un ataque de nervios, pues no quería separarme de la que él me regaló al casarnos.

Probablemente debido a la tensión nerviosa comencé a sentir una especie de cansancio matutino y a tener por la noche pesadillas muy raras, en las que siempre aparecían salones enormes muy elegantes, y chicas vestidas como en la época porfiriana, ellas y yo cantábamos y bailábamos con señores apuestos unos y otros horrorosos, pero siempre tratando de quedar bien con nosotras; además se servirán bebidas, y yo que no tomo ni una, no por virtud, sino porque sencillamente me caen mal, brindaba muy a gusto hasta el amanecer. Lo que pasaba después no quiero ni contarlo, ya que en el desbarajuste de la alucinación llegué a engañar a mi marido.

Una noche me sentí paranoica, pues sucedió algo increíble: estando totalmente despierta sentí llegar a mi esposo que, como siempre, no encendió la luz y al poco tiempo estuvo a mi lado. Momentos después sonó el teléfono y escuché con asombro su voz al otro extremo de la línea. Bueno, ¡con un demonio!, entonces ¿con quién estaba yo acostada?

Alarmada consulté al médico que me recetó pastillas tranquilizantes, suprimí el café, me hice hacer unas limpias, y por fin visité a una cartomanciana, que después de tender la baraja sobre una mesa señaló la sota de espadas, asegurándome que vendría de fuera una mujer, ni blanca ni morena, ni alta ni baja, ni vieja ni joven, pero que seguramente resolvería mi problema.

Efectivamente, unos días más tarde llegó a visitarme la persona que nos vendió los muebles y que presentaba las características descritas por la cartomanciana. Siendo de toda mi confianza, le platiqué la triste historia de mi vergüenza y la preocupación por mi salud mental.

Apenadísima me reveló haber experimentado las mismas vivencias que yo, desapareciendo éstas al cederme la recámara, de la cual acababa de enterarse, que había pertenecido a una casa de chicas fáciles, allá por los años anteriores a la revolución. No cabía la menor duda, aquello era un hechizo ¿Cómo explicarlo? ¿Vuelta al pasado? ¿se impregnarían los muebles con las vibraciones de aquellas gentes? ¿Qué misterio ocultaba? Fuera lo que fuera y aunque casi me cuesta el divorcio, malbaraté la recámara. Sin embargo, no quiero ser hipócrita. A veces me arrepiento. ¡Pasé tan bien aquellas noches!

Aurora Argudín Pavón
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 295

El toque de oro

La noticia subía y bajaba por los caminos, entraba en casas y tabernas, ora en un murmullo, ora a viva voz, uniformando las caras en una mueca de admiración e incredulidad. Las manos que transformaban lo que tocaban en oro era el tema que como buen vino llenaba las bocas de guerreros, sacerdotes, nobles, mendigos. A lo lejos, en los jardines reales, todo había cambiado de color. Olivos, rosales, fuentes, columnas, carruajes, todo resplandecía a la luz del mediodía, cual si fuera un pedazo de sol incrustado en el amplio valle.

Sin embargo, en el palacio había gran preocupación. Por primera vez en muchos años, el rey se había demorado en bajar a comer. Fue entonces cuando alguien gritó desde los aposentos reales. En un abrir y cerrar de ojos, toda la servidumbre había acudido al lugar. La multitud se congregaba alrededor de la estatua, mezclando risas y expresiones de asombro. Delante de un bacín se encontraba una réplica perfecta del rey, toda dorada, con las ropas caídas a la altura de las rodillas. Las manos de oro, sostenían un pene también de oro, del cual escurría una última gota de orina.

Carlos d´Arbel
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 274