Hermanas

—Cerrá esa puerta o se llenará de polvo la habitación—. Y qué, respondió Gabriela, pero de cualquier forma dio un portazo que hizo vibrar las chucherías colocadas pretenciosamente sobre el bargueño. La foto de Goyo giró un poco sobre su soporte y pareció dirigirle una irónica sonrisa.

Alcira volvió a colocarla de forma que quedara mirando hacia el ángulo menos transitado de la habitación, para no sentirse importunada por aquella mirada arrogante y comenzó el rito diario, tedioso, de quitar el polvo a los muebles, a los cuadros, a los adornos, a los marcos de las ventanas, a las puertas. Sobre los vidrios, por la mañana, quedaba siempre una pátina opaca que velaba un paisaje igualmente opaco, deslucido, monótono. Todo tenía el mismo color. En la piel y en la sangre… hasta el alma parecía habérseles impregnado de esa sustancia turbia, que, como el polvo en un líquido puro, borra toda transparencia.

Obstinadamente, Alcira barría, frotaba, pasaba el plumero, con la cabeza perpetuamente cubierta con un pañuelo de algodón atado en la nuca. Horas después el polvo volvería a cubrirlo todo con una persistencia maligna.

—¿Vendrá? —preguntó Gabriela, con un tono ausente, mientras roía la uña destrozada de su pulgar.

—¿Quién? —preguntó Alcira, deteniéndose un segundo con un tomo de su viejo diccionario en la mano.

—Goyo.

—Ni lo sueñes —replicó mientras volvía el diccionario desempolvado a su lugar. —Será mejor que lo olvides y empieces a pensar en que no te moverás de acá, si no es por tus propios medios.

—Pero cómo —pensó, sin llegar a decirlo, demasiado perezosa para pensar siquiera en hacer un esfuerzo.

Por la tarde las dos se ponían a trabajar en sus chucherías. De polvo y agua salían aquellas cosas minúsculas e imperfectas de las cuales vivían. El horno estaba en los fondos de la casa y formaba una unidad indestructible con las gallinas, el tendedero de la ropa, la higuera y el álamo, que en otro lugar hubiera tenido un resplandeciente tono verde o dorado, según fuera otoño o primavera. Pero ahora era invierno y estaba desnudo y seco, como un muerto.

A las siete tomaban un té con pan y manteca, o alguna otra cosa que hubiera quedado del mediodía. Luego venía Nicolás y retiraba las cerámicas esmaltadas, y siempre decía lo mismo: —Esto se acabará, chicas… vayan pensando en otra cosa—.

—Pensaremos, ya lo pensaremos —contestaba Alcira invariablemente, mientras guardaba la arcilla en un fuentón de lata y la cubría con arpillera húmeda. Luego limpiaba los pinceles y tapaba, uno a otro, todos los esmaltes.

—Algún día me dedicaré sólo a la escultura —solía soñar en voz alta mientras se dirigían a la estación, siempre a la misma hora, para ver pasar el tren de las ocho.

En pocos minutos recorrían el tramo que separaba la casa de la estación del ferrocarril. Y les gustaba estar así, sentadas una junta a otra, esperando.

A veces el tren demoraba y ambas sentían que una blanda agonía caía sobre ellas. Mudas, tiesas, fijaban sus ojos en esa niebla oscura, hecha el viento y polvo que velaba todas las cosas. Y cuando aparecía el brillante faro de la locomotora, a lo lejos, las dos sentían que un vago anhelo alimentaba sus vidas. Entonces Gabriela en un susurro soplaba sobre el helado cuello de Alcira un ¿vendrá? Que sonaba tan lento y ronco como el viento.

—Claro que no —respondía Alcira, aunque secretamente ella también esperaba. ¿Qué? No lo sabía y, sin embargo, la Era del Derroche llegaría a su fin. En algún momento cesaría su aliento y la rutilante burbuja iría a estrellarse sobre el polvo. En algún momento dejarían de creer y entonces abrirían las ventanas, para que la tierra, lenta, implacablemente, lo cubriera todo, todo.

María Alicia Escobar
No. 107-108, Julio – Diciembre 1988
Tomo XVII – Año XXIV
Pág. 229

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Génesis

No importa lo que el piadoso escriba haya decidido plasmar en la versión definitiva del libro de la creación, lo cierto es que Dios se vio obligado a descansar el séptimo día porque estaba al borde del colapso después de haber accedido ingenuamente a hacer de juez en la querella primigenia Lilith vs. Eva.

María Luisa Escobar
No. 118, Abril-Junio 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 131