Justine o el periplo nocturno de la virtud


Golpeada con la mano abierta de la Virtud, entre tus piernas la Naturaleza se inquieta. Virgen de edad razonable. Santuario de mis antiguos placeres. Tu sangre traza rasgos de color azul. Nada en ti es artificio. ¿Por qué, entonces, tus primeros pasos en el mundo son marcados por la desgracia? Nadie envidia tu ausencia en los espectáculos y los paseos al lado de los importantes de la Orden de Citerea. Los placeres de la caridad no son más que goces del orgullo.

El cielo que acaba de castigar tu inocencia se pone al servicio del crimen. ¿Acaso no hay en París diez mil mujeres que darían lo que fuera por encontrarse en tu lugar? ¿Acaso no suele ser mejor aprovechar que gozar la virtud?

La imaginación, presa de miedo, doblega sus rodillas a la menor provocación. ¡Oh, Templo de Venus! Borra de tu cuerpo los vestigios de nuestras crueldades. No pienses que es la belleza de una mujer lo que mejor excita el espíritu del laberinto. Sométete, pues, Justine, y si alguna vez regresas al mundo bajo la forma del más fuerte, no abuses de sus derechos y conocerás los verdaderos placeres de la virtud.

Raúl Barvo F.
No. 134, Enero-Marzo 1997
Tomo XXIX – Año XXXIII
Pág. 112

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