Diluvio

Era domingo, Adán saltó de la cama y frente a la terraza que miraba a la bahía aspiró el aire y llevándose los puños al pecho festejó la brillantez del sol y el magnífico día que tendría pescando. A Eva en cambio le encantaba pensar en la intimidad bajo la lluvia.

Cuando Adán se disponía a salir, en mangas de camisa y caña de pescar al hombro, Eva le pidió que le llevara con él, ya que la radio había pronosticado cambios de temperatura y chubascos. Él, volviendo la cara al cielo exclamó:

—Imposible, está muy despejado—, y se fue.

Iba silbando hacia el malecón y notó que de todos los rumbos de la ciudad llegaban toda clase de parejas de animales a una fila que se dirigía a la playa. Los machos orgullosos mostraban su plumaje o pelaje en contraste con las hembras.

En casa Eva oía las noticias, alertaban a la población sobre lluvias torrenciales. Afuera el cielo empezaba a ennegrecer bordándose con relámpagos. Y ella se dijo:

—Si al menos se hubiera llevado el impermeable…

Adán en el embarcadero elevó la mano al cielo y recibió gruesas gotas de lluvia, mientras bajo su mirada un hombre barbado cerraba la puerta de una enorme embarcación de madera después de dar paso a la última pareja. Y Adán murmuró:

—Ojalá hubiera traído a mi mujer…

Tina Okie
No. 94, Septiembre-Octubre 1985
Tomo XIV – Año XXI
Pág. 745

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