El entierro

Dos señores hacen un trato amistoso después de escribirse numerosas cartas, de pedirse consejos; después de acudir a centros religiosos importantes en busca de inspiraciones oportunas. Vuelven a intercambiar palmadas en la espalda, cuando llegan a estar de acuerdo en la necesidad de unas cervezas antes de tomar la decisión de quién haría cuál parte en qué momento; por último, aumentan una cláusula que a los dos deja satisfechos y parten hacia la funeraria más cercana llevando las medidas del flaco y bajo de estatura, por ser el más económico.

Cavada la fosa, puesta la caja en lo profundo, el señor de medidas reducidas se introduce, agradece, y recibe un rayo mortal en el centro de la frente. Cerrada la tapa, es arrojada la tierra por el otro, quien permanece boca-abajo encima de la fosa, muriendo mucho después por la falta de alimento, queriendo ser dos o tres flores silvestres y perpetuas para un amigo, a pesar de no estar ese detalle en el trato del entierro.

Emmanuel Robles
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 490

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Nubes

Atrapadas en botellas pequeñas, separadas por densidades, por colores y fragancias, observa de tiempo en tiempo, después de los siglos en que vayas reviviendo; abre cada botella, fijando como separación conveniente el doble de lo que se acostumbra, levantando los corchos con exageradas precauciones, teniendo las dos manos listas, dispuestas a conservar los vapores durante el mayor número de instantes largos.

Al pasar un periodo aceptable, ya en recuerdos borrados la última botella, los corchos reducidos a polvos y piedritas frágiles, recorres con la mirada las palmas abiertas, aceptando que nada llega a tenerse al cerrarlas y todo si se logra conservarlas siempre abiertas.

Emmanuel Robles
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 490

En la fábrica

—Buenas tardes —dije, cerrando la puerta—, vengo en nombre de todo el grupo de trabajadores de la parte norte. Después de muchos años, por fin nos hemos reunido sin que nadie se enterara; sé que es para usted una sorpresa. Hemos burlado sus complicados sistemas de alarma y a todos los vigilantes, y nos hemos reunido ya por dos noches.

¡Cuántos años hace que lo intentábamos!, y alguien encontró la forma. Está usted vencido.

Emmanuel Robles
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 488

Andres, el joven

Andrés paseó de nuevo su mano por la cara, en forma detenida y, luego de asegurarse infinidad de veces al rectificar con ese mismo movimiento, anotó en una hoja el número de arrugas; después se deshizo del papel, decidido a negarse la evidencia: Andrés no aceptó que la ancianidad es una meta intermedia, alcanzada por él desde hacía ya mucho tiempo, y por esa soberbia amó aún más aquella juventud perdida, aquellos tiempos en que las manos supieron encontrar superficies sin arrugas. Podría imaginar todo aquello, podría recordarlo, pero, después de reproducirse mentalmente todas esas escenas, sabría vivirlas de nuevo y no nada más por hacerlas brotar de su memoria.

Él no era un viejo, él burlaría todos los aspectos naturales que así lo mostraban ante sí mismo y ante el mundo; los nombres de las mujeres a las que supo amar en otras épocas, serían de nuevo repetidos, y por supuesto aplicados a mujeres nuevas, tiernas de edad y para él desconocidas. Cerraría los ojos, traería a su mente algo para ser utilizado como clave, y volvería a abrirlos, sin recordar nunca más que había sido, durante algunos días, un viejo despreciable con el vigor viril únicamente en forma de obsesiones.

Así lo hizo: pensó en el movimiento continuo, en sus poderes ilimitados y buscó, siempre, la antigua mecedora de los ritos.

Emmanuel Robles
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 488