Expiaciones

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A través de las cinco regiones de la transmigración —la existencia divina y humana, la región de los espectros, el reino animal y los infiernos— nos llevan las consecuencias de nuestras obras. A los justos, el esplendor paradisíaco los espera. Al impío los guardianes del infierno lo conducen ante el trono del rey Yama; éste le pregunta si nunca vio, durante su permanencia en la tierra, a los cinco mensajeros que envían los dioses para prevenir al hombre; las cinco personificaciones de la debilidad y del dolor humanos; el niño, el viejo, el enfermo, el criminal que expía su pena, el muerto. Por cierto los ha visto. El rey le dice: “Y cuando llegaste a la edad madura no pensaste, oh hombre, en ti mismo; no te dijiste: Yo también padezco el nacimiento, la vejez, la muerte. Quiero hacer el bien por el pensamiento, por las palabras, por los actos”. Pero el hombre responde: “No fui capaz, Señor”. Entonces el rey Yama le dice: “Esas malas obras te pertenecen; no es tu madre quien las ha hecho, ni tu padre, ni tu hermano, ni tu hermana, ni tus amigos ni consejeros, ni la gente de tu sangre, ni los ascetas, ni los brahamanes, ni los dioses. Tú hiciste esas malas obras, tú debes recoger el fruto”. Y los guardianes del infierno lo arrastran al lugar de los suplicios. Lo encadenan con fierros candentes, lo arrojan en lagos de sangre abrasadora, lo torturan sobre montañas de carbones en llamas, y no muere hasta haber expiado la última parcela de su culpa.

Devaduta-Sutta
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 589

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