La moneda

Trabajó veinte años. Su cuerpo languideció por la falta de alimentos. Su piel se resecó. Su piel se resecó con el tiempo. Sintió frío, hambre, pobreza espiritual y física. Vino el fin. Con convulsiones febriles derritió las monedas acumuladas en sacos. Hizo una moneda descomunal y estática.

Llenó un jarro con agua y se tragó la moneda como una aspirina.

Holmes Ocaña González
No. 69, Abril – Junio 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 327

Anuncios

Vivencia imaginaria

Yo no sé porque usted, precisamente usted, me mira con esa cara estúpida de desaprobación. No sé por qué en sus ojos fríos se dibuja esa horrenda mueca que me recuerda la muerte. Dígame amigo, ¿por qué ve mal que coma rosas y alelíes? Dígame, enemigo, ¿es usted acaso el anticristo, es agente secreto del infierno o verdaderamente usted no existe? Yo no sé por qué hoy, precisamente hoy, necesita tomarme de la mano y llevarme al abismo de una oscuridad que detesto y que tantas náuseas me ha dado.

Yo no sé por qué usted usa esa bata blanca y fría, por favor, ¿por qué no me deja seguir estrangulando con mis manos cansadas este trozo de espacio que tanto tardé en atrapar? ¿Por qué sonríe y me pasa amistosamente la mano por los hombros y le hace señas a esa joven tan larga? Déjeme continuar con mis rosas y mis átomos. Permítame llorar y recuerde poner en su sitio el satín que se llevó en su maletín tan rígido y tan negro como su propia alma, oh perdón, su psiquis………….

(Se apagan las luces y el hombre orina)

Holmes Ocaña González
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 209

El principio

El principio nació una tarde que no existía y se cegó con la luz, que era hermana de las sombras y pensaba estrangularla para siempre.

El principio se sentó en el infinito a bostezar, a pensar en el tiempo que por las noches se distraía pintando arrugas a las aguas y dibujando números de siglos.

Después todos durmieron y comenzó a girar la tierra y rodó en el infinito y en el tiempo y se plegó de luz y de tinieblas y se bañó desnuda con las aguas.

Esto sucedió aquella noche inmensa en que Dios lloró en silencio al contemplar que estaba solo y nos regaló la angustia y la conciencia, los colores y el perfume, y nos barnizó de mentiras y sonrisas y nos cubrió de maldad, de llanto y con el bochornoso interrogante de la muerte.

(Seguí soñando a gritos y a mordidas y desperté receloso en aquella blanca camilla que me llevaba al manicomio).

Holmes Ocaña González
No. 68, Enero-Marzo 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 170

Invención

Él era un todo en esta infinitud.

La nada era parte integrante de su verbo contínuo.

Resultábale inquietante aquella sensación de plenitud eterna e infinita, aquella plenitud intemporal. Se avergonzó de sentirse inquieto, de sentir; se avergonzó de avergonzarse y en su comprensión angustiosa, admitió la idea de crear entidades integrales. De su propia culpa surgió el Enemigo como una justificación necesaria de la no culpa, como justificación a su integridad total. Era necesario vaciar ese todo enajenante y dudó de ese todo. Dudó de sí. Y creó:

Separó de sus miembros a la nada, y se integraron los reinos celestiales, y hubo júbilo y comenzó a temblar por primera vez, el Universo, un Universo ficticio, un Universo que Dios soñó y que siempre fue antes que él y su sueño.

Holmes Ocaña González
No 71, Enero-Marzo 1976
Tomo XI – Año XI
Pág. 569

Listo

A mis espaldas han llegado unos pasos que no conozco. Una voz se impregna en mis oídos. Me vuelvo distraído, simulando indiferencia.

Ante mí un hombre se limita a mirarme. No recuerdo haberlo visto nunca. En sus manos una carpeta de piel negra y arrugada. Por varios minutos el silencio. El hombre ha levantado el labio superior y de su garganta vuelve a salir punzante, adolorida, la misma interrogante:

“¿Estás listo?” “Sí”, respondo. Ahora es el hombre el que se vuelve. Hace unas cuclillas y se aleja. Lo veo perderse en las sombras. Miro al cielo donde se apagan las estrellas y repito: “Sí, estoy listo”. Después, con el silencio de la noche, me voy a casa.

Holmes Ocaña González
No 70, Julio-Diciembre 1975
Tomo XI – Año XI
Pág. 447