Noche de suerte

La cenicienta se dirigía a la fiesta de palacio. Estaba nerviosa. El carruaje era elegantísimo y los seis caballos no podían ser más finos. Su vestido de seda hacía juego con el collar de parlas y con el anillo de brillantes. Recordaba que a las doce de la noche volvería a su estado original: una simple calabaza, seis insignificantes ratones y un montón de harapos. Pensativa contempló su tesoro hasta que una sonrisa maliciosa surgió de sus labios: de prisa —ordenó al cochero— vamos al Monte de Piedad.

Jesús Galera Lamadrid
No. 135, Abril-Junio 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 45

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