Cuento infantil


Había una vez un joven militar que amaba la virtud, aunque ahora parece una increíble verdad. Apenas era entonces humilde capitán de las fuerzas revolucionarias que conmovieron a Europa, partiendo del frente popular que derrumbó la bastilla en el curso de una noche indudablemente memorable. Porque ardió en cada una de las antorchas individuales, una esperanza común, esa que sigue latiendo todavía hasta en las almas apagadas por el desencanto, y que se aloja en un sistema de tres palabras elementales, pero muy difíciles de explicar con acciones: Libertad, igualdad, fraternidad.

El muchacho que todavía se sigue llamando Napoleón, amaba la virtud, como dijo naturalmente Goethe, su tradicional enemigo de sangre y fronteras.

Un día, o una noche igualmente inexplicables para todos nosotros los humildes, los oscuros, que repetimos a duras penas unos versos de Víctor Hugo, y que nos formamos o conformamos al ser los últimos miembros de la humana infantería, Napoleón concibió una idea que ahora nos parece inadmisible, en vista de los malos resultados que han dado para la humanidad: la de asumir el poder. Sí, nada menos, la de ser el jefe y el capitán general de todos nosotros. Y la de convertirse de la noche a la mañana en Emperador de todo el mundo, a partir de un pueblo que dio de sí mismo lo mejor que podía darnos: la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, envueltas en la bandera de su entusiasmo y de su sangre, comúnmente derramados, ya fuera en la herida particular de un héroe desconocido, o en la cabeza coronada de los príncipes del mundo, mediante el acto igualitario, fraterno y único que se vive y padece gracias al artificio cortante de la guillotina, que a todos los libera, de una vez y para siempre ya nos llamemos Luis XVI o Robespierre…

Al ver con ojos limpios y ardientes que por todas partes imperaba el desorden. Napoleón creyó ponerse de buena parte y asumió el poder. Para crear el orden… La moraleja sale sobrando.

Juan José Arreola
No 78, Julio-Agosto 1977
Tomo XII – Año XIII
Pág. 478

La noche del soltero


Allí estaba otra vez don Salva caído en el insomnio, como un sapo en lo profundo de un pozo, golpeándose la cabeza en su almohada de piedra, casándose, y descasándose, enviudando, y volviéndose a casar con todas las muchachas de Zapotlán, con las de ahora y con las que conoció hace mucho, poniéndoles miles de defectos a unas y a otras, quedándose definitivamente solo en su noche de soltero empedernido; deshojando la inmensa margarita de los enamorados infieles, con ésta sí, con ésta no, con ésta tampoco, con aquella Dios me libre, como si las tuviera a su entera disposición, porque saben que es rico y bien parecido… Todas se le entregan y se le desvanecen, pero Chayo se le resiste a las tres de la mañana y el sultán solitario se duerme pensando en ella, allí en su cama angosta con perillas de latón: “Mañana mismo le voy a decir que se case conmigo”

Juan José Arreola
No. 116, Octubre – Diciembre 1990
Tomo XIX – Año XXVII
Pág. 413

Receta casera


Haga correr dos rumores. El de que está perdiendo la vista y el de que tiene un espejo mágico en su casa. Las mujeres caerán como las moscas en la miel.

Espérelas detrás de la puerta y dígale a cada una que ella es la niña de sus ojos, cuidando de que lo oigan las demás, hasta que les llegue su turno.

El espejo mágico puede improvisarse fácilmente, profundizando en la tina del baño. Como todas son unas narcisas, se inclinarán irresistiblemente hacia el abismo doméstico.

Usted puede entonces ahogarlas a placer o salpimentarlas al gusto.

Juan José Arreola
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 507

Duermevela


Un cuerpo claro se desplaza limpiamente en el cielo. Usted enciende sus motores y despega vertical. Ya en plena aceleración. Corrige su trayectoria y se acopla con ella en el perigeo.

Hizo un cálculo perfecto. Se trata de un cuerpo de mujer que sigue como todas una órbita elíptica.

En el momento preciso en que los dos van a llegar a su apogeo, suena el despertador con retraso. ¿Qué hacer?

¿Desayunar a toda velocidad y olvidarla para siempre en la oficina? ¿O quedarse en la cama con riesgo de perder el empleo para intentar un segundo lanzamiento y cumplir su misión en el espacio?

Conteste con toda sinceridad. Si acierta le enviamos a vuelta de correo y sin costo alguno, la reproducción del cuadro que Marc Chagall ha pintado especialmente a todo color para los lectores interesados en el tema.

Juan José Arreola
No. 50, Diciembre 1971
Tomo VIII – Año VIII
Pág. 491

Juan José Arreola

Juan José Arreola (1918-2001) fue un escritor, académico y editor mexicano de origen jalisciense; aficionado también al ajedrez. Nació en Zapotlán el Grande, hoy ciudad Guzmán, el 21 de septiembre; contemporáneo de Yáñez y Rulfo.

            En la segunda edición (1992) de La narrativa contemporánea I se dice que con Arreola “nos enfrentamos a un creador en que él mismo, parece un personaje novelesco, un aventurero a la manera de los conteurs de la palabra y la letra, la palabra que fluye de sus labios, incesante y vertiginosa, transformándolo en el recitador oficial de su pueblo y la letra que como ineluctable imán lo atrae. ‘… En la escuela del señor Aceves se leía mucho. Aparte de la lectura de los libros escolares, el profesor Aceves nos daba una sección semanal a base de libros más avanzados. Recuerdo la claridad, la impresión que me produjo La canción de Rolando, en texto abreviado para niños: todos nos convertimos en caballeros medievales, armados con durandales, joyosas y santaclaras de otate y carrizo…’. Hombre para quien la palabra escrita es el disparadero para una aprehensión de la realidad que es a su vez palabra metamorfoseada.

            Lector insaciable y libérrimo, en 1930 entra a trabajar como encuadernador: ‘De este trato con los libros en cuanto objetos de artesanía, data creo yo, mi amor físico por ellos’.

Realiza todos los oficios posibles, hasta el de tepachero en el puerto de Manzanillo –etapa que sin duda fue dolorosa, pues con inusitada reticencia dice: ‘En el puerto de Manzanillo pasé sólo unos meses, como tepachero, bastante desdichado por cierto, y apenas embellecidos por la presencia del mar’.

Finalmente en 1945 es becado por el Instituto Francés de América Latina, dos años antes había publicado su primer cuento Hizo el bien mientras vivió, que marcará el inicio de su carrera como narrador; a partir de ese momento escribiría una serie de cuentos que revelan su madurez como narrador: Gunther Stanpenhorst (1946), Varia invención (1949), Confabulario (1952), Confabulario y varia invención (1955), Confabulario total (194-1961), La feria (1963), etc.”[1]

En 1948, gracias a Antonio Alatorre, encontró trabajo en el Fondo de Cultura Económica como corrector y autor de solapas. Obtuvo una beca en El Colegio de México gracias a la intervención de Alfonso Reyes. Su primer libro de cuentos Varia invención, apareció en 1949, editado por el FCE. Para 1950, comenzó a colaborar en la colección “Los Presentes”, y recibió una beca de la Fundación Rockefeller.

En 1952 apareció la que muchos consideran su primera gran obra Confabulario. En 1955 fue galardonado con el Premio del Festival Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes. En 1963, año en que recibió el Premio Xavier Villaurrutia, salió a la luz pública otra de sus grandes obras, la novela La feria. En 1964 dirigió la colección “El Unicornio”, y se inició como profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México.

En 1969, recibió Presea de Reconocimiento de parte del Grupo Cultural “José Clemente Orozco”, de Ciudad Guzmán. En 1972 se publicó la edición de Bestiario, que completaba la serie iniciada en 1958, con Punta de plata. En 1977, fue acreedor del Premio Nacional de Periodismo de México en divulgación cultural, por su trabajo en Canal 13.

En 1979 recibió el Premio Nacional en Lingüística y Literatura, en la Ciudad de México. Diez años más tarde, se hizo acreedor al Premio Jalisco en Letras (1989). En 1992 participó como comentarista de Televisa para los Juegos Olímpicos de Barcelona, ese mismo año, recibió el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, que se concede al conjunto de una producción literaria, y se entrega en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En 1995, recibió el Premio Internacional Alfonso Reyes; y en 1998, el Premio Ramón López Velarde. En 1999, con motivo de su ochenta aniversario, el Ayuntamiento de Guadalajara, le entregó reconocimiento y lo nombró hijo preclaro y predilecto, durante una ceremonia protocolar efectuada en el Hospicio Cabañas en Guadalajara.[2]


[1] Abreu Gómez, Ermilo et. al. La narrativa contemporánea I. Presentación de E. Revueltas, México, Promexa (Gran colección de literatura mexicana), 1992, p 371.

Caballero desarmado

Yo no podía quitarme semejantes ideas de la cabeza. Pero un día mi amigo el arcángel, al doblar una esquina y sin darme tiempo siquiera de saludarlo, me cogió por los cuernos y levantándome del suelo con sinceridad de atleta, me hizo dar en el aire una vuelta de carnero. Las astas se rompieron al ras de la frente (Tour de force magnifique), y yo caí de bruces, cegado por la doble hemorragia. Antes de perder el conocimiento esbocé un gesto de gratitud hacia el amigo que se escapaba corriendo, gritándome excusas.

El proceso de cicatrización fue lento y doloroso, aunque yo traté de acelerarlo lavándome a diario las heridas con un poco de sosa cáustica disuelta en aguas de Leteo.

Juan José Arreola
No. 96, Enero-Febrero 1986
Tomo XV – Año XXI
Pág. 165