Una mirada

¡Qué maravilla!, ¡Qué extraordinaria obra de arte!, ¡Qué fantástico crucifijo!, ¡Qué expresión del Jesús Crucificado! No era la mirada mansa, de ojos entrecerrados que estamos acostumbrados a ver en el semblante de un moribundo, no, en este caso no. Eran unos expresivos ojos llenos de admiración e incredulidad, casi desorbitados, como revelando la pregunta que debe haberse estado haciendo: ¿Será posible que esto hagan los hombres conmigo?, ¿también aquí en este momento?, y ¡conmigo! Quién sabe.

Era un precioso crucifijo. El Cristo de marfil clavado sobre una simple cruz de oro, sin piedra, joya ni adorno alguno. Pero ¡qué expresión de aquellos ojos…! Dentro de su pequeñez destacaban y se hacían notar. Como si un imaginario y oportuno reportero gráfico hubiere captado la expresión de su semblante momentos antes de las famosas “siete palabras”, antes de exhalar el último suspiro o hálito de vida, así era su expresión. El artista que realizó semejante maravilla, debe haberse inspirado en esa imaginaria fotografía para realizar su obra.

Provocaba la admiración de cuantos la veían. A mí, me subyugó desde luego, y aunque me daba pena que observaran la insistencia o tenacidad de mi mirada admirativa, extasiada, casi no podía apartar mis ojos de semejante portento; más aún, porque avasallado, sobrecogido de admiración, creí, bueno, no creí, sino que vi, sí, vi con mis propios ojos, voltear a uno y otro lado aquel semblante marfileño, como incrédulo de lo que sus ojos veían.

A mi vez, también incrédulo, no apartaba la vista de semejante espectáculo. ¿Volteaba el Cristo?, ¿sería posible?, ¡si era de marfil…! ¿cómo podría ser cierto eso?, ¿no sería una alucinación mía por la embriaguez de mi admiración?. O ¿no sería un especial milagro dedicado a mi incredulidad…? Porque yo lo vi voltear, admirado, incrédulo, a uno y otro lado, como buscando a sus compañeros de calvario, pero en lugar de ver al resignado Dimas, o al rejego Géstas, se encontró con los opulentos, jocundos, aterciopelados, suaves y perfumados senos de elegante dama que exhibía en su exuberante pecho aquel crucifijo al centro de hermoso y atrevido escote.

Gilberto Aboites Flores
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 750

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