El último libro de la sibila

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Podría volver a contar lo que Fray Benito Jerónimo Feijóo nos dijo acerca de los nueve libros de la Sibila de Cumas en un texto escrito hacía 1712 con el título de “Magia y leyenda”, que luego modificó cuando redactaba sus “Cartas eruditas”. Pero pensándolo bien, conviene transcribirlo como prueba irrefragable, aligerando levemente su estilo, el más directo y descriptivo del siglo XVIII. He aquí la constancia:

La historia romana cuenta que habiendo llegado a Roma la Sibila de Cumas, en tiempos de Tarquino el Soberbio, aquella le presentó nueve libros, y pidió por ellos trescientos escudos. El príncipe se burló por parecerle excesivo el precio, y la Sibila quemó tres, y por los seis restantes pidió la misma cantidad; despreciando Tarquino nuevamente tan extravagante demanda, quemó otros tres, insistiendo en que por los tres que quedaban le diese la misma suma, y amenazando con arrojarlos al fuego como los demás en caso de ofrecerle menor precio. En fin: concibiendo el príncipe, en tan extraña resolución, algún alto misterio, dio los trescientos escudos por los tres libros que, como cosa sagrada, colocó bajo la custodia de dos patricios en el Capitolio[1], y estos libros eran consultados por los romanos cuando la República se veía ante algún peligro; hasta que incendiándose el Capitolio en tiempos de Sila, ochenta y tres años antes del nacimiento de Cristo, tuvieron los tres libros la misma desgracia que los otros seis.

Lo que no nos dice Fray Benito Jerónimo Feijóo, es que, en realidad, uno de los tres libros que habían quedado, se salvó del incendio. Era el último (y lo refiere Ajiajarilbj en el siglo XVII). Abierto por Sila, el libro sólo contenía estas líneas:

La escritura fue inventada para que los hombres perdieran la memoria.

Juan Jacobo Bajarlía
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 89


[1] Estos dos patricios o sacerdotes, los duumviri sacris faciendis (que Feijóo no nos cuenta por olvido o por no creerlo necesario) fueron aumentados a diez, los decemviri, en el año 367 a. J. C. Posteriormente, a quince, los quindecemviri, por decreto de Sila.

La secta de los asesinos

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A la secta herética de los ismaelitas, en el siglo XI, correspondió el “honor”” (o la felonía) de acuñar la palabra asesino, nombre que derivó de hashish o haxix, droga extraída del opio que se administraban sus integrantes… Su jefe se llamó Aloadín o sencillamente el Viejo de la Montaña… Aloadín (digámoslo así para abreviar) ejercía, como jefe de la secta, funciones de califa. Había sido condiscípulo de Omar al Jayyam y Nizam al Mulk, en Nisapur, donde los tres estudiaban el Qorán, según las constancias de éste último en la Wasíah que escribió para celebrar los acontecimientos más memorables de su vida. Él fue el primero que testimonió sobre el carácter de Aloadín: un hombre pendenciero e intrigante, contra el cual debió luchar a pesar de haberlo protegido siendo visir. Conspiró, por tanto, contra Nizam al Mulk, y al ser descubierto por éste, Aloadín se refugió en la fortaleza de Alamut, en Rudbar, sobre las montañas cercanas al mar Caspio. De ahí la denominación impropia de Viejo de la montaña. En esa fortaleza enclavada en un valle de difícil acceso, Aloadín tenía un paraíso terrenal donde sus iniciados, muchachos de doce años, se drogaban con el hashish que él ofrecía mientras impartía su enseñanza. “Matar a un malvado —decía— es una bendición de los cielos, porque ellos, los malvados, están en la tierra para usurpar el derecho de los seres bondadosos. (Acaso fue esta la primera norma sobre el regicidio que Maquiavelo y el padre Mariano habrían de exaltar siglos después). Cuando los heréticos estaban ebrios por el opio, Aloadín introducía un conjunto de falsas huríes, muchachas no menos jóvenes que los iniciados, y comenzaban una danza fascinante mientras las cañerías del palacio-fortaleza, suministraban miel y vino. (Libro XXXI; Ibn Al Levy, II, 21). Los goces terrenales del Alamut, eran semejantes al paraíso de Mahoma. Después, Aloadín les mostraba los muros del palacio, con murales excitantes, donde la desnudez y los alimentos se concretaban en un sueño insaciable. En uno de estos muros, el que daba hacia el valle y sus jardines diabólicos, había una inscripción del poeta persa Abulkasin Pirdusí (Libro de los reyes, c. IV), que decía: “Todas las noches su cocinero (el de Zohak) mataba a dos jóvenes y les extraía los sesos con los que luego cocinaba un alimento para las serpientes del monarca”. Cuando los heréticos, también llamados hashashin o asesinos (Baudelaire refuerza el concepto en Le poéme du haschisch, II), regresaban del efecto del hashish y se hallaban entristecidos por haber perdido las visiones del paraíso, resolvían la eliminación del enemigo más próximo de Aloadín. Era el único recurso para volver a los goces terrenales y a las delicias de los jardines diabólicos. Entonces echaban la suerte, y el elegido salía del Alamut para confundirse, disfrazado, entre aquellos donde el sentenciado por Aloadín habría de perecer. A la vuelta del asesino, cumplida la misión, el paraíso volvía a concretarse, y el héroe imponía su voluntad al juego de las huríes. Era un provilegio que duraba 24 horas. Después, en otro ciclo semejante, se resolvía el próximo asesinato. Fue tan temido el Caudillo de la Montaña, que no hubo príncipe que no buscara su protección. Conocían su ira y el efecto de su fanatismo. Pero su imperio fue sofocado por la deserción de EL-Hulagu. Otra versión de esta secta, la de los asesinos, se debe a P. Zaleski, quien ha contado: “El hereseriarca persa Hassan ibn Sabbah erigió en la cumbre de una montaña, un paraíso artificial, dotado de quioscos, de músicos ocultos, de divanes y de doncellas; lo surcaban riachos de miel, de leche y de vino. Oportunas dosis de haxis adormecían a los sectarios que, sin entender cómo, se encontraban de pronto en el paraíso o fuera de él. Estas falsas visiones de un mundo sobrenatural estimulaban y afianzaban la fe. Tal es el origen auténtico de la considerable secta de los asesinos, cuyo nombre deriva de haxis”.

Juan-Jacobo Bajarlía
No. 105-106, Enero-Junio 1988
Tomo XVII – Año XXIII
Pág. 21

Sobre el tiempo

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Kepler (Mysterium cosmographicum, 1586), fue terminante: lo curvo ha de representarnos a Dios. Esta afirmación, contenida en el capítulo II, es posible que haya quitado el sueño, cien años después, al mismo Newton, cuando éste explicaba el concepto absoluto del tiempo en su Philosophiae naturalis principia mathematica (1687): el tiempo fluye uniformemente sin relación con nada externo. Leibniz negó esta connotación por creerla excesivamente metafísica. Habrá que llegar al relativismo de Einstein para poder hablar de la curvatura del tiempo, algo así (argumento contrario sensu) como una aproximación a la idea de lo curvo expresada por Kepler.

Mucho antes, sin embargo, en The magician (1530), libro sin autor conocido, se cuenta una leyenda del siglo VI, vinculada a los conceptos de tiempo y curvatura. Nos describe la vida de un mago que juega con la cuarta dimensión sin tener conciencia de sus límites. Se ubica en cualquiera de las “dimensiones”, hacia arriba o hacia abajo, hacia el futuro o el pasado. Pero un día “pierde la receta” (acaso su lucidez mental) y queda inmerso en una zona curva del Tiempo, de la que nunca más regresará a su mundo cotidiano. Cuando lo van a buscar, lo hayan sentado en el suelo, de espaldas a un muro, con una sonrisa aterradora, siniestra. El mago ya está muerto, “perdido en el tiempo”, como dice el exégeta.

Juan Jacobo Bajarlía
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 163

Alejandro y el andaluz

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Todavía no existía Andalucía. Pero ya se conocía a los andaluces que la precedieron desde mucho antes de que se concretara el territorio hispánico. Andaluz podría definir el carácter rápido y exagerado, lleno de trampa y gracia, que nunca pierde el optimismo. Uno de esos andaluces fue el protagonista de cierta historia de Alejandro, que voy a relatar siguiendo la edición apócrifa de Pergolesi (Storia verídica del re Alexandro, siglo XVIII, posiblemente 1785).

Próximo a entrar en batalla, Alejandro, impulsado por Antípatro, se dirigió a Delfos para consultar a la Sibila. “Quiero que me digas —le dijo— qué fortuna correrán mis armas” La Sibila, contrariada por lo imperativo y desusado de la pregunta, después de convulsionarse envuelta por el humo que salía de la parte inferior del trípode en que ejercía su función profética, le respondió: “El triunfo te será propicio si al salir de aquí sacrificas al primero que veas”.

Alejandro salió del templo, seguido por sus generales, y lo primero que vio fue a un andaluz montado en un burro. Lo hizo detener y le notificó que se encomendara a Zeus porque en ese mismo momento habría de morir para satisfacer al oráculo. El andaluz (un hombre del pueblo), sin perder el aplomo se hizo explicar la respuesta de la Sibila, y contestó a su vez con estas palabras: “Hay un malentendido, noble Alejandro. El primero que has visto no soy yo sino el burro en que estoy montado, ya que él me precede con su cabeza y su cuello. Yo sólo voy montado sobre la grupa, y estoy, por lo tanto, en un segundo lugar después de la cabeza de mi burro”.

La contestación ingeniosa del andaluz no convenció a los generales de Alejandro que desenvainaron sus espadas para sacrificarlo. Pero aquél, sonriendo, ordenó que sólo se matara al burro. “un hombre como éste —dijo— merece ser elevado a consejero. Y así lo decreto” Y el andaluz, con el nombre de Afridopatis, integró desde entonces, el cuerpo de notables que acompañó al imbatible guerrero.

Juan Jacobo Bajarlia
No. 119-120, Julio-Diciembre 1991
Tomo XX – Año XXVIII
Pág. 299

Misterio sagrado


Juan Jacobo Bajarlía se remite a los nueve libros de la Sibila de Cumas, la que los ofreció en venta a Taquino el Soberbio en trescientos escudos, cifra que le pareció excesiva. La sibila quemó tres de los libros y pidió a Tarquino por ellos la misma cantidad. Despreciando Tarquino nuevamente la que consideró también extravagante demanda, la Sibila quemó otros tres, insistiendo en que por los tres últimos que quedaban le diese la misma cantidad de dinero, amenazando con arrojarlos al fuego si se le regateaba. Tarquino aceptó al fin, intuyendo algún misterio sagrado, puso en custodia de los patricios, en el Capitolio, los tres libros, que fueron luego consultados por los romanos cuando la República estaba en peligro. Se dice que un incendio destruyó los libros, pero que en verdad uno se salvó: era el último, y abierto por Sila comprobó sólo contenía estas líneas: “La escritura fue inventada para que los hombres perdieran la memoria”.

Juan Jacobo Bajarlía en “Historias de monstruos”
No 101, Enero-Marzo 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 57

Juan Jacobo Bajarlía


Juan-Jacobo Bajarlía es poeta, cuentista, ensayista, novelista y dramaturgo. Nació en Buenos Aires el 5 de octubre de 1914, pero por un error en las anotaciones del Registro Civil aparece como nacido el 5 de octubre de 1912.

A los 9 años le dio por la poesía, y los 14, siendo estudiante secundario escribió un novelón de capa y espada con el título de La cruz de la espada, que un falso editor se llevó para publicar, y nunca más se supo del original. Fue el mayor de 5 hermanos, hijo de padres de gran posición económica, venidos a menos, a raíz de lo cual, el niño que entonces tenía 12 años, vendió medias por los bares para contribuir al sustento de la casa. A los 17 años ingresó en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires, y luego se trasladó a La Plata donde completó sus estudios.

Fue uno de los introductores del vanguardismo en la Argentina. Entre 1948 y 1956 dirigió la revista Contemporánea y formó parte, en 1944, del Movimiento de Arte Concreto-Invención, junto con Gyula Kosice, Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado, entre otros. También, en 1983, dirigió la revista Referente/el Ojo que mira.

Sus primeros libros que datan de los años 40, Prohombres de la argentinidad y Romances de la guerra, fueron excluidos de su bibliografía.

Obtuvo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores el mismo año en el que se la adjudicaron a Adolfo Bioy Casares (1962). Luego se sucedieron los grandes premios: el del Instituto del Nuevo Mundo de la Facultad de Filosofía y Humanidades de Córdoba, dirigida por Juan Larrea acerca de César Vallejo (1963), el Mystery Magazine Ellery Queen’s (1964), el Konex de Platino (1984), el Premio Municipal de Teatro (1962), el Premio del Fondo Nacional de las Artes (1962), 2¼ Premio Municipal de Narrativa (1969), Premio Boris Vian (1996), Premio Leopoldo Alas (“Clarín”) (1971).

Sus cuentos, una estructura en la que se mezclan lo fantástico, la ciencia-ficción y la metafísica, integran varias antologías.

Como dramaturgo escribió y estrenó La Esfinge en el Teatro Mariano Moreno, en 1955; Pierrot, en La Plata, en 1956; Las troyanas, sobre el texto de Eurípides, en el Teatro de la Reconquista, en 1956; La billetera del Diablo, en el Teatro LYF, en 1969; Telésfora en Radio Nacional, en 1972. Su drama Monteagudo (1962) obtuvo cuatro distinciones: el de la Selección Municipal para las Jornadas de Teatro Leído, el Premio Municipal a la mejor obra no representada, el del Fondo Nacional de las Artes, y la Faja de Honor de la SADE.

Realizó numerosas traducciones del francés, italiano e inglés, incluyendo autores como el Aretino, el marqués de Sade, Kandinsky y Jean Tardieu, entre otros. También tradujo La lección, de Ionesco, que Francisco Javier puso en el Festival de Arte Dramático de Mar del Plata, en 1956. En 1963 fue leído, en el Teatro Los Andes, su drama de ciencia-ficción Los robots, en un acto auspiciado por la Municipalidad (Secretaría de Acción Cultural). Este drama, tragedia mecánica, como lo llama el autor, data de 1955.

Escribe novelas policiales con el seudónimo de John J. Batharly, entre las que debemos mencionar Los números de la muerte (1972), reeditada con nombre propio en 1978. Esta última y El endemoniado Sr. Rosetti, también se publicaron en México con los títulos de Vudú, secta asesina, y Hombre Lobo: El endemoniado Sr. Rosetti.

Entre sus antologías publicadas, Cuentos de crimen y misterio (1964), posee un estudio preliminar sobre lo fantástico y policíaco en las literaturas universal y argentina.

Considerado en su calidad de narrador, Leopoldo Marechal llamó a Bajarlía “zoólogo de la monstruosidad”. Hopkins, desde Berkeley, dijo que “sus máquinas del tiempo dejan de ser instrumentos mecánicos para convertirse en dimensiones metafísicas”. Antonio de Undurraga consideró que la dimensión metafísica de Bajarlía introducía en el cuento fantástico una línea mas allá de “lo metafísico, lo fantástico y la ciencia-ficción”.

Dentro de su obra poética, su libro La Gorgona (1953) fue traducido al alemán por Ilse Lustig, en 1953, sobre cuya traducción Esteban Eitler compuso Música Dodecafónica, cuyo estreno se realizó en Bruselas, en 1954.

Entre sus numerosos ensayos, La polémica Reverdy-Huidobro/El origen del ultraísmo (1964) fue publicada previamente en francés por el Centre International d’Etudes Poétiques (Bruselas, 1962), con prólogo de Fernanad Verhesen; y Existencialismo y abstracción de César Vallejo (1967), se publicó en Córdoba en 1967 en tres volúmenes de Aula Vallejo (5, 6 y 7).

Fue colaborador del diario Clarín y director interino de suplementos literarios. Actualmente colabora en La Nación, La Gaceta de Tucumán, La Prensa y otros diarios de la Argentina.

Fue pionero en la investigación parapsicológica en la Argentina, participando de las primeras experiencias en parapsicología científica. Sus conocimientos en fenómenos paranormales lo llevaron a presidir varios congresos y dar cátedra en diferentes instituciones. Además es asesor en temas afines.

Fue vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Formó parte de la Asociación de Artistas Premiados Argentinos “Alfonsina Storni” (APA), de cuya revista fue redactor exclusivo.

Se realizaron dos documentales sobre su vida. Bajarlía, desandando el tiempo (2003) y Bajarlía (2005), que exploran en profundidad su vida y obra literaria.

Falleció en la Ciudad de Buenos Aires el 22 de Julio de 2005, a los 91 años.

En 2007 se publicó la obra póstuma El placer de matar, que recopila distintas investigaciones que realizó Bajarlía sobre grandes crímines y criminales de la historia. Y en 2010 Morir por la Patria, sobre los asesinatos en la época de Rosas.[1]

El agujero y la profetisa


Equecrates vino de Tesalia y consultó el oráculo de Delfos. Pero entró tan repentinamente que la profetisa (“una doncella consagrada a Diana”, que apenas tenía 17 años) no tuvo tiempo de abrocharse la clámide. Lo recibió, pues, semidesnuda y se ubicó, como de costumbre, sobre el trípode. El trípode (“mesa de tres pies”) estaba colocado, a su vez, sobre el célebre agujero de donde salía la humareda (la fumata) que envolvía a la virgen mientras se convulsionaba antes de contestar. La pregunta de Equecrates fue la siguiente: “¿En qué lugar del mundo, en qué rincón o agujero estaré a mis anchas y hallaré la felicidad?”. Y la respuesta, proyectada con “voz misteriosa” desde la profundidad en que salía la fumata (la profetisa abría la boca como en las películas dobladas) fue rápida y no menos misteriosa: “Ese agujero que buscas —dijo la voz— está muy cerca de ti”. Equecrates interpretó el oráculo y raptó a la virgen. Había hallado la felicidad.

Juan-Jacobo Bajarlía
No. 97, Marzo-Abril 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 257