El calendario

La tienda era antigua, de madera oscura, casi vacía. Ahora, en los grandes almacenes la vista se nos llena de colores y de mercancías, pero antes, había un prestigio donde los productos no se nos metían por los ojos, simple y llanamente la gente iba a buscar algo y todo debía estar en perfecto orden para encontrar un bies de color carmesí pálido o un encaje de Holanda de tres centímetros de ancho. Y desde entonces, desde ese entonces, desde ese orden antiguo, parecía que la mujer estaba ahí, de diez a ocho, de diez de la mañana a ocho de la noche, viendo a través de la vidriera, robando una rebanada mínima, pequeña, de cielo por la puerta, que se colaba apenas entre el marco, el poste, el eterno edificio de enfrente y el semáforo.

Se veía tan polvosa como los estantes, sólo era diferente en sus ojos, donde estaba estancado el sueño de salir a la calle y no volver a estar bajo ningún techo, de viajar plenamente en otras calles, en alguna colonia de las que hacía mucho escuchaba. Los domingos parecía que iba a retomar la vida, empezaba a contar el día por el tiempo suficiente para ir al parque o al mercado, y no por veinte pesos vendidos o faltantes en el corte.

Para ella cualquier cambio habría sido un milagro, hasta recargarse en otro sitio, en otro punto de la tienda, no donde la madera estaba lisa y se acomodaba a su brazo, pero nunca había probado a ver otro punto del cielo que el señalado, tal y como se ve en el calendario.

Aurora Mosso M
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 300

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