Explayamiento

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Este era un prólogo tan largo tal largo que terminó haciéndola de epílogo.

Gerardo Cornejo
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 31

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El adulterio delatado

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Vulcano supo que Venus le ponía los cuernos con Adonis porque, cada vez que él elogiaba la incomparable belleza del mancebo, ella, de golpe furiosa, chillaba: “Francamente, no sé que le ves de lindo a ese chiquilín estúpido y arrogante. Yo no lo soporto”.

Marco Denevi
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 30

Harnoy

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Todos los habitantes de Harnoy piensan en voz alta y platican con las manos. En el parque central hay un quiosco que gira trescientos sesenta grados, cada sesenta minutos, donde un cuarteto de cuerdas toca romances y sonatas dos horas por la mañana, dos horas en la tardecita. Una vez por semana las mujeres escancian aceite de sábila y jojoba en el altar de Nuestra Señora de Euterpe; esta iglesia fue construida por un arquitecto que ahora se dedica a la reconstrucción de sueños y espejismos en Lasalada. Tocar el cuerpo de una mujer de Harnoy es escuchar la melodía de un instrumento musical: hay mujeres violoncello, flauta, piano, harpa, clavicordio, timbales, guitarra o saxofón, y si uno tiene la fortuna de acariciar a muchas a la vez, un podrá escuchar sinfonías completas, según… En Harnoy no existen aparatos eléctricos ni de gas: calentadores y estufas son sustituidos por el calor del encino y mezquite; radios, grabadoras y tocadiscos por la piel musical de las mujeres; lámparas y focos por la luz de la luna y el sol; la realidad suple al cine y la televisión. Se dice que los zenzontles vienen a Harnoy para aprender nuevas melodías y llevarlas a toda la península. Cuando uno ya ha partido de Harnay sabe que nunca podrá olvidar a las mujeres de Harnay, las que piensan en voz alta y platican con las manos.

Roberto Castillo Udiarte
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 27

Una viuda inconsolable

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Famoso por los ornamentos de su entrepierna fue Protesilao, marido de Laodamia. Cada vez que hurgaba en las entrañas de su consorte con aquella temible púa. Laodamia sufría un éxtasis tan profundo que había que despertarla a cachetazos, cosa que de todos modos no se conseguía sino después de varias horas de bofetadas. Entonces, al volver en sí, murmuraba: “¡Ingrato! ¿Por qué me hiciste regresar de los Campos Elíseos?”

Como parece inevitable entre los griegos, Protesilao murió en la guerra de Troya. Laodamia, desesperada, buscando mitigar el dolor de la viudez, llamó a Forbos, un joven artista de complexión robusta, y le encargó esculpir una estatua de Protesilao de tamaño natural, desnudo y con atributos de la virilidad en toda su gloria. Laodamia le recomendó: “Fíjate en lo que haces, porque mi marido no tenía nada que envidiarle a Príapo”.

Cuando la estatua estuvo terminada, la llorosa viuda la vio y frunció el ceño. “Idiota”, le dijo a Forbos en un tono de cólera, “exageraste las proporciones. ¿Cómo podré, así, consolarme? Forbos, humildemente, le contestó: “Perdóname. Es que no conocí a tu marido, por lo que me tomé a mí mismo como modelo”.

Laodamia, siempre furiosa, destrozó a martillazos la estatua y después se casó con Forbos.

Marco Denevi
No. 127, Enero – Junio 1994
Tomo XXIII – Año XXX
Pág. 21