La pérdida

Una mañana de primavera Jorge vio a las hadas: tenían alitas azules y blancas y en las cabezas minúsculas coronas de rosas aún más pequeñas. Volaban entre los arbustos, se columpiaban en las hortensias múltiples y en las azaleas y reían cuando sus translúcidos vestidos se irisaban salpicados por gotas de rocío.

Atestiguó cómo, a la manera de las abejas y las mariposas, llevaban miel y polen entre los labios delicados e imaginó sus lentos y leves paseos por los arcoiris surgidos en tardes de lluvia. No podía guardar para él solo su descubrimiento y, saltando por la inminencia de su revelación, se acercó:

—¡Papá, las hadas están en el jardín!

El padre lo miró con disgusto.

—Las hadas no existen, ¿cuándo te harás hombre?

Jorge se retiró tratando de no llorar; su madre lo abrazó y le dijo:
—Yo también las vi, eran preciosas.

Pero él, soltándose lentamente, la miró con tristeza porque sabía que ella había mentido.

Lilia Osorio
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 652

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