Justine o el periplo nocturno de la virtud


Golpeada con la mano abierta de la Virtud, entre tus piernas la Naturaleza se inquieta. Virgen de edad razonable. Santuario de mis antiguos placeres. Tu sangre traza rasgos de color azul. Nada en ti es artificio. ¿Por qué, entonces, tus primeros pasos en el mundo son marcados por la desgracia? Nadie envidia tu ausencia en los espectáculos y los paseos al lado de los importantes de la Orden de Citerea. Los placeres de la caridad no son más que goces del orgullo.

El cielo que acaba de castigar tu inocencia se pone al servicio del crimen. ¿Acaso no hay en París diez mil mujeres que darían lo que fuera por encontrarse en tu lugar? ¿Acaso no suele ser mejor aprovechar que gozar la virtud?

La imaginación, presa de miedo, doblega sus rodillas a la menor provocación. ¡Oh, Templo de Venus! Borra de tu cuerpo los vestigios de nuestras crueldades. No pienses que es la belleza de una mujer lo que mejor excita el espíritu del laberinto. Sométete, pues, Justine, y si alguna vez regresas al mundo bajo la forma del más fuerte, no abuses de sus derechos y conocerás los verdaderos placeres de la virtud.

Raúl Barvo F.
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 112

En una caja


Después de un rato se decidió a abrir los ojos, simplemente para descubrir que su situación era la misma. El sudor aún se le escurría por el cuello como hilo de agua, reproduciéndole una insoportable sensación de terror. Y no era para menos; después de todo se encontraba encerrado solo y a oscuras en una caja desde…

Lo ignoraba; ya había perdido toda noción de tiempo.

Se preguntó si toda la gente se sentiría igual llegado el momento. Supuso que no, pues no debía sentirse nada, ¿o sí? Intentó llevarse una mano al cuello para desanudar la ridícula corbata de moño, pero no lo consiguió: su cuerpo comenzaba a ponerse tieso y el espacio le parecía increíblemente reducido.

No había percibido el menor movimiento, hasta entonces. Escuchó voces afuera, en el momento en que la caja empezó a descender. No pudo evitar un vergonzoso sollozo de angustia, y se alegró de que nadie lo hubiera escuchado.

Recuperó la compostura, e intentó gritar, emitiendo un débil gorgoteo que ni él mismo estuvo seguro de escuchar.

Cuando la caja tocó fondo fue como llegar al mismo infierno. Cerró los ojos e intentó rezar lo poco que podía recordar. Todo a su alrededor retumbó de repente.

Se llenaron los ojos de lágrimas, cuando las puertas se abrieron, y el hombre de overol rojo dijo:

—Tranquilo, jefe. El ascensor está reparado.

Mariana Vega
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 108

Clarisse

En la noche después del trabajo, en un cuarto lleno de instrumentos de música, Clarisse se sienta delante del minitel y marca: —Nom: Lis— espera… pronto en la pantalla gris aparecen nombres: Jean, Didier, Docteur, maçon… responde, él escribe con errores ortográficos. Pasa al siguiente. Suena el teléfono. Clarisse tiene hambre. Abre el refrigerador, está lleno de yogures, de queso, de Haut-medocs, Bordeaux ¡Ah!… el eterno comer… la lucha de lo cotidiano. Y hoy en el trabajo rellenar formularios, y esta mañana ir a la psicoterapeuta ¿Cómo se siente Ud. hoy? ¿Sus hijos? ¿Su amante? Una mujer que vive en el norte y trabaja en el Sur, una mujer que sueña con no hacer nada. Estar tendida en una cama, y tener un esclavo negro abanicándola con plumas de pavo real. Y sería lo ideal… y el amante vendría después del trabajo y ella, hermosa, tendida como una odalisca en sábanas de seda, llena de cojines de plumas de oca, y ella graciosa de manos suaves y bellas joyas, y ella de pelo de oro y labios húmedos, con una luz hecha de vapor. Suena el timbre. Es la vecina. Sale al balcón rectangular, lleno de rosas, el conejo no está. Suicidio. Entra en su cuarto, el piso lleno de cagarrutas. Su pintura de labios en el suelo, y la foto del amante debajo del zapato.

Raquel Aponte
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 100

Historia de un diálogo inútil

Un caballero entró en el café atestado. Con gran desasosiego se resignó a cmpartir la mesa que un solitario caballero ocupaba al borde de la plazoleta. El solitario caballero no presentó ningún inconveniente y el caballero se sentó. Y he aquí que ambos caballeros bebían y leían el periódico sin mirarse ni dirigirse una palabra. Pero el caballero tuvo escrúpulos de estar allí sentado sin darle conversación al solitario caballero. En realidad le agradaba estar así, en paz, leyendo su diario y saboreando su café, pero la presencia de otra persona en la misma mesa imponía un silencio molesto, un silencio indeciso, un silencio balanceado, un silencio en vilo que manchaba la serenidad con que leería la prensa y gustaría su café si estuviera solo; pensaba que el solitario caballero pensaba que sería cortés proponer un tema. Entonces vio en el periódico la reseña de un novedoso espectáculo: un hombre, Mercer a sus poderes hipnóticos, hacía que las personas ladrasen como perros, mallasen como gatos, silbasen como peces o se estuvieran tan tiesos como varas de ausubo. El artículo añadía que este hombre mostraba tener también una probada dote telepática, es decir, que leía los pensamientos. El caballero lo consideró todo una farsa y decidió comunicar su escepticismo al solitario caballero, que ocultaba su rostro tras el periódico.

—No sé cómo piense usted, pero yo… —comenzó a decir el caballero.

—Yo tampoco creo en la telepatía —lo interrumpió el solitario caballero, sin asomarse.

Diego Deni
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 99

Azares del destino


Esta historia comienza como comienzan todas las historias. Dicen que eran muy felices desde antes de ser totalmente felices. Sus vidas se encontraron para encontrar el porqué de su vida. Jóvenes los dos, tenían que definir el rumbo de sus destinos jóvenes. Brillantes futuros que hacían brillar los presentes. El uno y el otro se tenían uno a otro. Jamás se habían pedido perdón, porque se sabían de antemano perdonados. Su amor florecía y tendrían una muestra que sólo tardaría unos cuantos meses en florecer.

Nadie podía imaginar que nada más porque sí, él decidió pasar por ese mismo lugar por donde una irresponsable descarga de alta tensión llevaba la preferencia y no respetó nada a su paso.

Sólo quedó el humo desvanecido para recordar que los recuerdos vuelan pero no se convierten en humo.

Así se acaba esta historia.

Hay historias que terminan igual que todas, hay otras que sin motivo y sin razón parece que no terminan. Son el inicio de destinos que se harán historias, que todavía no son, historias sin raíces que nada más porque sí tienen que enraizar, hacerse historias que serán raíces de otros destinos.

A mí todo esto me lo contaron mamá y los abuelos. Yo nací tres meses después de que se acabara la historia.

Gabriela Sáenz Carrillo
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 92

Tiempo de moscas


Huyó directamente al baño. ¡Qué repugnante temporada! Sólo quería un poco de fruta; mango, plátano, lo que fuera, pero el frutero negreaba, la leche poco a poco se ensombrecía y la carne… a la carne no había manera de acercársele. Las moscas tomaban la cocina.

Eran tantas, unas pardas, otras rayadas, aquellas verdosas o con manchas, que no podía más que salir de ahí. Para colmo un grupo de ellas ya se apelmazaba en las ventanas iniciando ritos de cópulas.

Por los mosquiteros agujereados seguían y seguían entrando a bobtones. Huyó al baño, inútil, no encontró alivio ahí.

También volaban sobre el excusado y de sus huevecillos brotaban gusanos blancuzcos.

Cansada, harta, voló hasta el espejo y ahí permaneció paralizada mirando su cuerpo velludo.

Paola Jauffred G.
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 91

Ensayo eterno


Siempre me sucede lo mismo: peino largamente mis cabellos, me maquillo, pinto mis labios, aplico un toque de viveza en mis ojos con rimel negro, mi cuerpo lo rocío con perfume delicado, elijo el mejor y más vistoso de mis vestidos y, por último, las más fina zapatillas… cuando me dispongo a salir, un miedo terrible me impide abrir la puerta.

Una vez más, prefiero quedarme encerrado en casa por temor a que lo sepan.

Anónimo
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 77

El hombre espejo


Hoy he visto pasar, por la acera de una calle apartada, al hombre de vidrio. Caminaba, lustroso y brillante, recogido e infeliz, en medio de una faramalla del barrio que, entre curiosa y fascinada, se acercaba a preguntarle si podía amar. Pedía el hombre de vidrio no acercarse mucho a él porque podría romperse y ellos, cortarse. Tomaba distancia y observaba. Lo vi desde mi asiento en el bus. Estudié su conducta y esto estaba claro: el hombre de vidrio, al tomar distancia, se esfumaba, quería desaparecer, ser eso: un espejo, para que los demás se distrajeran de la pregunta que era una pedrada y sólo se cuidasen de verse reflejados. Observado de cerca, el hombre de vidrio era plano y anguloso, filudo, peligroso, una transparencia, una entelequia, que sólo se cuidaría de ser pasional, temperamental, vital. Descubrir fuego en su interior sería peligroso; esa fuerza, lanzada hacia fuera, podría también quebrarlo. Así que mejor era ladear el cuerpo y ofrecer, como respuesta, el costado en que el cristal fuera espejo, y la luz, imagen de los otros.

Vladimiro Rivas Iturralde
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 75

La otra realidad


Lilia y Roberto cogían todas las tardes. Se metían a los armarios o se escapaban al desván. Lilia y Roberto sudaban y temblaban, pero no por el esfuerzo y la pasión, sino por el miedo. “Juguemos”, decían, y se ocultaban, como si entendieran que copular a cualquier edad —sobre todo a los nueve años—, y más, entre hermanos, está mal visto.

Gustavo Rubén
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 71

La vida y el mundo


Gustó Savonarola de ver que en el mundo (cito en latín porque se entiende bastante bien), “Omnia sunt plena impietate; Omnia sunt plena usuris et latrociniis; Omnia plena blasphemis turpibus et nefandis; Omnia stupris, adulteriis, sodomiis et spurcitiis; Omnia homicidios et invidia; Omnia hypocrisi et falsitate sceleribus et iniquitate redundit”.

Otro día, San Agustín pensó que la vida era “miserable, frágil, incierta, trabajosa, inmunda, señora de los pecadores y reina de los soberbios”.

Quiero pensar del mundo con mayor cariño. Uno se resiste a creer que en el mundo, al lado de tanta maldad, no haya cierta clemencia, cierta dulzura entre los humildes. Estoy convencido de que, la vida es, de cuando en cuando, heroica.

Camilo José Cela
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 63

Piel de silencio o Ulises urbano


Ya han hecho el amor. Ulises lo imagina. Se han bañado. Salieron al trabajo. Están cerca y tomados de la mano. Ulises los mira. Ellos no lo miran. Cada parada del autobús son los ojos de Caronte. Polvo. El silencio extiende sus aromas sobre el tacto, habita los rincones, se enrosca. Ellos felices. Su pobreza lame la herida lacerada del bolsillo. ¡Qué bien acaricia el hambre de su sonrisa! Es más grande este silencio que el verdadero silencio. El motor se detiene y después prosigue interminablemente. Todos llevan un destino. Algún punto. La mañana es demasiado nueva. Ulises se pregunta ¿tendrán felicidumbre? La ansiedad le crece por donde camina la envidia. Ve pasar las viscosidades de un sueño y la bruma de la gente que sube y baja. Ellos no hablan durante el viaje. En Ulises hienden todas las dudas. Llevan la felicidad tatuada en quemante violeta. Su mirada se vuelve viento. Llega a todos los rostros sentados o de pie. Nadie expresa nada. Prisa tal vez. ¿Qué secreto guardan? Incendian el día con los párpados. Aún queda un vestigio lunar sobre la piel.

Los pasajeros son como fracturadas piedras que ruedan. Una mujer desciende sin alterar el paisaje. Lleva el autobús la mitad de su trayecto y el polen del día se levanta. Detrás del borde de la ventanilla cruzan las puertas cerradas de los bancos, los anuncios luminosos que se apagan, las rejas de las escuelas encadenadas: algunas voces rompen la calle.

El autobús se ha detenido aunque se desplaza. Ulises voltea, mira hacia el asiento de la pareja. Poco a poco se disipa hasta quedar inmóvil y perderse definitivamente.

Roger Metri
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 56

Los solitarios

Entré al café y como es habitual miré a mi alrededor. Conté los solitarios, diez, incluyéndome a mí. Conforme pasaba el tiempo empezaron a llegar las personas esperadas, unos se iban, otros venían, pero proporcionalmente la cifra de diez se mantenía.

El bar era un horizonte de humo, difícil de distinguir los rostros. Los cigarrillos, sistemáticamente consumidos, y nuestros fieles recuerdos eran nuestra única compañía.

Yo tenía pánico pero no me iba, siempre a la espera de vaya a saber quién. Cada tanto me hacía ilusión cruzando la mirada con alguien pero mi timidez jugaba en contra haciéndome el que esperaba una cita, mirando sucesivas veces el reloj o bajando la vista en el libro abierto al azar. Se cerraban mis ojos de fatiga, mi estómago de hambre, mi corazón de angustia y mis pensamientos de intoxicaciones. Sin embargo, seguía ahí, estoico, boludamente estoico. En verdad buscaba, como quien dice, un levante pero con técnica poco productiva puesto que era incapaz de tomar la iniciativa.

Rudy Gerdanc
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 51

Sonata


En el jardín donde crecen los ojos aún hay cálidas miradas resistiéndose a aflorar. Será debido al aire que corre por sus tallos, al ciego sol que es su alimento. Acaso al canto que traza entre sombras y raíces la voz taciturna de las moscas.

¿Por qué aquí plantan las muchachas sus pupilas, por qué riega la tarde párpados que germinan sin cesar? Existen todavía, en este mágico refugio, miradas sin dueño que aletean como aves; ojos que, cautelosos, reptan tras de una libélula que los reclame. Pero se han desvanecido las libélulas, y también los niños que refulgen. Nadie más adoptaría un ojo nacido de una semilla extranjera.

Hace meses ya que el estío se desplomó, pálida retina. De allí esa transparencia del césped al reflejarse en los espejos del día. Por eso hay algo de sonata entre la hiedra, un íntimo pestañeo en los posos de la humedad. Nada más plácido que contemplar, de cuando en cuando, a una mariposa secuestrando un iris veraniego y sus colores: nada más terrible que una larva de liz disfrazándose de córnea.

Vibra el estío, candente visión, sobre la tapa del piano que olvidó la primavera entre los setos que no paran de observarse. Satie continúa tocando, sembrando flores y hierba en el viento, a través de las horas; se pregunta si las rosas que pululan en sus teclas son acaso partituras, miradas perdidas por un capricho de la tarde. Aunque es mejor tocar, dejar que los párpados se vuelvan un país de enredaderas.

En el jardín de ojos que es junio, la vista del músico equivale al vuelo de una avispa; al escarabajo que en los túneles de la quietud teje su musgosa sinfonía.

Mauricio Montiel
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 48

Punto de referencia


No es posible acusar a una muchacha honesta que desea casarse de realizar una elección imprudente, ni a una mujer que se extravía a causa de un amante innoble. La una y la otra —¡he aquí nuestra condición desgraciada!—, son igualmente ignorantes. A estas infortunadas víctimas, llamadas muchachas casaderas, les falta una vergonzosa educación: es decir, el conocimiento de los vicios de los hombres. Quisiera que cada una de estas pobrecillas, antes de sufrir el lazo conyugal, pudiera escuchar en un lugar secreto y sin ser vista, la conversación de dos hombres hablando entre sí de las cosas de la vida y, especialmente de mujeres. Después de esta primera y terrible prueba, podrían librarse con menos peligro de los horribles azares del matrimonio, conociendo la fortaleza y la debilidad de sus futuros tiranos.

Charles Baudelaire
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 43

Wells y Einstein


Aquel científico necesitaba saber qué sucedería si en la máquina del tiempo retrocedía al momento en que sus padres estaban por conocerse e impedía la relación.

Llegó a esa época sin mayores dificultades. Un joven llegaba al pueblo en donde el destino le depara una esposa. De inmediato supo quién era. No en balde había visto fotografías del viejo álbum familiar. Lo que hizo a continuación fue relativamente sencillo: convencer a su padre que allí no estaba el futuro, que mejor fuera a una gran ciudad en busca de fortuna. Y para cerciorarse lo acompañó a la estación de ferrocarril. Se despidieron y mientras desde la ventanilla una mano se agitaba, el riguroso investigador sintió cómo poco a poco se desvanecía hasta convertirse en nada.

René Avilés Fabila
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 37

Historia de Z


A mí eso siempre me dio mala espina claro que de ti se puede esperar eso y más para él era casi igual aunque con ella no se cuenta jamás ante nosotros es declarable pero mejor no olvidar que desde nosotras se perdió la confianza en ustedes porque según ellos eso fue hecho por ellas.

Falta que me lo aclaren a mí: de ti es vano esperar respuesta: para él es lo mismo: con ella es pordemás: ante nosotros está confuso: en ustedes hay el mismo problema: según ellos quién sabe: por ellas es como si nada.

Espero que salga de ti eso que según ellos me pasó a mí, no quiero encararme con ella porque eso me obligaría a confiar en ustedes, lo que sería fatal y me harta recomenzar desde nosotras; eso nos llevaría ante nosotros y es verdad que en lo hondo se es capaz de todo por ellas.

Dante Medina
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 35