El otro diablo

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Frente a unas vidrieras de Cassinelli había un niño de unos seis años y una niña de siete; bien vestidos, hablaban de Dios y del pecado. Me detuve tras ellos. La niña, tal vez católica, sólo consideraba pecado mentir a Dios. El niño, quizá protestante, preguntaba empecinado qué era entonces mentir a los hombres o robar. “También un enorme pecado —dijo la niña—, pero no el más grande; para los pecados contra los hombres tenemos la confesión. Si confieso, aparece el ángel a mis espaldas; porque si peco aparece el diablo, sólo que no se le ve.” Y la niña, cansada de tanta seriedad, se volvió y dijo en broma:

“¿Ves? No hay nadie detrás de mí.” El niño se volvió a su vez y me vio. “¿Ves? —dijo sin importarle que yo lo oyera—, detrás de mí está el diablo.” “Ya lo veo —dijo la niña—, pero no me refiero a ese.”

Franz Kafka, en La Muralla China
No. 1, Mayo 1964
Tomo I – Año I
Pág. 64

Franz Kafka
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 539

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La mala memoria

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Me contaron hace tiempo una historia muy estúpida, sombría y conmovedora. Un señor se presenta un día en un hotel y pide una habitación. Le dan la número 35. al bajar, minutos después, deja la llave en la administración y dice:

—Excúseme, soy un hombre de muy poca memoria. Si me lo permite, cada vez que regrese le diré mi nombre: el señor Delouit, y entonces usted me repetirá en número de mi habitación.

—Muy bien, señor.

A poco, el hombre vuelve, abre la puerta de la oficina:

—El señor Delouit.

—Es el número 35.

—Gracias.

Un minuto después, un hombre extraordinariamente agitado, con el traje cubierto de barro, ensangrentando y casi sin aspecto humano, entra en la administración del hotel y dice al empleado:

—El señor Delouit.

—¿Cómo? ¿El señor Delouit? A otro con ese cuento. El señor Delouit acaba de subir.

—Perdón, soy yo… Acabo de caer por la ventana. ¿Quiere hacer el favor de decirme el número de mi habitación?

André Bretón, Nadja
No. 02, Junio 1964
Tomo I – Año I
Pág. 21

André Breton
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 533

El inmovilismo matemático y sus impugnadores

El pensar que dos y dos son cuatro y que no pueden ser tres ni cinco, ha lacerado el corazón humano durante mucho tiempo y, probablemente, seguirá lacerándolo mucho tiempo más. —Housman

Fue un revolucionario, un verdadero innovador, un inconforme. Impugnó el inmovilismo matemático y eso fue su ruina. Simple y sencillamente no podía aceptar que dos más dos fueran siempre cuatro.

Por eso fue acusado, juzgado y condenado. Murió miserablemente, olvidado y amargado.

Ahora, después de tantos años de su muerte, ha surgido un movimiento que pretende reivindicar su memoria, su ideal, su obra. Los iniciadores de esta corriente se basan en el hecho de que, si bien no se ha podido demostrar que dos más dos sean cuatro, tampoco hay bases científicas para afirmar lo contrario; de donde deducen que la creencia —tan generalizada— de que dos más dos no son otra cosa que cuatro, proviene de un error histórico, que la costumbre y la pereza mental secular de la humanidad dio como válido y, no de universales o sofisticadas investigaciones como se supondría que fue.

Los razonamientos de los herederos del “anti-inmovilismo matemático” han tomado tal fuerza que, la premisa de que dos más dos son cuatro, aunque todavía ampliamente aceptada, ha dejado de ser una verdad absoluta.

Armando Murao
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 555

Satán


Maestro de los escándalos, Dispensador de los beneficios del crimen, Intendente de los suntuosos pecados y de los grandes vicios, legado sobreadmirable de las falsas zozobras, Soberano de los desprecios, Contador de las humillaciones, Propietario de odios viejos, Esperanza de las virilidades, Angustia de las matrices vacías, Tutor de las estridentes neurosis, Torre de Pomo de las histerias, Vaso ensangrentado de las violaciones.

J. K. Huysmans, en “Allá lejos”
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 550

Trueque

La adolescente volaba. Despegaba sin esfuerzo apenas se tendía en el lecho y allá iba, en la noche, fisgoneando impune a las ventanas del vecindario.

Asistió a peleas y cópulas matrimoniales, reconoció ansiedades de otros impúberes que velaban con los ojos abiertos, y supo, también, de las atenciones —una flor— que cierto señor maduro reiteraba cada noche que ella pasaba frente a su casa.

Al fin entró por el ramo —pimpollos rojos sujetos por un lazo— dando a cambio algo que, lamentó, fueron precisamente sus alas.

Roberto Oscar Perinelli
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 549

Un granito de arena


Franz recorre la gran avenida. Hoy va a encontrarla a Ella, por azar pero definitivamente. Está seguro.

¿No es ésta? ¿Por qué no lo mira? ¿Por qué da esos pasos decisivos que la escamotean a la vuelta de la esquina?

Pero ahora sí la reconoce: es aquella que viene por la vereda de enfrente. Franz atraviesa corriendo la avenida.

No, tampoco era. Vuelve a cruzar, velozmente: teme que aquel señuelo le haya impedido toparse con Ella en la vereda recién abandonada.

A medida que pasan las cuadras, sigue descubriendo mujeres cada vez más parecidas a Ella. La última es casi idéntica, un prenuncio, una certeza de que la próxima será Ella para siempre.

Franz pasa frente a un edificio en construcción. Es un día de viento, y un granito de arena se le entra en un ojo. El dolor le hace cerrar los párpados por un segundo, mientras sigue caminando.

Ya está. Ya pasó.

César Fernández Moreno, de “La vuelta de Franz Moreno”
No. 72, Abril-Junio 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 659

César Fernández Moreno
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 546

La espera

Hace dos milenios vivió un hombre lleno de esperanza, fraternidad y amor.

Predicaba una doctrina extraña; aseguraba ser hijo de Dios y haber nacido para redimir al género humano. Los hombres no lo comprendieron; fue perseguido, hecho prisionero y condenado a muerte. Él prometió quedarse —en cuerpo y sangre— en el pan y vino para ser alimento de cuantos padecieron de hambre y sed.

Los hombres hicieron morir en una cruz a quien se decía Hijo de Dios, el Salvador…

La humanidad espera aún la redención prometida. Aquel hombre es recuerdo —y un poco de fe— en el signo de la cruz, estampas, plegarias y en sabor del pan y el vino. Y clavado de pies y manos espera que entre los hombres a quienes prometieron la redención y lo crucificaron, nazca alguien de buen corazón que se apiade de él y lo redima de su cruento sacrificio que ya dura dos milenios.

Salvador Herrera García
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 543

Del quinto evangelio

Después de que el diablo llevó a Jesús a una altura del desierto y le mostró el fastuoso panorama de los reinos de este mundo, el nazareno quedó admirado de la imprevista ingenuidad de su tentador, que pretendía (como hoy diríamos) apantallarlo con una vulgar ilusión óptica producida por la reflexión total de los rayos luminosos y por la diversas densidades de las capas de aire, y dijo:

—Me decepcionas, pobre diablo. El fenómeno es conocido con el nombre de espejismo. ¿No tienes algún truco mejor, por ventura?

José de la Colina, de “Espejismos”
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 541

José de la Colina
No. 89, Enero-Febrero 1984
Tomo XIV – Año XIV
Pág. 209

De los puertos y algunas de mis obsesiones


Ellos adoran comidas finas. Sus platos son hechos de oro, oro macizo, puro, sus salas son finamente tapizadas y amplias como las de un castillo. Sus mesas están constituidas de viejos jacarandás, servidos cómodamente en pequeños trozos. Sus criados, con modernos vestimentos son entrenados en varias lenguas. Ellos nunca se preocupan con coloraciones partidarias o filosóficas; sus intenciones son puramente gástricas.

Adao Ventura
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 524

Geneología

Yo tuve un abuelo celta y otro romano, casados con cretense y con etrusca. Otro abuelo se hizo matar en Roncesvalles y otro más peleó en las mesnadas del Cid, me tocó verlo muerto y a caballo.

Por lo menos dos abuelos procedían de Jerusalem o de Alejandría y me legaron, junto con algunos más, mi nariz. Una mi abuela fue criada en la corte de Abderramán III, su padre era jardinero y amaba el agua por encima de todas las cosas y también las alcachofas. Como cinco abuelos fueron artesanos y por supuesto comuneros. En cambio mi abuelo francés nunca pudo tomar en serio nada. No más de tres abuelos desembarcaron en la Nueva España y ni tomaron armas, ni vistieron sotana, ni abrieron tienda, pero tampoco se supo de qué vivían. Una abuela se suicidó en España durante “Los desastres de la Guerra”, de Goya.

A ciencia cierta sé que dos abuelos míos, uno en México y otro en España, manejaron con limpieza sus plumas liberales y aunque no la perdieron, se jugaron la piel mientras otro abuelo tenía casas y haciendas y se alumbraba con velas por miedo a la luz eléctrica. A él le debo (gracias, abuelo) la poca libertad universitaria con que cuento.

El último abuelo fue marino, guapo, de mirada profunda. Casó con mi abuela, menuda y nerviosa, a quien reproduzco casi entera,
Como todo buen cristiano, se mezclan en mi sangre los cromosomas de la compasión y la violencia; pero aunque sé ya muchas cosas, de mi herencia no sé nada.

Mireya Cueto
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 513

Coitus non interruptus


Al preguntarle Zeus y Hera a Tiresias quién gozaba más en la cama si el hombre o la mujer, el adivino respondió: “Si las partes del placer se cuentan como diez, corresponden tres veces tres a ellas y una sola a los hombres”. Hera entonces, furiosa, lo cegó convirtiéndolo en mitad hombre y mitad mujer.

Ovidio
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 512

Kitty y sus cosas

Kitty amaba mucho a sus cosas. Amaba su acogedora recámara, a su auto sport rojo y amarillo; también a su minigrabadora y a su collar de perlas. ¡Amaba más a sus cosas que a la gente! Por eso, sus cosas la empezaron a amar a ella.

A veces, las sábanas —que la querían tanto— no la dejaban levantarse. Se le pegaban al cuerpo, se le enredaban en las piernas, en la cintura, en los brazos. Otras ocasiones era el auto que no la quería soltar: el volante se le enredaba en las muñecas o el pedal la atrapaba de un tobillo. O la grabadora no quería dejar de reproducir su voz, aunque le sacara la pila.

De estos y de otros incidentes salió bien librada; hasta le divertían. Pero anoche acariciaba embelesada su hermoso collar de perlas y se lo colocó suavemente sobre el cuello. Y el collar —que la amaba tanto a su dueña— en un estremecimiento de júbilo, la degolló.

Amos Bustos Torres
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 509

De algunas de las manías de un rico mercader de Menphis


El mercader poseía una variada colección de caballos, esos caballos fueron adquiridos con las más duras penas, unos eran todavía procedencia legítima del apocalipsis, esos, por ser los más antiguos, eran alimentados por pequeños cuerpos de ángeles, los expulsados de la tierra, los caballos más nuevos descendían en linaje directo de los viejísimos rayes de la babilonia, esos eran tratados con suculentas sopas extraídas de los residuos de los complicados alfabetos de las lenguas extinguidas. Tales animales tuvieron sus razas destruidas por las guerras, por eso, el mercader los preservaba en lujosos palacios dotados de acústicas especiales, capaces de guardar, bajo registro, sus mínimos gestos amorosos.

Adao Ventura
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 507

Pregunta

Un hombre preguntó a una escritora:

—¿Qué sentía cuando escribió su novela?

—Que dejaba de ser animal: las letras me convertían en persona— respondió.

La policía no se explica cómo es que dentro de las pupilas del muerto un animal los mira sonriente.

Antonia Mora
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 505

Cuando se gastó mi nombre

En mi aldea natal me llamaban Don Ramón. Nombre inseparable de todo lo que mi padre, don José, hizo y heredó. Me decían Ramoncito, el del juez, Ramón el piadoso, Ramón el del caserón, Mi padre no fue nunca juez de ley. Pero su enraizamiento en la región —en la misma casa nació mi bisabuelo— le hizo poseedor de las virtudes de hombre serio, abogado en las discordias y patriarca regional.

Cada vez que se pronunciaba mi nombre rebullían el sedimento secular de los Garrido, siempre vivos, inconmovibles y dinámicos. En mi nombre se apilaban las virtudes de mis antepasados, lo que se intensificaba a medida que pasaba el tiempo. Nunca se me ocurrió preguntar: “¿Por qué tienes nombre tú?”

En mi pueblo no había documentos. Si alguno existía, no sabía nadie donde estaba. Dominaba la ley del hombre y la palabra. Por sus tribunales corría, siempre la misma y siempre nueva, la sentencia de los antepasados.

Llegada la media noche, el pueblo no se dormía. A esa hora se multiplicaban las consultas. Muchas personas llegaban hasta mi lecho para darse mayor importancia y misterio. “El asunto le es de mucha gravedad”, don Ramón, musitaba el señor Tupino. “Ponga los chichos en el fallado, que le andan tratando de averiguar si paga la contribución. Le vienen muy hambrientos y van a sacar de donde puedan”.

Más, ¿qué habría de temer don Ramón Garrido? Bastaría mi nombre para cualquier fiscal que se atreviera a llegar a mi casa. Alguno de ellos habría conocido sin duda a mi abuelo, hombre de mucho bien. Y el jefe de la comitiva pronunciaría su sentencia: “Don Ramón, usté lo pase bien”.

Los habitantes del sector desaparecieron como frutas del otoño. Se extinguieron unos como violetas que sucumben ante el primer rayo del sol de estío. Se refugiaron otros en la ciudad adheridos extrínsecamente a los que se agrupan bajo la protección de la jaula urbana. No quise ver mi pueblo desvencijado. Nadie pronunciaría mi nombre. Emigré a U.S.A. y se me llamó 875-74-1234.

Rosendo Díaz Peterson
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 504

El soñador

Esa noche Luciano El soñador había tenido un sueño extraordinario: de un humilde y sencillo campesino se había convertido, de la noche a la mañana, en un poderoso terrateniente y dueño de lujosas mansiones con todos los servicios y adelantos de las comunidades ultramodernas.
Pero en la mañana se despertó desilusionado, con la cara desencajada y un rictus de pesadumbre. Advirtió, además, que durante el sueño no sólo había perdido sus riquezas, sino que también había sido golpeado salvaje y misteriosamente en los costados. Tenso de rabia, dolor y venganza, se dirigió hacia los umbrales de la noche en busca de los autores de la felonía. Cuando encontró a Morfeo e informó a gritos acerca de la infamia que había sido objeto, éste, con su acostumbrada displicencia, notificó a Luciano que un grupo de unicornios lo habían arrojado a coces del reino de los sueños por intentos de invasión a inmensas propiedades privadas.

Pablo Santillán Ledesma
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 499

La pareja

Hacía veinte años que la pareja, enamorada locamente, se miraba sin parpadeo alguno. Ellos no podían explicarse por qué el tiempo no los envejecía. Tampoco se explicaban el porqué nunca se habían dolido de los ojos. ¡Caramba! Es algo normal. Nos sucede a todos.
Aún no se daban cuenta que eran personajes de una foto.

Waldemar Noh Tzec
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 497

Posesión

Hoy he dejado completamente libre a ella: esa chica introvertida, acomplejada y prejuiciosa que vive en mí. Siempre deseé que fuese como yo, pero hoy no me he metido en ella. He vagado, he volado, he sido mentira, verdad, principio y final. Me he convertido en la novia de la noche, en amiga de la luna y en amante de la mar. He caminado por la calle y un payaso me ha prestado su disfraz, un enano su cuerpo y un pequeño su candor. He sido la mente de un loco, el instinto de un perro, el latir de un corazón, el llanto de un niño y el interior de un foco. He formado parte del tiempo, del espacio, de la naturaleza, del amor, del viento y del silencio. Fui también un beso, una caricia, fui un átomo y un feto. Me he introducido en la personalidad de un niño, de un viejo, de un vagabundo, de un poeta y de un ebrio. Estuve en la presencia de Dios y fui bondad, en la del diablo y fui maldad. He sido gato, pájaro, flor, papel, poder, ceniza, hechicería y unicornio. Fui experiencia, sueño, pesadilla, fui solamente un demonio.

Anoche sobre mi corazón rodó una gota de sangre; en torno mío se escuchaban miles y miles de campanas, cuyo sonido penetraba en mis oídos casi desgarrándolos. Fue entonces cuando me di cuenta que durante mucho tiempo, la muerte había permanecido cautiva en mi persona.

Isabel Rabadán O.
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 495