Los ojos

El hombre entró en la habitación con pasos lentos, se acercó a ella, arrastró una silla hacia él, se sentó y comenzó a mirarla fijamente. Aquella idea de tanto tiempo empezaba a torturarlo nuevamente. Pasaron unos minutos, la impaciencia se adueñó de él; se llevó las manos a la rodilla y cerró fuertemente los puños. Una gota de sudor rodó desde la sien hasta la barbilla mientras se mordía con desesperación los labios; por un momento trató de calmarse mirando a través del cristal de la ventana, pero fue inútil. Su mirada volvía irremediablemente al sitio donde se encontraba ella; aquellos ojos rasgados, de color indefinido, con su mirada enigmática no hacían otra cosa que mirarlo sin descanso. ¿Qué podrían tener aquellos ojos que le hacían perder el control sobre sí mismo?

Él se levantó suave y con ligero temblor; ya no podía dominar sus deseos. Se acercó a ella con la respiración cada vez más agitada, tragó en seco y sintió que un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Con mano temblorosa le acarició la mejilla, fue acercando sus labios cada vez más a los de ella, sus ojos comenzaron a tornarse delirantes, se abalanzó y sus manos locas no sabían ya a dónde ir. Desesperadamente su cuerpo se movía; un gemido entrecortado rompió con aquella escena.

El hombre se dejó caer en el asiento y estalló en sollozos; se llevó las manos a la cara mientras la miraba: inerte, destrozada. Sólo sus ojos quedaron como mudo testigo, aquellos ojos enigmáticos, de color indefinido, aquellos ojos que conformaron su mejor obra de arte.

Dayámi Gil Sardiñas
No. 125, Enero-Marzo 1993
Tomo XXII – Año XXVIII
Pág. 19

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