El armario

Para Ofelia E. E. E.


El señor Ruque Rulas trabaja en su tallercito. Golpea con un martillo un pequeño clavo. De repente cae el mazo en uno de sus dedos. Sin chistar se levanta y se encamina hacia la casa. Abre la puerta con la mano izquierda —la derecha la trae crispada— y entra. Pasa por la sala donde se encuentra su familia que ve la televisión. Su esposa y su hijo lo miran; ha interrumpido momentáneamente su visión. No dicen nada. Sus ojos están de nuevo puestos en el televisor.

Ruque Rulas sube a su habitación y se dirige al armario. Lo abre y meta la cabeza en él. Da un grito repleto de todo el dolor reprimido y, rápido, lo cierra. Está seguro que no le han oído. “Es —piensa—, un desahogo. La única forma de guardar lo más íntimo de uno mismo sin que los demás se enteren.”

La Sra. Pureza López de Rulas dispuesta a asear la casa, poco después, abre las puertas del armario y, como un alud de piedras de granito, caen encima de ella las mentiras, perversiones, deshonestidades, temores y frustraciones de su marido. Al día siguiente tramita el divorcio.

Raúl Sánchez Pérez
No. 114-115, Abril-Septiembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 153

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