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Provengo de una familia donde la figura paterna fue lo de menos. Sobre todo porque las variadas representaciones maternas no dejaron tiempo a identificaciones viriles. Mamá se convirtió en un vocablo lleno de significaciones contrastantes: madre-abuela, madre-hermana, madre-tía, madre-vecina; madre-autoritaria, madre-demasiado-generosa, madre-indiferente, madre-culpable-sumamente-amante, madre-etc.

Mi vida comenzó, pues, unilateralmente desde las primeras representaciones orales de todo infante. Mamá Papá no perdieron sonoridad; mientras uno de apagaba, la otra ensordecía.

Así transcurrió mi infancia, y ya casi para terminar acontecía el primer cisma familiar —al menos el primero desde que llegué yo. Era una mañana soleada a la manera de todos aquellos mis primeros recuerdos y nos disponíamos para la matutina visita a los “Grandfathers”. Yo iba en el asiento de atrás de de la vieja carcacha negra de mi padrino suplente cuando, de pronto, ¡cuás! se rompe el silencio: ¡Quiero un papá! ¡Quiero a mi papá! Papá llenaba mi boca, mamá-madrina lloraba y mamá-todas-al-instante convocaba una junta cumbre donde, por la precipitación de los acontecimientos narrados e imprevisto, la estupefacción venció a la democracia.

Papá-corpóreo moría por esos días. Su entierro estuvo solemnemente fúnebre; esperé hasta que las últimas lágrimas se secaban en su tumba y que las huellas del cortejo se esparcieran sobre las tibias hojas secas del camposanto para acercarme, por primera y única vez, a aquel inexorable desvanecimiento. Con un puñado de tierra húmeda y sincera sepulté la desesperación de mis madres…

Forzoso es decir que, ya de regreso, me guardé el esfuerzo como quien espera, sabiamente, la consumación de su sino: los cuerpos duros son ahora aquella tierra petrificada, un requisito del acostón, una vana tregua del destino.

Jesús Antonio Peñúñuri Armenta
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 749

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