Fauna china

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—El pez hua o pez serpiente voladora, parece un pez, pero tiene alas de pájaro. Su presencia presagia sequía.

—El hui de las montañas parece un perro con cara de hombre. Es muy buen saltador y se mueve con la rapidez de una flecha; por ello se considera que su aparición presagia tifones. Se ríe burlonamente cuando ve al hombre.

—los habitantes del país de los brazos largos, tocan el suelo con las manos. Se mantienen atrapando peces en la orilla del mar.

—Los hombres marinos, tienen cabeza y brazos de hombre y cuerpo y cola de pez. Emergen a la superficie de las Aguas Fuertes.

Recopilación de Tai P´ing Kuang Chi
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 107

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El sol

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Los ojebways imaginaron que el eclipse significaba que el sol estaba extinguiéndose y, en consecuencia, disparaban al aire flechas incendiarias, esperando que pudieran reavivar su luz agonizante.

Frazer
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 100

Fauna china

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—El chiang-liang tiene cabeza de tigre, cara de hombre, cuatro vasos, largas extremidades y una culebra entre los dientes.

—Los habitantes de Ch´uan T´ou tienen cabeza humana, alas de murciélago y pico de pájaro. Se alimentan exclusivamente de pescado crudo.

—El hsiao es como la lechuza, pero tiene cara de hombre, cuerpo de mono y cola de perro. Su aparición presagia rigurosas sequías.

—El hsing-t´ien es un ser acéfalo que, habiendo combatido contra los dioses, fue decapitado y quedó para siempre sin cabeza. Tiene los ojos en el pecho y su ombligo en su boca. Brinca y salta en los descampados, blandiendo su escudo y su hacha.

Recopilación de Tai P´ing Kuang Chi
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 96

Vatsiaiana

Vatsiaiana

Vatsiaiana

(entre los siglos I y VI d. C.)

 

Fue un religioso y escritor de la India, en la época del Imperio gupta.

Vatsiaiana era hijo de un erudito bráhmana. Se supone que su nombre real era Mal•li Naga o Mril•lana, y Vatsiaiana su apellido (nombre de familia).

Algunos especulan que pasó su infancia en un prostíbulo, donde trabajaba su tía favorita. Allí, Vatsiaiana habría obtenido sus primeras e indelebles impresiones sobre los artificios sexuales y la seducción.1

Su nombre aparece como el autor del Kama-sutra y del Niaiá-sutra-bhasia (el primer comentario al Niaiá-sutra| de Gótama). Sin embargo es poco probable que el mismo autor haya escrito ambos textos.

Su obra más importante fue el Kama-sutra Al final de ese texto, el autor escribe sobre sí mismo:

Después de leer y considerar los trabajos de Babhravia y otros autores anteriores, y pensando en el significado de las reglas que se presentan en ellos, este tratado fue compuesto de acuerdo con los preceptos de las Sagradas Escrituras, por Vatsiaiana, mientras llevaba vida de estudiante religioso célibe en Benarés y completamente dedicado a la contemplación de la deidad. Este texto no se debe usar meramente como instrumento para satisfacer los deseos.

Úna persona conocedora de los verdaderos principios de este conocimiento, que preserva su dharma [virtud o mérito religioso], su artha [riqueza material] y su kama [placer sexual] y que tiene cuidado con las costumbres de las personas, seguramente obtendrá el control sobre sus sentidos. Es decir, un hombre inteligente y conocedor que cuide tanto dharma como artha y kama, que no se vuelva esclavo de sus pasiones, obtendrá el éxito en todo lo que quiera hacer.[1]

Desplumes

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Con los siguientes tipos de hombre han de unirse las mujeres, para el simple propósito de extraerles el dinero:
Hombres de ingreso independiente.
Hombres jóvenes.
Hombres libres de toda liga.
Hombres que ocupen cargos bajo el rey.
Hombres que han asegurado sin dificultad sus medios de vida.
Hombres poseedores de infalibles fuentes de ingreso.
Hombres que se consideran guapos.
Hombres que siempre se están alabando.
Uno que siendo eunuco quiere aparecer por hombre.
Uno que odia a sus iguales.
Uno que es liberal por naturaleza.
Uno que tiene influencia con el rey o sus ministros.
Uno que siempre es afortunado.
Uno que está orgulloso de su riqueza.
Uno que desobedece los consejos de sus mayores.
Uno en quien los miembros de su casta tienen la vista puesta.
Un hijo único de padre rico.
Un asceta atormentado internamente por el deseo.
Un hombre valiente.
El médico del rey.
Conocidos viejos.

Del Kama Sutra de Vatsiaiana
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 92

Continuidad de los parques

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Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Julio Cortazar
No. 20, Enero-Febrero de 1967
Tomo IV – Año III
Pág. 87