24— Homenaje a Edmundo Valadés en el blog Ficción Mínima I. José Emilio Pacheco sobre Edmundo Valadés.

Homenaje a Valadés en Ficción Mínima 1

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28NOV

José Emilio Pacheco sobre Edmundo Valadés.

Homenaje a Valadés 1/3

 

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Es un domingo de 1957 o 1958, son muchos domingos de aquellos años, voy por donde había árboles y ahora cruza un eje vial, vamos Carlos Monsiváis y yo por avenida Eugenia o entre las calles de Portales. En su casa de la colonia del Periodista nos espera Edmundo Valadés, va a regalarnos la mañana de su único día de descanso, porque en esta época, entre quién sabe cuántas otras cosas, hace la página de espectáculos de Novedades y publica tres veces por semana “Tertulia literaria”.

 

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Con qué paciencia, con qué atenta generosidad Valadés escuchará los primeros borradores de nuestro aprendizaje interminable. El escritor y los aprendices somos adictos a los cuentos, en primer término a leerlos y en seguida a escribirlos. (Durante muchos años Monsivaís escondió su vocación de cuentista o disfrazó de crónicas sus cuentos, hasta que no le quedó más remedio y publicó al fin su libro, su Nuevo catecismo para indios remisos.) Pero entonces con cuánta delicadeza, con cuánto pudor Valadés me decía: No, fíjese que no, por ahí no va la cosa; el tema da para mucho y ese lenguaje como que no funciona, está muy denso. ¿Por qué no lo guarda un tiempo y después lo relee?

 

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A cambio de talleres literarios había esos encuentros en casas, en cafés, en redacciones; esos diálogos que hace mucho la ciudad y el pluriempleo volvieron imposibles. Fue preciso envejecer, llenarse de trabajos y compromisos y fatigas para darse cuenta de lo que significa dedicar mañanas enteras a dos desconocidos que tal vez sí o tal vez no lleguen un día a ser escritores. Y tener la humildad de leerles —de igual a igual, nada de magisterio— sus propios cuentos, “Rock”, “Las raíces irritadas”, y escuchar sus comentarios. Pero sobre todo pasar de la sala o el jardincito al primer piso invadido, copado por los libros. Y decirles: Miren, ¿ya conocen este de John Hersey? ¿No han leído el de Saroyan? Aquí tiene lord Dunsany un cuento extraordinario. Consíganse en Zaplana el libro de Akutagawa.

 

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Un día sacó de sus estantes un tomito encuadernado: Esta es la revista que hice en 1939 con Horacio Quiñones. Se llamaba El cuento. Espero algún día tener tiempo y dinero para volver a editarla. Cuando menos en esa época las revistas mexicanas publicaban cuentos. Luego vino el auge de la novela y ya casi no hubo dónde meterlos. Por fortuna El cuento reapareció en 1964. A El cuento, que es parte de la obra personal de Edmundo Valadés, se debe en gran medida que hoy, en medio de la crisis de los años ochenta, la narrativa breve mexicana florezca (no encuentro palabra más descriptiva) como nunca, y tantos jóvenes y tantas muchachas sientan la perdurable fascinación del más antiguo y el más nuevo de los géneros.

 

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Edmundo Valadés o la generosidad. Ha dedicado la mayor parte de su tiempo a difundir las obras ajenas, a compartir sus entusiasmos, a tender puentes hacia otras literaturas, a revalorar el pasado y a estimular a los que empiezan. Hay que sumar a sus columnas periodísticas, antes en Novedades, ahora en Excélsior, sus textos críticos sobre Proust —el extenso escritor predilecto de un fanático de la brevedad como Valadés— y, la novela de la Revolución, sus tres inagotables antologías: El libro de la imaginación, Los grandes cuentos del siglo veinte, Los cuentos de El cuento que uno conserva —a mano, para releerlas continuamente— junto a la Antología de la literatura fantástica y Cuentos breves y extraordinarios de Borges y Bioy Casares, o bien las selecciones similares que han hecho en francés Roger Caillois y en inglés Richard G. Hubler y últimamente Irving e Ilana Howe.

 

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Pero en el centro de todo está la obra propia de Valadés. La muerte tiene permiso, que entre 1955 y 1982 ha alcanzado ya diez reediciones, constituye un libro clásico de nuestras letras, al punto de que su extensa difusión ha opacado relativamente las otras dos colecciones: Las dualidades funestas (1966) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980). Algunos cuentos reunidos en estos volúmenes aparecieron previamente en cuadernos de limitada circulación. No es nada más un dato bibliográfico: indica que, por ejemplo, cinco años antes de figurar en Las dualidades funestas, “El compa” se había publicado en Antípoda (1961). Entre la tentativa de Salazar Mallén reprimida por la censura en 1932 y la corriente que José Agustín inicia en 1964,  “El compa” emplea con toda libertad las llamadas malas palabras y se refiere explícitamente a la sexualidad. No es lo mismo publicarlo en 1966 que haberlo hecho en 1961. A este respecto, los ejemplos podrían multiplicarse.

 

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Valadés tiene otra gran producción narrativa que algún día aflorará a la superficie: los reportajes que entre 1938 y 1948, aproximadamente, hizo para la revista Hoy. De ellos se ha recordado hace poco el que narra su viaje a la selva para desentrañar el misterio de dos aviadores perdidos: Barberán y Cóllar. El relato sin ficción fue la escuela que lo enseñó a escribir y a contar. Con este aprendizaje, en el momento en que publicó La muerte tiene permiso estaba en plena posesión de sus medios expresivos.

 

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Le tocó nacer en la generación de Arreola, Revueltas, Rulfo. No se parece a ninguno de los tres y al mismo tiempo hay en él algo de sus contemporáneos, y no podría ser de otro modo. Valadés rompió las falsas fronteras entre narrativa fantástica y realista, literatura urbana o rural. No cedió a ninguna prohibición: ha hecho cuentos magistrales que valen por sí mismos y también se anticipan a bastantes cosas que llegaron después. Le debemos narraciones de infancia y adolescencia, cuadros del holocausto nuclear, vasos comunicantes entre historia y vidas privadas. Y cuentos como los que ha escogido para que lo representen en este cuaderno: del extremo laconismo de “La incrédula” a la intensidad de “Rock”, una de las primeras expresiones de la violencia urbana, pasando por las magistrales “Raíces irritadas”, aquí está Edmundo Valadés contándonos el cuento que no acaba nunca porque narra la crónica de la humanidad en su viaje doliente y gozoso por esta Tierra.


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José Emilio Pacheco Berny

(Ciudad de México, 30 de junio de 1939)

Es un poeta, ensayista, traductor, novelista y cuentista mexicano integrante de la llamada «Generación de los años cincuenta»

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Los niños y el tren

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Atrás de las jaulas se levanta la estación del ferrocarril. Un buen número de niños sube a él, a veces acompañados por sus padres. Suben con regocijo, y cuando el tren comienza su marcha se sobresaltan y luego miran con júbilo la maleza, los bosques, el lago artificial. Lo único singular en este tren es que nunca regresa, y cuando lo hace, los niños que una vez subieron a él son ahora hombres que, como tales, están llenos de miedo y de resentimiento.

José Emilio Pacheco, en EL VIENTO DISTANTE
No. 3, Julio -1964
Tomo I – Año I
Pág. 98

Parque de diversiones

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A mí me encantan los domingos en el parque, puedo ver tantos animalitos que creo que estoy soñando o que voy a volverme loco de tanto gusto y de la alegría de ver siempre cosas tan distintas y fieras que juegan o se hacen el amor y cuidan a sus crías o están siempre a punto de hacerse daño y me divierte ver cómo comen lástima que todos huelan tan mal o mejor dicho hiedan, pues por más que hacen para tener el parque limpio, especialmente los domingos todos los animales apestan a diablos, sin embargo, creo que ellos al vernos se divierten tanto como nosotros por eso me da tanta lástima que estén allí siempre porque su vida debe ser muy tediosa haciendo siempre las mismas cosas para que los otros se rían o les haga daño y no sé cómo hay quienes llegan hasta mi jaula y dicen mira que tigre, no te da miedo, porque aunque no hubiese rejas yo no me movería de aquí ni les haría ningún daño. Pues todos saben que siempre me han dado mucha lástima.

José Emilio Pacheco.
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 591

El asesinato de Lincoln


El 14 de Abril de 1865, en el teatro Ford de Washington, el presidente Lincoln asistía al estreno de una ficción política llamada The Murder of Abraham Lincoln. El escenario del teatro Ford representaba al teatro Ford con todo y plateas, palcoa, foso de la orquesta, y, desde luego, escenario donde se desarrollaba una ficción política llamada The Murder of Abraham Lincoln.

A punto de terminar la obra, el actor John Wilkis Booth, que hacía el papel de John Wilkis Booth, abrió la puerta del palco a la derecha del proscenio y miró a los actores que impresionaban al presidente, a la señora Lincoln, al Mayor Rathbone y a su novia. John Wilkis Booth sacó una pistola marca Derringer y disparó una bala que él supo de salva. El actor que encarnaba a Lincoln se desplomó herido de muerte. John Wilkis Booth se preguntó quién le había hecho esa broma pesada. Trató de huir. Se interpuso el mayor Rathbone. John Wilkis Booth lo hirió con un puñal y salió del palco.

En el Teatro Ford se produjo una confusión total. El público ya estaba muy desconcertado por la obra tan extraña que habían puesto. Abraham Lincoln aprovechó la oportunidad para desaparecer. Quedó en la historia como el emancipador de los esclavos, el hombre que hizo la guerra para liberar a los negros, no por los intereses comerciales del norte industrial contra el sur agrícola.
Ya casi a fines del siglo XIX Lincoln se reía mucho contando esta historia, oculto y viejísimo en su plantación de Fairfax County, Virginia, muy cerca de Washington. Decía que sólo un gobernante asesinado puede preservar su gloria y que si es posible impugnar su genio político nadie nunca podría —si lo supiera— restarle méritos como dramaturgo y director escénico.

José Emilio Pacheco.
No. 116, Octubre – Diciembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 388

Las metamorfosis


Pigmalión, gran escultor de Chipre, creo una estatua más bella que todas las mujeres y todas las obras de arte. La llamó Galatea. Apasionado, la besaba y acariciaba. Galatea no respondía a su creador. En su desesperación Pigmalión rogó a Venus que le diera vida a la estatua. Galatea al fin cedió a sus caricias. Durante unos meses todo fue pasión y placer. Luego empezó la discordia. Llegaron los celos, el egoísmo, los rencores. Pigmalión y Galatea acabaron por separarse. Ahora se odian y cuando se encuentran en algún lado no se dirigen la palabra.

José Emilio Pacheco
No. 116, Octubre – Diciembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 363

Orillas del Escamandro


Atravesaron en hondas naves el mar. Desembarcaron a orillas del Escamandro y durante diez años mantuvieron el sitio de la ciudad. Tras miles de combates y muertes penetraron en Troya mediante un ardid y la tomaron a sangre y fuego. Buscaron por todas partes a Helena. Al no encontrarla comprendieron que la causante de la guerra sólo había existido en la imaginación de un poeta ciego.

José Emilio Pacheco
No. 116, Octubre – Diciembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 355

Mutaciones


En el centro de la ciudad se levanta una estatua que cambia de forma. Por las noches representa a Diana, en el día asume la figura de Apolo. Si viste los atributos de Marte anuncia la guerra —tan claro y obvio es su simbolismo. Nadie se atreve a contemplarla más de un segundo, pues si ve en ella la imagen de Thánatos sabe que en pocas horas encontrará la muerte.

Quizá la estatua sólo existe en la imaginación de quienes creen verla. Pero hay fotografías de sus innumerables mutaciones. En otros tiempos hubo quienes osaron tocarla y, antes de morir, nos legaron su testimonio. Sea como fuere la estatua plural obsesiona a los habitantes de la ciudad. El rey quiso demolerla. El Concejo de Ancianos vetó la orden ya que, de acuerdo con la leyenda, cuando la estatua sea destruida se va a acabar el mundo.

José Emilio Pacheco
No. 116, Octubre – Diciembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 349

El fugitivo


Alzó un castillo inexpugnable, rodeado de puentes levadizos y fosos que se erizaban de púas. Estableció una guardia permanente en las almenas. Llenó los aljibes y atestó de provisiones las bodegas. Y cuando al fin se creyó libre del miedo, vio que el castillo encerraba todas las cosas de las que había pretendido escapar. Sus cortesanos y sus guardias eran en realidad sus carceleros y sus torturadores.

José Emilio Pacheco
No. 116, Octubre – Diciembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 342

José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco Berny

(Ciudad de México, 30 de junio de 1939)

Es un poeta, ensayista, traductor, novelista y cuentista mexicano integrante de la llamada «Generación de los años cincuenta», junto a Carlos Monsiváis, Eduardo Lizalde, Sergio Pitol, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero, Juan García Ponce, Sergio Galindo y Salvador Elizondo.

De gran humanidad, simpatía y modestia, junto con una portentosa erudición, fue reconocido como hombre de letras desde muy joven. En la década de los cincuenta ya figuraba en antologías al lado de los grandes poetas latinoamericanos. Estudió en La Universidad Nacional Autónoma de México, donde inició sus actividades literarias en la revista Medio Siglo; tradujo del inglés y publicó libros de lírica y narrativa; también trabajó dirigiendo y editando colecciones bibliográficas y diversas publicaciones y suplementos culturales. Al lado de Carlos Monsiváis, compartió la dirección del suplemento de la revista Estaciones; fue secretario de redacción de la Revista de la Universidad de México y de México en la Cultura, suplemento de Novedades, y fue jefe de redacción de La Cultura en México, suplemento de Siempre!. Dirigió la colección Biblioteca del Estudiante Universitario publicada porla UNAM, que reúne obras literarias desde el pasado prehispánico al México contemporáneo. Es especialista en Literatura mexicana del siglo XIX, así como profundo conocedor de la obra de Jorge Luis Borges, en cuyo honor dictó una serie de conferencias en 1999. Fue investigador del Centro de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) desde hace décadas y ha sido profesor enla Universidad Nacional Autónoma de México, enla Universidad de Maryland (College Park), enla Universidad de Essex y en algunas otras de Estados Unidos, Canadá, y Reino Unido.

Entre otros galardones ha recibido el Premio Cervantes (2009); el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009); el José Donoso (2001); el Octavio Paz (2003); el Pablo Neruda (2004); el Ramón López Velarde (2003); el Premio Internacional Alfonso Reyes (2004); el José Asunción Silva (1996); el Xavier Villaurrutia (1973); el García Lorca (2005) y el Premio Alfonso Reyes otorgado por El Colegio de México (2011).

En la actualidad José Emilio Pacheco es una figura central de la literatura mexicana y miembro del El Colegio Nacional desde 1986; ingresó en éste con la lectura de su ensayo A ciento cincuenta años de la Academia de Letrán. Desde 1994 es creador emérito del Sistema Nacional de Creadores Artísticos (SNCA). Fue nombrado miembro honorario dela Academia Mexicana dela Lengua en mayo de 2006.

Su estilo es conversacional y coloquial, claro y antirretórico; su gran tema es el tiempo: cada poema suyo analiza imaginativamente un elemento que forma la corriente de lo cotidiano; asumiendo valores humanos éticos y sociales, otras veces reflexiona sobre el propio papel de la poesía. Como afirmó Carlos Monsiváis, en su obra domina:

La pasión por la metáfora, la concentración en unas cuantas líneas de un relato casi siempre pesaroso, el gusto por los relatos inesperados, el despliegue del poder de síntesis, el ejercicio múltiple de la metáfora, el juego de analogías como espejos de la devastación, la alabanza jubilosa del paisaje. En poesía, ajusta sus dones melancólicos, su pesimismo que es resistencia al autoengaño, su fijación del sitio de la crueldad en el mundo, su poderío aforístico.

La mayoría de sus títulos poéticos están recogidos en el libro Tarde o temprano (Poemas 1958 – 2000) (México: FCE, 2000), que reúne sus primeros seis libros de poemas: Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces, a los que han seguido Los trabajos del mar, Miro la tierra, Ciudad de la memoria y un volumen de versiones poéticas: Aproximaciones. Es autor de dos novelas, Morirás lejos y Las batallas en el desierto, y de tres libros de cuentos: La sangre de Medusa, El viento distante y El principio del placer. Es notoria su labor literaria, periodística, historiográfica y política. Junto a Octavio Paz, Alí Chumacero y Homero Aridjis, compiló la antología Poesía en movimiento. Como traductor se le deben en especial versiones de Cuatro cuartetos, de T. S. Eliot, de Cómo es (Samuel Beckett), Un tranvía llamado deseo (Tennessee Williams), Vidas imaginarias (Marcel Schwob) y De profundis (Óscar Wilde). Ha editado la Antología del Modernismo y obras de autores como Federico Gamboa y Salvador Novo.

Su poema Alta traición es quizá el más célebre entre la juventud mexicana. En su obra narrativa transfigura el mundo infantil y adolescente en el escenario cada vez más ruinoso de la ciudad de México (El viento distante y otros relatos (1963), principio del placer (1972), Las batallas en el desierto (1981)… En Morirás lejos (1967) trata sobre distintas épocas de persecución (nazismo, guerra romana contra los judíos).

El 21 de abril de 2010 deja una serie de objetos en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes para que se abran 100 años después, en 2110.[1]

 

Un cuento


La gente miraba primero con curiosidad, luego con asombro, más tarde con burla, por último con desprecio. Hasta que él no resistió ya y mientras esperaba su coche en el estacionamiento y un grupo de doce personas se reunía en torno suyo, gritó —¿Qué me ven?— e iba a añadir el consabido y ya bastante anacrónico: “¿Tengo monos en la cara?”, cuando se volvió hacia el espejo de la florería y los descubrió: unos metiéndose en sus cejas, otros trepando con la cola en ristre por su nariz, algunos más sentados con expresión ausente entre sus bigotes.

José Emilio Pacheco
No. 49, Octubre-Noviembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 385