Los costumbristas

En el closet donde guardaban los impermeables, el paraguas y la aspiradora, tenían una hermosa colección de máscaras, no muchas y de poca variedad pero de indiscutible buen gusto. Eran las máscaras de la felicidad.

Y cada día, al salir él para su trabajo y ella a hacer las compras o visitar a sus amigas, abrían las puertas del closet, tomaban al azar una de las máscaras y se la colocaban sin titubeos sobre la desnudez de sus rostros. Así protegidos salían a enfrentarse con la vida diaria. Cada noche, al recogerse en la intimidad de su hogar, poco antes o poco después de lavarse los dientes, se despojaban de sus respectivas máscaras y las guardaban nuevamente en el closet.

Pero sucedió lo que tenía que suceder: una noche ambos se olvidaron de quitarse las máscaras. Durmieron y se bañaron con ellas puestas e inclusive él se rasuró así. Hasta los dos o tres días cayeron en cuenta de su olvido. Pensaron despojarse de sus máscaras esa noche pero se les volvió a pasar. A la semana notaron que el material de las máscaras se había desgastado en las comisuras de la boca y alrededor de los ojos, como que se estaba diluyendo y mezclando con su propia piel, es decir, se estaba incorporando suave e irremediablemente a sus rostros.

A fines de ese mes empezaron las primeras lluvias y al sacar los impermeables y el paraguas encontraron que el resto de su hermosa colección de máscaras se había convertido en un montoncito de fino polvo rojizo. Usaron la aspiradora para desaparecerlo y se fueron de vacaciones a Acapulco.

El sol, el aire de mar, y las develadas terminaron el proceso de integración. Ahora se están despellejando pero todavía se ven felices, inclusive cuando están leyendo los dos solos el periódico.

Ana F. Aguilar
No. 43, Junio 1970
Tomo VII – Año VII
Pág. 512

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Había una vez

Un apuesto joven llama a la puerta y le pide que se calce la más hermosa de las zapatillas. En cuanto observa que ésta se ajusta al pie perfectamente, la toma del brazo al mismo tiempo que le dice:
—Queda usted arrestada, esta zapatilla fue hallada en la escena del crimen.

Javier Quiroga
No. 43, Junio 1970 G.
Tomo VII – Año VII
Pág. 507