Lectores… ¡Urgen…!

En virtud de que los escritores habíamos aumentado en forma tan considerable que ya se nos dificultaba el conseguir suficientes lectores, sobrevino la crisis ante el constante alud de obras que salían de las imprentas.
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Las personas amantes de la lectura, al darse cuenta de que la oferta de impresos sobrepasaba en mucho a la disponibilidad de lectores, principiaron a dictar sus condiciones a los autores y casas editoras, obligando a éstas a ofrecer una serie de ventajas económicas.

Por ejemplo, por leer un libro de hasta 300 páginas, un peso; por dos obras, un peso cincuenta, y así hasta un máximo de ocho libros por mes, en que el lector asiduo recibía una suma adecuada, según las posibilidades económicas de los autores y la resistencia y asimilación del lector asignado.

Desde luego que la lectura obligada de ciertos libros, como los didácticos sobre ciencias exactas, discursos políticos, liturgia religiosa o recetas de cocina, conseguían un sobresueldo especial que llegaba en ocasiones al 50%. En cambio, había personas que ofrecían apreciables descuentos a cambio de leer algo del boom latinoamericano.

El sistema funcionó así por algún tiempo, por más que los escritores, en aumento incontrolado, demandaban cada vez mayor número de lectores, con la lógica consecuencia de que se impuso la ley de la oferta y la demanda: los consumidores de libros aumentaron sus exigencias, ante la inflación desorbitada en el mercado de impresos, en relación con el número de lectores potenciales.
A estas alturas, los lectores avisados habían formado ya poderosas uniones y sindicatos que demandaron mayores prestaciones, cada dos años, en la firma del contrato colectivo con autores o imprentas.

No ayudó mucho para contener la proliferación de autores, la “píldora” intelectual que significó la supresión drástica de la carrera de filosofía y letras en todas las universidades del mundo, porque a la represión oficial, como defensa, el auto-didacta, que escribía y escribía, aún sin preparación académica; exigía igualmente lectores para sus obras.

El estado trató de poner un alto a las peticiones de los sindicatos de lectores; pero éstos contestaron con paros de ojos caídos y, más tarde, con la temida huelga general, en demanda de mayor ingreso por volumen a leer, sillones de hule espuma, tiempo extra, vacaciones pagadas, anteojos o lentes de contacto gratuitos, no más de seis horas de lectura diaria, semana de cinco días y seguro social pagado por los escritores.

Ante la gravedad de la situación, aumentó la intervención gubernamental, que llamó a lectores y autores a pláticas de avenencia en el Ministerio correspondiente, pláticas que se prolongaron indefinidamente, mientras las imprentas vomitaban sin descanso nuevos libros que formaban montañas gigantescas…

Frente a tal situación, fue declarada emergencia nacional restablecer el equilibrio entre producción de libros y de lectores. Después de discusiones interminables, propuestas y contrapropuestas, el gobierno y los abogados que representan a las partes, continúan aún en pláticas en el momento en que se escribe la presente crónica.

Por mi parte, el problema no me afecta. Ya conseguí por lo menos un lector…

Pedro López Amador
No. 65, Junio-Julio 1974
Tomo X – Año XI
Pág. 638

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