Cuento

El famoso escritor hojeó su correspondencia: Una carta le comunicaba que pondrían su nombre a un festival, otra que le plagiaron el nombre de su mejor obra, y otra más le decía que se haría otra película rusa de su novela; esta carta mencionaba otra edición pirata de esa novela cumbre y aquella otra que se haría la traducción en el idioma oficial de Biafra, de la totalidad de su obra. Se le notificaba otra vez —la enésima— su excelsitud literaria y que se organizaría otro concurso acerca de su vida y obra.

Halló el escritor famoso una carta distinta: le pedían un cuento breve y le ofrecían quinientos pesos por ese cuento si cupiera en una cuartilla, pero que le pagarían el doble si cupiera en la mitad y el cuádruplo de quinientos si el cuento breve cupiera en la cuarta parte; y así sucesivamente hasta… ¡El millón de pesos si el cuento cupiera u ocupara en una sola palabra…!
El Manco de Lepanto sonrió envanecido y avariento, tomó una hoja y firmó: CERVANTES.

Jorge Fuentes
No. 66, Agosto-Septiembre 1974
Tomo X – Año X
Pág. 762

Anuncios

Una gota de agua

Por ahí leí que un regaderazo de agua fría calma los nervios.

La cabeza me dolía hasta casi estallar, la vista se nublaba y punteaba, los oídos zumbaban, la mano temblaba. Necesitaba ese regaderazo o cualquier ruido me hará gritar y violentarme.

Me metí al baño…

Casi no me desnudé…

Abrí la llave de la regadera… ¡No caía agua!

Sentí estallar con el cuarto y girar sin rumbo y sin velocidad medible.

Reparé en una gota de agua que asomaba de la regadera. La ví enorme, sobre mi cabeza. Vi que aumentaba y aumentaba.

Si cayera sobre mí… ¡Me arrastraría en su caída! ¡Se perdería conmigo en la atarjea!

¡Mis manos  buscarían asirse a cualquier cosa sin asirse a nada, mis pies buscarían la tierra para apoyarse sin apoyarse, mis pulmones buscarían aire para llenarse y se llenarían de agua!

Perdido en oscurísimas cavernas, arrastrado y golpeado, atado, atormentado con corrientes eléctricas; gritando, corriendo, cayéndome y levantándome, viendo a las cosas de enormes tamaños, a los insectos aumentados y yo pequeño e indefenso… si la gota de agua cayera.

Si la gota de agua cae…

¡No debe caer!

Empezaba a aumentar de tamaño, pequeñísimas corrientes de líquido se le unían, pronto no resistiría su peso y caería… sobre mí.

Grité, lloré, corrí hasta toparme y dejar sangrantes las paredes del baño.

No alcanzaba la regadera, alguien la puso muy alta para perderme.

Alguien apretó las llaves y no podía cerrarlas.

La gota se balanceaba.

De mi frente cayeron gotas de sudor.

Me subí sobre mis piernas, después sobre un cajón salido de la nada y… Detuve la gota de agua, mojó mi mano y se perdió en mi brazo… No me arrastró.

Salí aliviado y satisfecho, ya nunca necesitaría un regaderazo de agua fría, solo un cajón o una silla y una gota de agua que disolver cuando sintiera un dolor agudo en el cerebro.

Jorge Fuentes
No. 37, Julio-Agosto 1969
Tomo VI – Año IV
Pág. 519