Oedipus

Bajo la superficie de la tierra el calor era sofocante. El tren que acababa de pasar había dejado una niebla dulce y aceitosa que nunca se disipaba del todo. Le dolían las piernas y se apoyaba pesadamente en el muro liso y tedioso. Sintió que se acercaba el siguiente tren. Un viejo, renqueando torpemente subió con él al atestado vagón mientras lo miraba con una insolente sonrisa. El viejo era corpulento y cargado de espaldas.

El tren se deslizaba velozmente a lo largo de los túneles negros, como un gusano hambriento, y en su interior las fuentes sudorosas se tambaleaban acompasadamente. Se sentía inmerso en un silencio amorfo. Observó que el viejo hacía guiños descarados a un joven tímido que estaba cerca de la puerta. ¡Cómo lo odiaba! Desvió la mirada hacia una muchacha de tez blanca que sostenía fuertemente contra su pecho un bolso negro pasado de moda. Pensó en su madre.

Tardes azules, sonrientes de lluvia. “Ella”, apenas una muchacha.
El tren fue aligerando su carga en cada estación. El viejo lo miraba con tristeza. Le dio la espalda. Jugó con la idea de arrojársele encima y tundirlo a golpes.

Cuando por milésima vez se abrieron las puertas, el viejo saltó fuera murmurando algo muy cerca de su nuca. Lo vio renquear por el andén y se volvió a mirarlo. Pero súbitamente, un instante, un instante antes de que el tren echara a andar, el pederasta subió resueltamente de nueva cuenta.

Se sobresaltó al tenerlo a su lado tan cerca y el corazón le comenzó a palpitar con fuerza.

Pensó en las tardes azules y en los espejos de lluvia, luminosos.

El gusano se volvió a detener, fatigado. Las puertas se abrieron por enésima vez y ahora descendió detrás del viejo. Vio su sudorosa nuca embarrada de canas.

En el andén casi solitario unas cuantas gentes esperaban soñolientas el tren de regreso que se aproximaba rápidamente. Y de repente una resolución hinchó sus pulmones. “¡Ahora!” Antes que el viejo volviera a verlo lo cogió por el cuello, carne suave y débil, y lo lanzó al paso del monstruo.

Subió rápidamente las escaleras, tropezándose con unos muchachos que se precipitaban hacia el andén. Algo le golpeaba las sienes rítmicamente. Se asfixiaba y los globos de los ojos le dolían. Casi ciego descendió por las escaleras mecánicas y salió a la calle. Vio a lo lejos el tumulto que se había formado y al monstruo anaranjado detenido en su carrera. Y sin prisa dio vuelta a la calle. Caminó un largo trecho y aspiró con deleite el fresco perfume de las estrellas.

Comenzaba a llover.

Alfonso Méndez Audirac
No. 73, Julio-Septiembre 1976
Tomo XI – Año XII
Pág. 766

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