Aníbal Lenis

Aníbal Lenis

Aníbal Lenis Bermúdez

Es un risaraldense de 62 años de edad que ha dedicado su vida profesional a desempeñarse como sicólogo escolar, actualmente está vinculado a la institución educativa Inem Jorge Isaac de Cali y allí pacientemente escucha a los estudiantes con el fin de asesorarlos en sus problemas personales y en las distintas inquietudes que estos jóvenes tienen ante los retos de su vida personal y académica.

Para Aníbal ser docente, y en especial ser sicólogo escolar y coordinador, le representa estar pensando de manera permanente cómo promover en los niños y jóvenes el desarrollo de potencialidades que les permitan descubrirse como personas capaces de desempeñarse en un mundo global. “Para mi ser educador es responder a un desafío ético, es poder encontrar la respuesta a una pregunta que creo tenemos todas las personas que cumplimos el rol de docentes en la sociedad, y esa pregunta es ¿qué sentido tiene mi quehacer en relación con unos niños y unos jóvenes que me han sido confiados por sus padres y por la sociedad? Pensar en esto me lleva creer que mi papel como coordinador o como sicólogo escolar no puede reducirse a satisfacer las necesidades de determinados enfoques económicos o concepciones religiosas, ni de ideologías políticas, sino que debe apuntar a fortalecer las capacidades de los niños y jóvenes para entender la cultura donde están inmersos, poder comprender qué significa ser un ser humano. Que nuestro quehacer vuelva posible para los niños y los jóvenes lograr ese despertar, ese descubrirse. Poder inculcarles la capacidades de interrogarse frente a todo aquello que la cultura moderna les plantea y a través del arte, la literatura, las lenguas puedan encontrar su lugar y su esencia”.

Su trabajo no es la única de sus pasiones, ya que este docente dedica parte de su tiempo a la creación literaria y comenta que dentro de sus logros en este campo se encuentra la creación de una obra teatral dirigida a niños y la publicación de uno de sus cuentos. “He escrito una pequeña obra de teatro infantil llamada Daniela, esta obra obtuvo el primer puesto en los Premios Nacionales de Literatura de Colcultura en 1993; también me enorgullece que en el año 2005 la Editorial Norma me publicó un cuento infantil que se titula ‘Tito oía cantar la lluvia’, estos son algunos de mis logros en el campo de la literatura aunque reconozco que he hecho algunas otras cosillas más, pero estos son mis principales logros”.

Esta pasión por las letras fue la que lo motivó a participar en la III versión del Concurso Nacional de Cuento, organizado por el Ministerio de Educación Nacional y RCN. De la convocatoria destaca que lo que más lo impacto fue la respuesta de los docentes y estudiantes. “Me pareció muy interesante el número de participantes en todas las categorías. Quiero imaginar que a éstos más de 36.000 concursantes, más que un premio o un concurso les interesa la literatura y, más todavía, que un número tan respetable de alumnos y de maestros se encuentran picados, sino emponzoñados, por la escritura. Si un ejercicio como el del Concurso Nacional de Cuento muestra tanta energía y tanto impulso creador, ¿qué agradable sorpresa no se obtendría si a nivel de cada salón de clase se incitará a los estudiantes no sólo a crear, sino a divulgar todo tipo de producción literaria, artística, científica o técnica?, eso es algo en lo que debemos pensar cada uno de los docentes del país”[1].

 

El vampiro

Madre gritaba a desgañitarse; padre vino a mediar yo salí de la casa. Los vientos traían la tarde y el aire fresco; caminé sin descanso, sin tino. En la arboleda, los pájaros y las chicharras me donaron la calma. No alcancé a ver lo que proyectaba una sombra que se dirigía hacia mí y que me hizo rodar por el pasto. Tendida en el suelo, de cara al firmamento, le vi borrosamente de pie al frente mío. Con las manos abrió su inmensa capa negra y se abalanzó de inmediato sobre mí; me cubrió toda, cual una sombra hecha materia, haciéndome sentir como una pollita cubierta por las enormes alas de su protectora. Así recibí la oscuridad de su deseo desbordante, hasta que otra sombra más universal nos tapó a los dos. Tres días con sus noches estuvo aferrado a mi cuerpo, clavándome esos colmillos fluidos que con potencia devoradora me sustraían la sangre y la vida. Cuando volví a la conciencia lívida, sin alientos, con palidez de amortajada, le busqué con ansias; se me hacía imperativo conocer al verdugo que tanto tiempo me había acariciado. Alcé entonces mi cabeza miré en rededor, y no estaba; solo encontré sobre mi vientre desnudo, adormilado y vencido por la violencia del sol, y con las alas abiertas abrazándome, un negro murciélago con su hocico de ratoncillo jadeante.

Aníbal Lenis
No. 103 – 104, Julio – Diciembre 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 264