La luz


Estuve ausente quince días, lo que no es mucho, pero a mi vuelta sentí que algo había cambiado. No podía descifrar qué era. Todo era igual y todo era distinto. Empecé a ver cosas que antes no había visto. Nada importante, sino pequeños detalles. Noté una mancha en la pared del hall, hojas secas en los helechos del living, en el baño grande vi un mármol rajado… Cosas que deben de haber estado antes. Me parecía que llegaba a todos lados más temprano, pero no era así. Lo que más me intrigaba era la expresión de Carlos, algo hosca y distraída. Hace tanto que nos hemos casado que nunca pensaba mucho en él. Había dado por descontado que era parte indisoluble de nuestra vida de familia. Creí que yo le estaba dando demasiada importancia a todos esos detalles casi invisibles. Esperaba con impaciencia que Carlos volviese a la tarde, para seguir estudiándolo. Pero fue de mañana que me di cuenta de lo que pasaba. Entre en la cocina a las seis y media como todos los días para calentar el agua para el mate, y me di cuenta que ya no necesitaba prender la luz. “¡Eso es lo que pasa! Los días se están volviendo más largos y el sol alumbra más. Por eso a mi vuelta vi cosas que antes habían pasado inadvertidas”. Por eso desconocía las cosas familiares. ¡Hacía tanto tiempo que no las dejaba! Desperté a Carlos, me pareció que tenía mala cara. Casi no habla. Y cuando se puso el saco del traje vi sobre la tela gris un pelo largo negro. Yo soy rubia. Si no me hubiese ido quince días no lo habría notado.

Alina Molinari
No. 86, Marzo-Abril 1981
Tomo XIV – Año XVI
Pág. 599

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