El creador frente a su libro

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El autor firmó la dedicatoria, escribió el sobre; aplastó, cerrando el puño, los bordes. Se sintió bien mirando el rectángulo blanco. Tachó de su cuaderno o borró o marcó sobre el margen a quien enviaba. Leyó para constatar. Todo coincidía. Sucesivamente prosiguió con otros nombres, otros sobres, otros márgenes, más libros.

Fatigado, cerró el cuaderno. Prolijo, se lavó las manos y el agua le hizo pensar que era lo más importante que había realizado esa mañana.

Ramón Plaza
No. 19, Diciembre 1966
Tomo III – Año III
Pág. 608

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Ramón Plaza

Ramón Plaza

(1937-1991)

Fue un notable poeta y narrador cuya trayectoria permanece en buena medida, aún hoy, velada por una vieja costumbre (aunque notoriamente acrecentada y renovada tras la dictadura 76-83): el auto-bombo, la auto-referencialidad, el desdén al no-cofrade, la sujeción a las modas, el ninguneo; arraigadas modalidades, éstas, que él solía reprochar con acre humor a sus contemporáneos. Su exilio por casi una década en Ecuador, donde obtuvo el Premio Nacional de novela, no alcanza para justificar el olvido. Que supone asimismo desconocer una labor incansable, no reductible al valioso trabajo literario-creativo ni al núcleo de los escritores llamados del ’60, al cual adscribió con un sello muy propio y distintivo pero al que trascendió hasta escapar de cualquier fácil encasillamiento generacional.

Plaza integró desde su fundación el recordado grupo El Barrilete, así como el núcleo editorial Cuadernos del Alfarero y la revista y ediciones La Rosa Blindada, al lado de Juan Gelman y José Luis Mangieri, entre otros. Junto a sus trabajos como publicitario, y a sus también galardonados novelas y cuentos que fue publicando a la par de su poesía (uno de aquellos jurados estuvo integrado por Juan Rulfo y José María Arreola) desarrolló una constante labor periodística. A ello hay que sumar sus conferencias, lecturas, tareas grupales y como antólogo.

Incluso, Plaza apoyó con fervor el quehacer cultural ecuatoriano desde la Casa de la Cultura del Ecuador en Guayas y colaboró desde el inicio en la colección Desde la Gente, editada en nuestro país -hasta hoy- por el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. Luego de su muerte apareció su primera novela para chicos, Amapola, por editorial Vergara: fue su sexto libro de relatos. Sin embargo, gran parte de su obra narrativa permanece inédita.

A la luz de tanta y tan plural actividad creativa, un volumen aparecido con el sello Alción, Apuntes para un resumen de vida – Obra poética inédita, y que tiene más de 400 páginas, ayuda a recobrarlo a través de poemas inéditos en libro y de inusual vigor y jerarquía, llenando un vacío prolongado en exceso. Como señala en la introducción su viuda, Elizabeth Roig, quien impulsó esta edición con el auxilio de las hijas del poeta y de Cayetano Guzmán y Alberto Szpunberg, autor del Prólogo, para conformar la obra se contempló la inclusión de todos los cuadernillos de inéditos armados por Ramón en los ’60 y en los ’90, más sus dos carpetas cronológicas de éditos en diarios y revistas, así como otros inéditos. En cada texto se siguió además un muy cuidadoso criterio de anotación y explicitación de las distintas versiones y grafías, cuando las hubiera en caso de haber sido publicados en diario o revista. El emotivo Prólogo es completado por una exhaustiva Biobibliografía y por fotos del poeta.

El vuelo poético de Plaza, jamás alejado de lo sensorial, de una nueva concepción de lo coloquial y de lo individual-colectivo, todo ello en unidad inescindible tutelada por la sensibilidad social y política y por una rica imaginación, aparece agrupado aquí en las secciones País del Sur (1960), Piratas en la isla (1990), Calles de tierra (1988), Manuscrito positivo (1988), Nadie quiere tocar lo que enloquece (éste agrupa Atmósferas- Mares del Sur y El inconcluso, ambos de 1966/1975), Agua llovida (1956-1970), Festival (1966-78) y Poemas del exilio, que incluye toda su producción en el Ecuador; más El retorno, que incorpora los poemas escritos entre su regreso a fines del 85 y su muerte.

El poeta que reveló: “Atravesar la pampa / es como pasar el dedo / por la columna vertebral: / sólo distancia y huesos”, fue el mismo que décadas más tarde sugeriría: “Esta es la casa. Sobre el comedor poderoso / y sumiso, el sol ha entrado ebrio persiguiendo / la huída. ¡Cenizas de la casa /cayendo tempestuosas!…”. Y que podía ir desde aquel poema Heracliteana: “Tenía razón Heráclito: / por tus piernas / no volverán a pasar / las mismas cosas”, hasta la vibración de una América compartida: “Aquí / la lluvia crece / más velozmente que las plantas (…) / También llueven los paisajes / si se gira la cabeza: / un chancho juega con un chico. / Ése, dicen, es el rostro / Sagrado de Nuestra Amada América…”, o a los poemas del imaginario Ahl Rahmid: “ “Separémonos ahora que tenemos la fuerza / y el aliento de mil caballos. / Separémonos ahora que el rocío / cae iluminando de agua tu boca. / Separémonos ahora que tus besos / y los míos no tienen sexo. / Demasiada poca felicidad es saber que somos dos. / Los mismos dos del después.”

Ramón Plaza no es el único postergado por las maniobras y conformismos de algunos sectores de nuestro mundillo literario. Pero va siendo hora de devolverle su lugar[1].

 

Del ascensor a la puerta

Nada me aprovecha más que abrir ceremoniosamente la puerta del ascensor a un rengo. Eso dignifica. Qué gusto verlo descender y ascender mientras camina combando la pierna. Si el rengo es de la pierna izquierda. Dios no lo permita, soy un puro estropajo de alegría. Porque entonces me coloco a su izquierda y respetuoso de los defectos ajenos le cedo el paso con una sonrisa de epopeya.

El pícaro sonríe, pero agacha la cabeza como si le avergonzara salir primero y acelera su comba hacia la salida. Esto ya, decididamente, no lo puedo permitir y casi a la carrera llego a la puerta de salida. A esta altura al rengo le he sacado tres o cuatro metros de ventaja y ostentosamente abro la puerta y ostentosamente la dejo abierta y el rengo (un poema, un compás no haría mejor esa comba) acelera y acelera hasta creer alcanzar esa puerta que yo sostengo, que voy a soltar no bien el rengo confiado me lo quiera agradecer con su tempestuosa sonrisa de rengo. Y rengo, pierna combada, sonrisa, renguera, todo resulta atropellado por la puerta soltada, acelera como corresponde.

Los miércoles repito esa operación a la inversa (puerta de entrada ascensor).

Ramón Plaza
No. 75, Enero-Febrero 1977
Tomo XII – Año XII
Pág. 171