Perdimos nuestro sol

“Cuando Cem Anahuac fue destruido, vino el acabamiento, quebraron e hicieron añicos a los príncipes y macehualtin; entonces escondimos los libros teñidos, enterramos Dioses y cantares. La antigua palabra, el aliento que está atado, lo que se guarda, lo que está en la petaca de esteras dejó de oírse. Nuestros sacerdotes fueron muertos y sus templos convertidos en cerritos de piedras; ellos mismos se quitaron la vida cuando sus fuerzas no les alcanzaron para impedir que los teules ultrajaran a los Dioses y a los mexicah; luego, los que sobrevivieron se ocultaron, ya no comieron, ya no hablaron, se descarnaron, se secaron, sus huesos se quedaron en las cuevas y en la gran laguna, se sacrificaron para que los Señores del Gran Cielo los perdonan y les concedieron su permiso para llegar al Tlalocan. Quedaron humillados, ya no fueron dignos, la tristeza ya no los dejó, los espíritus malignos se burlaron de ellos, se carcajeaban de sus sufrimientos, hacían mitote con su dolor, se los llevaron a los montes, los desaparecieron en la noche, en la luna trasconejada, los arrastraron a la región de la podredumbre, provocaron su perdición. Los naguales convertidos en animales se los comieron… mucho sufrieron… el macehual no se dio cuenta, no las pudo ayudar. Los ancianos sabios se llevaron el conocimiento, ya no supimos leer el Tonalpohualli, saber del destino, adivinar el tiempo. Las fiestas se olvidaron. Nos persiguieron hasta que nuestro rostro y corazón se perdió, quedamos borrados, como manta vieja y remendada así estamos, ya no se halló la gente en paz, ya no volvió a ser nuestro el día, perdimos nuestro sol, nos quedamos en la región oscura. Fuimos espina y brote, somos ahora flor marchita, solo vivimos para levantar la ciudad de los nuevos Tlatoanis. Nos fuimos como en un gran sueño, nuestra alma voló, se extinguió en el firmamento. Ya no sacrificamos, ya no cantamos, ya no ofrendamos corazones y sangre. Los Dioses nos castigaron y nos cerraron la puerta de los cielos y los tzitzimine, los demonios, nos llevaron al inframundo.

Todo esto pasó en el año Cé Acatl. Desde entonces estamos así, acabados como en plaga”.

Así hablaron nuestros abuelos.

Florencio López Ojeda
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 110

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