La mandarina china

Con la uñas quité la cáscara y con mis dedos desgajaba una de las dos mandarinas que llevaba en las manos. La otra era para la “China”. Siempre he disfrutado más el exquisito olor impregnado en mis manos que ni el mismo sabor del delicioso jugo en mi boca, el cual mojaba mis labios resecos por la sed.

Por el doblar de las campanas en la parroquia y por la hora en que salen las hetairas acicaladas a trabajar, me dí cuenta que el tiempo había pasado sin que la “China” llegase a la cita. Transcurridos cincuenta minutos, pensé: “Mi error fue haberle anunciado que hoy quería hacer el amor con ella”.

Anoche, con mis uñas arranqué su sostén y con mis dedos traté de desgajar sus jugosos senos, que sangraban; los tomé entre mis manos llevándolos hasta mis labios sedientos. En eso, desperté exaltado súbitamente. Sobre mi boca y nariz, mis manos emanaban, aún fresco, el aroma a mandarina.

Hugo Zdeinert
No. 100, Septiembre-Diciembre 1986
Tomo XV – Año XXII
Pág. 712

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