El hacedor de los cielos y la tierra


“Y Jehová Dios formó al
hombre del polvo de la
tierra, y sopló en sus
narices aliento de vida y
el hombre vino a ser
alma viviente”
(Gén. 2:7)

A pesar de haber trazado minuciosamente su plan (Isa. 46:9-11) y de preparar la tierra durante más de cuarenta mil años para ser habitada (Hech. 15:18), una vez que Dios hubo creado al hombre no se sintió satisfecho de su obra.

Varias veces repitió aquel modelo donde, con sabiduría maravillosa, había hecho previsión del número exacto de huesos del esqueleto humano (doscientos seis en total); donde había construido un sistema eléctrico extraordinario (sistema nervioso); y donde hasta los detalles más insignificantes fueron ejecutados con sumo cuidado, al grado de numerar los cabellos de la cabeza (Mat. 10:30). Sin embargo, acaso porque el material utilizado era bastante ingrato, o porque todo gran creador es siempre un inconforme, al contemplar aquel espectáculo monótono y poco dinámico, Dios sintió que algo faltaba a su creación.

Fue entonces cuando su amado hijo Lucifer (el poderoso lucero de la mañana, el futuro heredero del mundo) interrumpió su cántico celestial de alabanzas y gozo (Job. 38:6,7) para, con una previsión no menos genial, susurrar al oído del Padre (Rel. 3:7-40):

—Hagamos que cada criatura piense de una manera distinta.

Rolando Arteaga
No. 84, Noviembre-Diciembre 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 415

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