Isla entre semáforos

En verdad era una isla, una pequeña y acogedora isla verde en aquel inmenso mar de asfalto, entre el guiñoteo de los semáforos, los escapes de los motores y discos prohibitivos. “Prohibido virar a la izquierda”; “Prohibido hacer señales acústicas”; “Prohibido aparcar”; “Prohibido… Prohibido… Prohibido…” Resultó arriesgado, muy peligroso, poder llegar hasta la isla, hasta aquel islote verde, lejos de las aceras, del alcance de los transeúntes que las poblaban, siempre presurosos, como si cada uno de ellos tuviera una cita urgente, inaplazable.

Pero el riesgo bien valía la pena. Y no le importaron los insultos de los conductores ni los pitidos del guardia. Y, jadeante, se tendió sobre la hierba verde y fresca, como un náufrago, un desesperado y extenuado náufrago que definitivamente hubiera arribado a una playa de salvación.

Luego, sentándose en cuclillas acarició el césped, suavemente, con nostalgia. Nadie ni nada le haría abandonar su isla. Sabía que tarde o temprano vendrían a expulsarle, que no le dejarían tranquilo en su pequeña isla verde.

Se tumbó tranquilamente, sin importarle las risas ni la curiosidad de los grupos, cada vez más numerosos, que se aglomeraban en las aceras, ni los comentarios de los automovilistas que detenían unos segundos sus vehículos para embromarle y marchar después a toda prisa, ensuciando el aire de olor a gasolina y a goma quemada.

José Costero
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 84

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La cabina

Todo ocurrió por culpa de aquella llamada telefónica. Si no hubiese sabido el número de memoria no hubiera pasado nada. Habría tenido que regresar a casa, consultar la agenda y hubiera sido entonces ya tarde para telefonear, para hacer aquella llamada urgente, que irremediablemente debía de hacer.

Había un buen trecho hasta la cabina y el sol caía furioso y vertical sobre el paseo. Caminó despacio, bajo la fronda de los árboles, notando cómo las suelas de sus zapatos se pegaban al asfalto reblandecido por el calor.

Dentro de la cabina hizo girar pausadamente las cifras. Oyó el zumbido continuo, distante, pero nadie respondió al otro lado de la línea.

Volvió a llamar. Siempre hay alguien que jamás recibe respuesta, aunque se desgañite y enronquezca, y marque insistentemente, una y otra vez un número de teléfono. Esperando, siempre esperando. Empujó la puerta para salir pero no consiguió abrirla. Asió con fuerza el pomo pero la puerta no cedió. Sobresaltado golpeó los cristales pero nadie le vio por culpa de los carteles publicitarios adosados a las paredes de la cabina.

Se lastimó los nudillos, rompió su cortapluma y la puerta continuó cerrada. Inútil. Nunca saldría de allí. Calculó cuánto tiempo podría resistir. No mucho, desde luego. Ya apenas podía respirar. Sudaba copiosamente y la cabeza le daba vuelta.

Se dejó caer, con las piernas encogidas, y esperó. Afuera, la multitud pasaba presurosa, ensimismada.

José Costero
No. 39, Noviembre – Diciembre 1969
Tomo VII – Año V
Pág. 42