Proposiciones para un cuento de terror

La mujer de luto recibe las sentidas condolencias, dejando que las lágrimas le descompongan el sobrio maquillaje de circunstancias, y permanece en su silla hasta que todos abandonan la sala, dejándola vacía. Entonces se levanta, seca sus lágrimas, se pinta con cuidado los labios y antes de irse se inclina sobre el féretro por última vez. Una mano le acaricia la nuca, en un gesto comprensivo.

Juan Armando Epple
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 763

Juan Armando Epple
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 82

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Coincidencia

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“Un hombre, cierta vez —dijo Rex, doblando la esquina con Margot—, perdió una mancuernilla de diamantes en el ancho mar azul, y veinte años después, exactamente en la misma fecha, un viernes según parece, comió un pescado grande… pero no encontró la mancuernilla. Eso es lo que me gusta de las coincidencias”.

Vladimir Nabokov
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 762

Vladimir Nabokov
No. 81, Mayo – Junio 1980
Tomo XIII – Año XVI
Pág. 55

Salir de aquí

Con la cabeza entre las manos, acodado en la mesa, dijo en voz muy baja salir de aquí. Dijo salir de aquí en voz alta y cuando lo repitió gritando acató bruscamente sus palabras. Salió de la casa corriendo, atravesó corriendo el pueblo cuyas paredes lentamente se hacían blancas en el lento amanecer. Dejó atrás la última casa pintada de cal brillante. Siguió corriendo por el camino polvoso que divide los monótonos trigales. No respondió al saludo del campesino que lo llamó primero por su nombre y luego por el apellido de su antigua familia. Llegó jadeando a orillas del monte, pero ni entonces se detuvo. El sol mordisqueó su espalda durante el fatigoso ascenso. Alcanzó el pico al mediodía y contemplando las otras cimas rocosas sintió que aquel silencio hacía surgir su rabia. Gritó salir de aquí. Lo gritó tres, cuatro veces, mientras escuchaba rebotar de roca en roca: salir de aquí… salir de aquí…, salir… de aquí salir… de aquí.

Sabina Berman
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 784

Cuento cubano


Una mujer. Encinta. En un pueblo de campo. Grave enfermedad: tifus, tétans, influenza, también llamada trancazo. Al borde de la tumba. Ruego a Dios, a Jesús y a todos los santos. No hay cura. Promesa a una virgen propicia: si salvo, Santana, pondré tu nombre Ana a la criaturita que llevo en mis entrañas. Cura inmediata. Pero siete meses más tarde en vez de una niña nace un niño. Dilema. La madre decide cumplir su promesa, a toda costa. Sin embargo, para atenuar el golpe y evitar chacotas deciden todos tácitamente llamar al niño Anito.

Guillermo Cabrera Infante
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 780

Bince de mapachín


Hay muchas leyendas sobre la bince del mapachín, pero no se ha comprobado ninguna de ellas como reales.

Es indudable que este digitígrado, pariente cercano del perro y de la zorra, es un cánido digno de estudio por tener su miembro viril un alma, si así puede decirse, de hueso puro.

La forma de esa alma es como la de una interrogación o una ese mal hecha y por su presencia en tal lugar, hay que suponer que el mapachín es un mamífero exageradamente lujurioso.

Antiguamente a los burros hechores, les daban suero con huevos y le echaban a la bebida, bince de mapachín raspada, para embramar al animal y buscara éste por tal causa, a las hembras cargadas de hatajo, para aumentar así la reproducción de las acémilas.

¿Qué si la raspadura calienta o calentaba a los asnos? Eso no se puede negar ni asegurar, ya que la prueba no se tenía a la mano.

Les hechiceros han ocupado siempre la bince de este animal para hacerle daño a los humanos y cuando una mujer coge la calle de en medio para lanzarse al vicio por la maldad de los tales ha sido costumbre decir, que la víctima está amapachinada.

Son muchas las personas serias que dicen, que el polvo que produce la raspadura de la bince ingerido en agua, produce efectos afrodisíacos poderosos, hasta el extremo que si pasa de la dosis se llega a la locura, pero es difícil asegurar tal cosa, ya que aunque se tiene a mano desde hace años un hueso de tal clase, nunca ha cruzado por la mente de quien lo posee experimentar si es cierto la tal afirmación.

Fernando Buitrago Morales
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 774

Sangre fría

Habían entrado en una zona más oscura y despoblada. Iba todavía detrás del incitante balanceo, detrás de ese cuerpo de hembra que lo había forzado a la persecución sin posibilidad de retroceso. Ahora lo principal era no acortar la distancia antes del momento preciso, de llegar al lugar solitario y favorable. Había registrado, alerta, hasta el más leve ondular de ese cuerpo, cada matiz de su marcha engañosamente desprevenida, sólo aparentemente indecisa. Alcanzaba a percibirla con los ojos, ya acostumbrados a la semipenumbra, pero su presencia le llagaba, aún más, a través de una corriente inefable que despertaba, viejos, imperativos mensajes en la frialdad de su sangre. Por un momento, la vio desaparecer detrás de unas altas malezas que parecieron ondear al ritmo exacto, al mismo tortuoso vaivén que lo había fascinado. Apenas vaciló; aún sin verla, sentía que debía estar allí, escondida, y el mismo instinto que le había dictado el seguimiento ordenó el último avance. Rodeó las plantas sigilosamente y del otro lado la encontró, esperándolo, sin nada en su actitud que delatase miedo, recelo o siquiera sorpresa. Todo comenzó entonces a suceder sin premuras ni turbulencia. Primero fue el encuentro de sus bocas y pronto, simplemente, naturalmente, la vio echarse hacia a tras ofreciéndole su vientre desnudo donde latía el pequeño y oscuro centro del misterio. Comenzaron a flotar en la intensidad de un contacto creciente en el que sus cuerpos se oprimieron, se entregaron y por fin, se desencadenaron. Sin urgencia, abandonaron el reparo del matorral, donde quedaban, eterna moneda del universo, pequeñas perlas traslúcidas de sangre y plata. Luego, se fueron juntos a nadar.

(Apuntes sobre el desove del nannostomus eques, conocido vulgarmente por los acuaristas como pez-lápiz)

Ignacio Xurxo
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 758

Melografía


Sus manos caían con la energía de un herrero amoroso, reptaban sobre las teclas sobando el espinazo de la melodía revolucionaria. Cuando los policías y los detectives irrumpieron con el alarido de sus armas, el pianista no interrumpió su trabajo y siguió tocando hasta que uno de los tiras disparó su ametralladora contra el piano.

En el carro policial atado y sangrante, el músico pensó en su piano y lo recordó como un querido elefante con los sonoros instintos al aire. Sonrió con la comparación, con la imagen del gordo amigo de madera y metal, apandillando con él en tantos sudores de música. El cable verde estalló de pronto en una bombilla saraviada por la cagarruta de las moscas, y el militar, oculto en un rincón del calabozo, hizo una señal a un hombre gordo, quien sonrió y mostró desde lo oscuro el brillo de sus colmillos de oro. Avanzó y con una barra de hierro destrozó las manos del pianista.

Cuando lo empujaron fuera del cuarto de torturas y le dijeron que podía irse para que sirviera de escarmiento a todos los que se dedicaban a la subversión, el músico metió dolorosamente sus manos destrozadas en los bolsillos de su chaqueta, miró a la cara a los verdugos y avanzó silbando por el largo y desolado corredor.

Jairo Aníbal Niño
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 758

Trilogía

I

El cuento perfecto

“¿Habrán escrito ya el cuento perfecto?”, se preguntó el hombre ante un rimero de libros, Cortazar, Borges, Poe…, y propuso: “Si aún no lo han hecho, yo lo escribiré”. Pero otra duda acudió a su mente: “¿Cuál será la forma, el tema y el estilo que conformen el cuento perfecto?”. Tomó una hoja de papel y escribió: El cuento perfecto

II

Las infinitas posibilidades del cuento perfecto

Entró en la librería. Sobre un anaquel de incunables encontró un libro amarillento, apolillado, sin tapas. La página frontal rezaba: EL CUENTO PERFECTO y, abajo, el nombre del autor un tanto borrado por el tiempo como él mismo.

III

Apología de las infinitas posibilidades del cuento perfecto

Para evitar el vituperio de que LAS INFINITAS… son de una parquedad aberrante y absoluta, engendro de la incapacidad creadora del autor, el mismo sugiere algunos agregados que salven en extensión al texto:
Primus.- Que el protagonista ignore el libro, salga por donde entró y el lector conciba un desenlace de acuerdo a su ideología;
Secundus.- O que el protagonista se interesara en el dicho libro, lo llevara a su casa, lo ojeara, se diera cuenta que era una birria capital y a la basura;
Tertius.- En fin, que el protagonista lo leyera, reparara en la trascendencia del contenido e hiciera una exégesis fundamental del polimentado libro;
Quartus.- Et caetera.

Carlos Daniel Magaña Gracida
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 754

Los ojos

Un día creyó tener síntomas de transtornos mentales o pasajeras alucinaciones hasta que descubrió un ojo en su nuca que siempre había permanecido cerrado.

A partir de ese momento podía abrirlo a voluntad o simularlo bajo un mechón de pelo. Sin embargo, siguiendo un impulso irresistible, tomó la gruesa colilla de un puro que alguien tiró a sus espaldas y con absoluta precisión aplicó la brasa en el ojo. El dolor fue intenso pero luego le siguió la cicatrización y el alivio.

Desde entonces al momento de levantarse le siguen unos instantes de inquietud. Se coloca desnudo ante el espejo e inspecciona cuidadosamente los síntomas de posibles brotes de nuevos ojos. El alivio de no encontrarlos le sirve para pasar el día. Pero a veces se siente desasosegado al anochecer y sus sueños no son tranquilos.

A. F. Molina
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 753

La historia de Uno

Cuéntase que Uno le robó la mujer a Otro.

Cuéntase que Uno mudó de pueblo y se convirtió en un personaje prominente.

Cuéntase que Otro no vuelve a trabajar, que se pasa los años sentado sobre una banca —que no come ni duerme— sólo pensando en su odio y en su venganza.

Al fin un día se levanta, camina al pueblo donde Uno vive, alquila un local y pone un negocio en espera de su represalia. Llega el día en que Uno, atraído por la fama de Otro, acude en busca de sus servicios: se sienta en un cómodo sillón, empieza sentir la suavidad de las manos que tocan su piel, las toallas calientes cubriendo su cara, sólo se escucha el roce de la navaja sobre el asentador, suave, tranquila, con esa tranquilidad de la larga espera, de la satisfacción de la venganza. Otro le recarga la cabeza sobre la silla hasta que queda fuerte y segura; sujeta con su mano la barba, desliza la navaja hacia arriba, de lado, al centro:

No se escuchó ningún lamento.

Martha Figueroa
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 751

Martha Figueroa de Dueñas
No. 92, 1984
Tomo XIV – Año XX
Pág. 499

Pesadillas

De vez en cuando pienso si en la inmensidad del espacio, debe haber un lugar para esos seres que veo en mis sueños, esas horribles criaturas de piel rosada y cabello negro, que viven en paisajes de pesadilla, y que tienen monstruosos animales de dos o cuatro patas… pero mi mente racional me dice que la naturaleza no permitiría tales aberraciones. Entonces sacudo mis doce pares de alas doradas, aspiro hondo con mis tres pulmones transparentes el rojo aire, y me hecho a volar por el ligero aire marciano.

Salvador Virgen
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 746

Los dos hermanos

Dos hermanos caminaban errantes por la selva. Las arduas jornadas hicieron mella en uno, arrebatándole sus fuerzas. El otro, que lo amaba fraternalmente, quiso evitar la muerte de su hermano cortándose un poco de carne de donde más le sobraba. Sin que se diera cuenta el enfermo, tronchóse un trozo de nalga y, después de asarla, se la dio. Éste le preguntó la procedencia de tan exquisita carne, cuestión a la que el sano prefirió no contestar. El débil poco a poco recuperaba su fortaleza, gracias a los ocultos sacrificios de su amante hermano.

Pero sucedió que la pérdida de sangre del hermano dadivoso hizo que éste se desmayara. El antes enfermo lo revisó. Después de la sorpresa reflexionó. Ahora sabía de dónde el excelente guiso. Y sin pensarlo mucho, mató a su hermano y se lo comió.

Carlos Daniel Magaña Gracida
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 742

Escalones

Llega al portal de la casa de un amigo. Para visitarle tiene que subir cuarenta y siete escalones. Sube el primero y desciende, Asciende dos escalones y vuelve a bajar. Luego cuatro y baja de nuevo… Y así, después de cada descanso, va subiendo hasta alcanzar un escalón más.
Cuando ha descendido desde el escalón cuarenta y seis decide no hacer el último esfuerzo aunque no siente el menor cansancio.

A. F. Molina
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 740

El lector

Cerró el libro, se levantó del cómodo sillón, tomó un generoso trago de la copa de cogñac y, se dijo para sí mismo: “No lo entendí, estos nuevos cuentistas ya no escriben con la claridad y sencillez de los de antes, sino sólo para que los comprenda un grupo de privilegiados…”
Tomó entonces otro libro, se sentó de nuevo y comenzó a leer, esta vez muy complacido “Había una vez un rey…”

Mauricio Ceballos Novelo
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 735

En un consultorio

Cuatro mujeres aguardaban.

Fueron entrando…

La primera muy joven, decía:

—Doctor, quiero vivir mucho; le tengo miedo a la muerte.

El médico la consoló.

Entró la segunda, una mujer adulta.

—Doctor, pienso que me voy a hacer pronto vieja, quiero que me conserve; tengo miedo a la muerte.

—No tema nada —afirmó el doctor— viva su vida y esté tranquila.

Se introdujo la tercera.

—Doctor estoy muy anciana, el tiempo ha hecho estragos en mí; tengo miedo a la muerte.

—Aparte esa idea, aún tiene vida por delante —concluyó el médico.

La enferma salió para dar paso a la última mujer, callada, enjuta y triste.

—Doctor…

—¿Usted, también le tiene miedo a la muerte?

—¡No, doctor, le tengo miedo a la vida…! ¡Yo soy la muerte!

Moisés Plata Becerril
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 733

¿Quién tiene la música?

¿Porqué la música no se encuentra como las nubes, o se hace humo visible de color rosado o amarillo?… no importa de que color… pensaba un niño sentado frente a un radio grande y antiguo de la olvidada abuela. Y con un movimiento rápido y ligero abrió sus manecitas y las alargó cuanto pudo hacia la bocina más próxima del aparato.

De pronto se paró, tapándose su carita toda escurrida de lágrimas, tan dulces y tan tristes, el niño corrió hacia el sillón de pequeñas florecitas y gritó: ¿Quién le ha quitado el cuerpo a la música? ¿Quién tomó prestados sus zapatitos descoloridos?. Que tanto han jugado en las cabezas y en las orejas de los niños. Porque no es ni siquiera una nube, una simple nube para poder reírme de sus caprichosas formas… lloraba el niño.

Y el sillón comprensivo le contestó, enjugándose también sus lágrimas y con su mejor voz, al tiempo que cruzó una de sus patitas, dijo: ¡Por que la música tiene el cuerpo de quien la escucha!.

María Guadalupe Sánchez L.
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 732

Castillos en el aire

Le gustaba construir castillos de naipes; él decía que esos eran los verdaderos castillos en el aire, y que, por lo tanto, era un símbolo de los sueños. Su destreza en la construcción era irregular, ya que algunas veces sólo acertaba a construir casuchas de sirvientes o campesinos. Esto le debió demostrar que ni los sueños resultan a la altura de nuestros deseos.

Sin embargo, al paso del tiempo, logró ser un maestro en la construcción de castillos, y envanecido, decidió habitar el mejor. Al principio fue el rey de sus quimeras, con una honda satisfacción de su parte; pero después las paredes, brillantes y lustrosas fueron hostiles, hasta que un día, cuando trato de salir, se dio cuenta que ahí no había puertas ni ventanas, ni súbditos de corte, ni damas cortesanas, ni fiestas y que semejante soledad más tenía de prisión que de reinado. Alcanzó la certeza de ser un prisionero.

El final previsible, de esta historia es la muerte. Este llegó al derrumbarse el mejor palacio del arquitecto de sueños, provocando, tal vez, por su intento de fuga, o por el viento, o por el aburrimiento de un dios niño, cansado de jugar.

Enrique Atonal
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 729

Delito


Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.

Antonio Di Benedetto
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 726

El hombre que forjó nuestras desgracias

No recuerdo si fue un día o una noche. Olía a ruda, a palmeras, a mar. Yo miraba hacia las chozas. Mis gentes descansaban y bebían agua de cocos. De pronto oí un chapoteo que venía desde muy dentro del mar, una masa gigantesca se bamboleaba. Pensé en los dominios, en Xibalbá, y en Mictlan; presumí el inicio de nuestras infinitas desdichas. ¡Cómo deseé que el vigía fuese ciego y retomara su camino! ¡Cómo deseé que el almirante fuese miope o cobarde y nunca hubiese pisado estas benditas tierras! Si no hubiera tocado tierra, yo no sería lo que ese cerdo taxista me acaba de gritar. No sería un hijo de la chingada.

Carlos Daniel Magaña Gracida
No. 80, Abril-Septiembre 1978
Tomo XII – Año XIII
Pág. 709