El espejo

Para sentirse bien, que era lo importante, inventó un espejo que reflejaba sólo el lado bueno de sí mismo y así, cada mañana se recreaba en los cuatro flancos de su engaño. El espejo fue reduciendo su tamaño hasta quedar de la dimensión exacta de una pupila: a sus ojos, siempre fue perfecto.

Patricia Vidal
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 223

El diccionario

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El hombre abrió el diccionario dos veces y las primeras palabras que encontró fueron: “Destino” y “Metástasis”; y desde ese día supo que iba a morir.

Carlos Fernández
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 221

Las mil y una noches

Leí de nuevo las instrucciones para comprobar que las sabía de memoria: “Es usted el feliz poseedor de una lámpara maravillosa. Para accionarla necesita concentrarse hasta que mentalmente pueda ver el desierto del Sahara y algún oasis. Para cuando llegue a ese punto, frote la lámpara y cuente hasta el número quince: entonces aparecerá el genio”. Más abajo y con letras pequeñitas: “Advertencia: por lo regular los genios son marrulleros; cuando un deseo es difícil de realizar, regresan a su escondite sin cumplir nada. Esta lámpara sólo puede ser usada una vez, por lo que le recordamos que dispone usted de tres décimas de segundo para enganchar la cadena adjunta a la tapa de la lámpara, de esa forma el genio no podrá escapar”.

Cronómetro en mano practique el enganchamiento de cadena. Respecto al deseo, vacilaba entre pedir un cuerpo al estilo Diana Cazadora, para dejar de ser la gordis de la clínica, o sacarme la lotería, o encontrar el marido ideal. Como el dinero consigue todo, me decidí por la lotería.

Logré concentrarme: vi las arenas del desierto y el oasis; froté, conté hasta quince y apareció el genio.

¡Pero qué genio!… Estaba formidable: como de uno ochenta de estatura, ojos claros y agresivos de gato en acecho, cabello negrísimo, piel bronceada, cuello ancho, pectorales estupendos. En sus muslos firmes podía estudiarse miología: cuadríceps, sartorio y fascia lata resultaban primorosos.

—Tus deseos son órdenes —dijo con voz resonante.

Hasta entonces reaccioné; olvidé la lotería, el marido, el cuerpazo…

—Pues… verás… el que estés aquí me remite al cuento de las mil y una noches y… ahora que lo pienso… sería maravilloso que tú… que yo… las mil y una noches…

El genio me adivinó la intención. Cuando iba a entrar a la lámpara, enganche la cadenita.

Hoy… al concluir la placentera noche número ochocientas cuarenta y siete, certifico que los genios de las lámparas maravillosas —aún exhaustos— cumplen los deseos a las mil maravillas.

Queta Navagómez
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 217

Eficiencia

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Clave 8, botón azul francia, no funciona.

Clave 15, botón fucsia, no funciona.

Clave 24, botón verde esmeralda, se traba y cae al piso.

Ya las claves disparadas como resorte mágico, estallan en su cerebro.

Es inútil que intente retenerlas.

Él sabe que en caso de fallas no podrá ser reparado, pero como buen robot no suelta una sola lágrima.

Susana Pericoli
No. 128, Enero-Marzo 1995
Tomo XXIV – Año XXXI
Pág. 215