Estival

Creo recordar perfectamente. Cuando llegué junto al mostrador pude verlo bien, y, me dije: “Si. Sin lugar a dudas, es un gancho”. Discutía con el patrón del establecimiento, acerca de la calidad de un puñal que sostenía en un a de sus manos (por cierto, el mismo que yo había examinado en ocasión anterior). No pude menos que intervenir. Y, sugerente, le hablé:

—Llévelo, amigo. El material es inmejorable. Su tamaño y su peso, son correctos. Además, su punta es ideal.

Giró sobre sí. Al mirarme, sonrío. Su cara tullida, semejaba un árido llano iluminado por luz otoñal.

—“Vaya, vaya” —me dijo. Solamente, que yo no compro cosa alguna sin antes probarla, “amigo”.

Dijo esto, al mismo tiempo que su maño derecha se extendía en dirección a la puerta. Salimos.

—No te detengas. Dime: ¿qué sucedió después…?

—Perdió la oportunidad de obtener un buen puñal. Yo tenía razón: es magnífico.

Sergio Esparza Jiménez
No. 102, Abril-Junio 1987
Tomo XVI – Año XXIII
Pág. 189

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